Jaime Rodríguez-Arana *
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Tras los atentados de Charlie Hebdo y la escalada yihadista en Europa, especialmente en lo que se refiere a la captación de jóvenes para el ejército del Estado Islámico, pareciera que en el viejo continente estuviéramos inundados por una creciente inmigración islámica que podría poner en peligro la identidad europea. Tal percepción, explicable tras los recientes acontecimientos, sin embargo  no se compadece con la realidad.

En efecto, el instituto de sondeos británico IpsosMori, como recoge aceprensa en su servicio número 6 de 2015,  publicó el pasado mes de octubre una encuesta realizada entre ciudadanos de catorce países, mayormente europeos, con el fin de saber el grado de conocimiento de las principales estadísticas que están detrás de los más relevantes debates públicos, entre ellos, por supuesto, la inmigración.

Los resultados confirman la percepción. En Francia, por ejemplo, la población musulmana apenas llega al 8%, pero el ciudadano medio francés piensa que en su país hay un 31% de musulmanes. En Bélgica se registra la misma tendencia: hay un 6% de árabes, pero la población considera que llegan al 29% de la población. En el Reino Unido la proporción es del 5% frente al 21%, en Italia del 4% respecto al 20%, en Alemania del 6% en relación con el 19% y en España la población musulmana es del 2%, y pensamos que realmente son del orden del 16% de la población total que mora en nuestro país.

Este sobredimensionamiento de la opinión pública sobre la población musulmana incide, obviamente, sobre la cuestión de la presunta "invasión" musulmana de Europa, que hoy por hoy cuantitativamente es la que es. Y también, afecta a la consideración que los ciudadanos podemos tener acerca de la cultura islámica, del yihadismo y, en general, del sentido de la inmigración árabe en Europa.

Tal exagerada percepción influye en las políticas públicas de los ministerios de interior y seguridad, y también en las ofertas electorales de los partidos políticos. Influye en las políticas públicas del área de interior en forma de un conjunto de medidas de seguridad que pueden ser desproporcionadas y que aumentan todavía más la percepción ciudadana de invasión o de peligro generalizado. Y también, por otra parte, los partidos políticos, unos más que otros obviamente, incluyen en sus programas medidas para intentar resolver esta cuestión a partir de datos que no son reales. No es de recibo que nuestros políticos en muchos países europeos se limiten a responder ante tales sobreestimaciones con políticas que simplemente refuerzan unos miedos infundados.

Es verdad que aunque los yihadistas sean pocos, incluso en comparación con la escasa presencia musulmana en nuestras calles, es verdad que pueden cometer atentados terroristas con gran facilidad. Pero esto, que es cierto, no quiere decir que la posibilidad real de atentados equivalga a la invasión árabe de Europa.

En este punto, precisamos que al pueblo se le informe acerca de las bases de la cultura islámica, de lo que es fundamentalismo yihadista, de la realidad de la presencia árabe en nuestros países y, sobre todo, de las manifestaciones culturales de nuestra civilización. Una civilización que se tambalea, aquejada de muerte, a causa de la renuncia realizada por las tecnoestructuras dominantes a una forma de entender la vida y el mundo fundada en el pensamiento, en la justicia y en la solidaridad. Por aquí vienen los problemas, los de la ruina moral general y, por ende, los de la fascinación que provoca en algunos jóvenes, ante el plano y aburrido panorama europeo, nuevas experiencias que se les pintan como atractivas y que al final, por la pérdida del horizonte ético en el viejo continente, desembocan en la muerte y en la barbarie. Qué pena.