Mónica Zalaquett
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“Me llamo Fanny y tengo 29 años. Crecí solo con mi mamá y mi padrastro. Como en muchas familias nicaragüenses, la ausencia del padre es algo normal y cotidiano. Desde que era adolescente yo anhelaba conocerlo y cuando al fin hace tres años pude estar con él fue decepcionante porque me saludó como si yo fuese cualquier persona, sin ninguna expresión emotiva.

Mi mamá me decía que él era adicto al alcohol y a las drogas, y su adicción se acentuó más cuando se fue a vivir a Estados Unidos. Ahora regresó y no ocupa su tiempo en nada útil, pasa en la calle con otros hombres desocupados como él, y yo solo lo saludo para su cumpleaños.

Mi madre fue la mayor de 11 hijos, mi abuelo tenía dos familias con numerosos hijos, y mi mamá asumió el rol de padre de sus hermanos.  Desde los 9 años salía a las calles a vender ropa que mi abuelita confeccionaba. Como ella no tuvo infancia, tuvo siete hijos con tres hombres diferentes y no supo darnos el cuidado y la tutela que necesitábamos.

Mi hermana mayor se fue de la casa a los 12 años, porque  la abusaba sexualmente una pareja de mi madre y después la violaron varios parientes de una amiga. A raíz de eso empezó a prostituirse desde los 13 años, después se fue a Guatemala y estando allá quedó embarazada de un jefe de una mara, y comenzó a traficar muchachas desde Nicaragua a ese país.

Yo crecí viendo todo eso y no me daba cuenta lo terrible que era. Pienso que el entorno familiar donde vivimos es determinante y que si mi madre  se hubiese ocupado de nosotros, mi hermana se hubiese salvado. Ella al fin se fue a Estados Unidos, pero a sus dos hijos adolescentes se los estoy criando desde hace dos años y los tengo estudiando en un colegio público.

También yo tuve una infancia difícil. Mi padrastro era el típico macho que tomaba, golpeaba a mi mamá y se creía el mandamás. Cuando yo tenía 13 años quiso abusar sexualmente de mí de una manera solapada. Me compró ropa interior y me pidió que me la pusiera y se la enseñara. Yo me negué, se lo dije a mi madre, y después él mantenía una constante confrontación conmigo.

En una ocasión llegaron a visitarme unas amigas, él se negó a que entraran y comenzó a golpearme con los puños cerrados. Yo gritaba, lloraba y me defendía, mientras él me pateaba junto a la cama de mi madre, pero ella no reaccionó hasta después, como indiferente a lo que me pasaba.

Fui a la Policía llorando a poner la denuncia, me tuvieron esperando mucho tiempo mientras  platicaban indiferentes y después una patrulla pasó viendo el caso, hicieron un acta en la que decía que no me tenía que golpear otra vez y se fueron. Por supuesto él me siguió golpeando y mi mamá solo me decía “Si pones otra denuncia, ¿quién me va a dar de comer?”.

Por toda esa situación me fui de la casa a los 13 años y empecé a consumir “bañado”, drogas, alcohol y cigarrillos. A los 15 años me metí a vivir con un hombre de 35, abandoné mis estudios de secretariado y continué drogándome. En una ocasión me asaltaron y apuñalearon cuando andaba comprando drogas y nadie me atendió.

Después llegó el Ceprev a visitar mi barrio. Yo estaba perdida pero quería salir de ahí de ese mundo y cuando vi llegar a las sicólogas sentí que eran como una balsa para alguien que se estaba ahogando. Asistí a varios talleres y llegó un punto en que decidí cambiar.  Comprendí que todos mis problemas habían comenzado en mi familia totalmente disfuncional pero que yo podía hacer la diferencia. Yo miraba a las sicólogas y pensaba, “me gustaría ser como ellas, porque están sanas, tienen un trabajo y ayudan a las personas”.

Me costó bastante tomar la decisión de apartarme de ese hombre y del grupo que se drogaba en el barrio pero al fin lo logré. Siguiendo el ejemplo de ellas, terminé mi secretariado, luego conseguí un trabajo como técnica en recursos laborales y finalmente estudié la carrera de sicología que culminé el año pasado. Me fui a vivir a León donde  adquirí una casita, tomé un curso de formulación de proyectos y ahora me gustaría desempeñarme como sicóloga  y ayudar a los adolescentes y a las jovencitas. Todavía hay cosas en mi vida que debo sanar, pero cuando miro hacia atrás y veo lo que fui, pienso en lo sorprendente que es el ser humano para rectificar y levantarse”.

*La autora recoge testimonios de personas que quieren compartir sus historias de cambio.