Orlando López-Selva
  •  |
  •  |

El diplomático Luis Almagro recién tomó posesión como  Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA). Es el segundo uruguayo en ocupar ese alto cargo. El primero fue José Antonio Mora Otero (1956-1968).

Llega en un momento difícil: acusada de ser fiel servidora de los intereses de los Estados Unidos, por unos; y de prestar oídos sordos a los desmanes de los regímenes de izquierda en Latinoamérica, por otros.

La OEA enfrenta varios escenarios riesgosos. ¿O incluso de disolución, si algunos Estados decidieren retirarse del organismo?
Veamos algunos problemas, que aquejan a esta organización:

El tema de la reinserción de Cuba, que ha sido por medio siglo una piedra en el zapato. Y que en la actualidad es un reto con sabor a triunfo, obtenido por el exsecretario General José Miguel Insulza, quien, al menos hizo que Raúl Castro se sentara con todos sus pares en Panamá; 2) la crisis venezolana. Ahí el gobierno del presidente Nicolás Maduro sigue enfrentando a una oposición fuerte; ello ha sumido a esa nación en una espiral de violencia, deterioro económico y protestas callejeras; y, 3) el surgimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), creada por el presidente Hugo Chávez que está poniendo en riesgo la existencia misma de la OEA.
Nada raro: los problemas provienen de la izquierda radical. ¡Tienen que ir contra el establishment!

Así, el secretario Almagro estará acechado. Pero su actitud moderada, su fe en el Derecho Internacional, la democracia y el libre comercio -autor de 13 publicaciones sobre política exterior-; y con experiencia diplomática en China, Alemania e Irán, le merecen un voto de confianza.

En su discurso de toma de posesión dijo que cuando se vaya de la OEA, quiere dejar “un organismo más cercano, más eficiente, más democrático y que contribuya a la resolución de los problemas del hemisferio y los ciudadanos”. Y agregó, que quiere “más derechos para la gente”.

¿Realmente será sencillo para el diplomático uruguayo llevar a la OEA a sus mejores tiempos?

El objeto de las Relaciones Internacionales es enfocarse en los Estados. Pero ha habido una tendencia moderna a incorporar  a otros actores no-estatales: organismos multilaterales,  internacionales financieros, ongs, y otras instituciones donde ya participan ciudadanos. Y como sucede con los advenedizos, los ciudadanos desprotegidos quedan enfrentados a los monstruos estatales. Después de todo, los Estados son solo un ropaje teatral que se ponen los gobiernos para magnificar sus intereses y guarecerse bajo un paraguas de legitimidad jurídica y política.

La filosofía política estudia esa confrontación teórica, real y desigual entre el poderoso Estado y todos los ciudadanos.

Hasta ahora los organismos internacionales son clubes que agrupan a Estados. Pero estos últimos, ciertamente, defienden mucho más los intereses de los gobiernos que los de los ciudadanos en general, que son los verdaderos recipiendarios de la soberanía.

Y si bien es cierto, el avance en materia de protección de los derechos ciudadanos ha sido significativo, todavía el incumplimiento de las normas, por parte de las autoridades gubernamentales, deja al desamparo a grandes mayorías. Y a los Estados no se les puede forzar a cumplir con la normativa internacional. Solo a invitarles.

Así, los Estados violadores de derechos humanos pueden -por ahora- vivir en la impunidad. Y a lo sumo, los transgresores solo pueden ser sancionados económica o moralmente.

Pero esta práctica es insuficiente e inmoral, pues no repara daños a personas u otros entes privados. ¿Persiste la naturaleza del monstruo hobessiano que debilita a los ciudadanos en la oposición?

¡Ha habido tantas dictaduras en América Latina y el mundo, que cometieron crímenes y dañaron impunemente los derechos humanos, sin ser sancionadas jamás!

Así, las palabras del nuevo Secretario General Almagro, auguran un buen precedente para el continente. Y ojalá se siente un buen precedente para otros organismos de igual naturaleza.

El diplomático uruguayo debe mantener la cohesión del organismo, a pesar de sus diferencias, mayormente ideológicas: de enfrentamientos entre algunos revolucionarios del Sur y los pro-establishment del Norte.

Si durante casi 50 años la OEA se mantuvo sin Cuba, increíblemente, el asunto de reintegrarlo ahora será el factor que cohesione y mantenga unido al bloque de los Estados-miembros paleo-izquierdistas dentro del organismo hemisférico.

Y el arte del embajador Almagro yacerá en mantener el balance en un organismo donde los bloques de países están  confrontados.

Si el diplomático uruguayo lo logra, la OEA resurgiría con nuevos bríos. Si no, creo que declinaría estrepitosamente su presencia y papel en las Américas.