Rafael Lucio Gil *
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Está claro que las demandas sociales de mayor calidad en la educación están en proporción directa con el capital cultural que tenga la ciudadanía. Ello explica que los sectores sociales más pobres, aún con los graves déficits que presenta la calidad de nuestra educación, den a la educación buenas calificaciones.  Lo mismo ocurre cuando los sectores más pobres valoran la calidad de la formación del personal docente que atiende a sus hijos e hijas.

Cuando se analizan las representaciones sociales y mentales de estos sectores sociales sobre la educación de sus hijos, alimentadas por la influencia que ejerce en ellos el discurso hegemónico gubernamental, pleno de imaginarios poco reales además de manipuladores de las conciencias, podemos comprender aún más y mejor estas reacciones.

Hemos comprobado que, cuando se desarrollan procesos de formación con padres y madres de familia y líderes comunitarios, provocando la reflexión crítica sobre estas representaciones sociales y la realidad de la educación, estos logran comprender los niveles de responsabilidad que tienen en la educación de sus hijos e hijas, descubriendo sus principales insuficiencias y logrando comprometerse concienzudamente en el mejoramiento de la educación de los centros educativos en que se forman sus hijos e hijas y, en particular, con la necesidad de que los docentes mejoren la calidad de su formación.

En el plano de la comunidad y su implicación en la educación, como país, aún tenemos mucho por andar. Ciertamente, este comportamiento responde a un paradigma educativo que aún concibe la educación como un proceso aislado de la dinámica y características de la comunidad en que está inserta.

Esta autonomía y aislamiento del centro educativo con respecto a la comunidad y el territorio en que está inserto, ha llevado a la educación a una situación límite e insostenible, conduciéndola a procesos de endogamia con la reproducción de sus propias debilidades y el debilitamiento de la calidad de la enseñanza y el aprendizaje.

El discurso hegemónico que predomina en los centros educativos con relación a la participación de padres y madres de familia en el centro educativo, está cargado de pesimismo y negatividad. Se culpa a padres de familia de estar ausentes de la educación de sus hijos, sin tomar en cuenta que esta participación no se improvisa y requiere ser construida conjuntamente. Además, demanda superar el coyunturalismo que solo convoca a las familias para entregar y cuestionar los resultados del desempeño de sus hijos.

La ausencia de esta mirada comunitaria en el currículum y la gestión del centro educativo, acaba por perder de vista los grandes beneficios y aprendizajes con que la calidad educativa debería beneficiarse, pero en doble vía, también evidencia, cómo la escuela queda atrapada en su intimidad sin lograr brindar a la comunidad múltiples oportunidades de educación no escolarizada, no formal e informal para los diferentes sectores comunitarios. Esta realidad resulta mucho más evidente para las comunidades rurales.

Desde esta perspectiva de articulación comunidad-centro educativo, se enriquece notablemente la calidad de la educación. Las exigencias y oportunidades de formación inicial y permanente de calidad del personal docente se incrementan. Los contenidos curriculares genéricos que atañen a todo el país, toman contacto con la realidad comunitaria, hasta lograr que las escuelas en conjunto con su comunidad, se propongan trazar en conjunto un Proyecto Curricular de centro-comunidad.

Este, además de los contenidos del Currículum General que corresponden a todos los nicaragüenses, incorpora contenidos específicos que responden de forma directa al contexto y requerimientos de esa comunidad. Siendo así, los contenidos de enseñanza y los aprendizajes que se desprenden, tendrán notablemente muchas más posibilidades de situarse en el contexto, ser significativos y de gran utilidad, ganando en pertinencia, eficiencia y equidad, en definitiva, de calidad.

Transformar el paradigma actual de una escuela de bajísimo perfil, enfundada en sus propios vicios y limitaciones, ajena a las comunidades en que anidan y se enquistan, y con muros invisibles que las separan, demanda un cambio de perspectiva que les anime ainiciar un diálogo entre los centros educativos y sus comunidades.

Desde el Ideuca, nuestra experiencia reciente en la construcción de estas Comunidades de Aprendizaje, proceso alentado por un Observatorio de Calidad de los Aprendizajes interesados en asesorar y acompañar estos procesos de transformación, ha mostrado que estas alianzas bidimensionales son fructíferas y han dado resultados patentes. Desde una perspectiva integral de educación de calidad, esta se enriquece con una variedad de afluentes comunitarios que desembocan en la transformación de la conciencia educativa, los modelos de formación y de gestión, a la vez que gesta procesos de reflexión crítica y de innovación, así como aprendizajes con mucho más sentido, significado y utilidad para el desarrollo de la comunidad.