Adolfo Miranda Sáenz
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La Iglesia, en el transcurso de su historia y en particular en los últimos tiempos, siempre ha dicho lo que le corresponde decir sobre los problemas sociales, económicos y políticos. El papa San Juan XXIII, continuando con la elaboración y actualización de la rica herencia de la Doctrina Social Católica, la colocó en la correcta perspectiva ante los tiempos modernos, con sus encíclicas y el Concilio Vaticano II; labor continuada por sus sucesores, recibiendo hoy un extraordinario impulso del papa Francisco. Aunque es bueno recordar que la Doctrina Social de la Iglesia no es la doctrina de estos papas ni de sus antecesores, sino la doctrina de Jesucristo que está en el corazón mismo del Evangelio. La Iglesia solo la actualiza según los tiempos que se van sucediendo en la historia, en las diferentes situaciones concretas que se van dando en la sociedad humana, las cuales deben iluminarse con las enseñanzas de Cristo.

La Doctrina Social de la Iglesia es parte fundamental de la Doctrina Cristiana y ningún cristiano puede rechazarla. Es necesaria para el crecimiento humano, espiritual, personal y comunitario. Pone a la persona en relación con la sociedad a la luz del Evangelio. Los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, que se apoyan en la ley natural, resultan confirmados y valorizados en la fe de la Iglesia por el Evangelio de Jesucristo. Nosotros, como cristianos, hemos de ser evangelizadores en todas las dimensiones de la vida, incluidos los ámbitos sociales, económicos y políticos.

Nuestra doctrina lleva a su plenitud el significado de la familia que constituye la célula primera y vital de la sociedad; ilumina la dignidad del trabajo que es una actividad destinada a la realización del ser humano, tiene prioridad sobre el capital y crea derechos sobre los frutos que produce. La Doctrina Social de la Iglesia resalta la importancia de los valores morales, fundados en la ley natural escrita en la conciencia de cada persona, que está obligada a reconocerla y respetarla. Defiende la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. Defiende el respeto a los derechos humanos y a la dignidad del hombre y la mujer. La Iglesia hace suya la preocupación por la ecología; se hace eco del clamor de los pobres que reclaman una mayor justicia social frente a la globalización; llama a la correcta gestión de las funciones públicas; denuncia la corrupción, el abuso del poder y toda forma de represión; advierte la necesidad de salvaguardar la identidad de cada nación sin perder de vista la conciencia de unidad de toda la familia humana.

A la Iglesia le preocupa que el mundo del trabajo, aunque ha alcanzado grandes avances tecnológicos y niveles extraordinarios de calidad, tenga también formas nuevas de explotación e incluso de esclavitud, aún en las sociedades más ricas y desarrolladas. Advierte que en el mundo el nivel de bienestar sigue creciendo, pero también aumenta el número de los pobres y se amplía --por diversas razones-- la distancia entre los países menos desarrollados y los países ricos. El libre mercado, que es un proceso económico con aspectos positivos, manifiesta sin embargo limitaciones para resolver los problemas básicos de grandes sectores, y no debe absolutizarse. La Iglesia llama a reconocer “el destino universal de los bienes” y el ejercicio de “la solidaridad humana”. El amor preferencial por los pobres representa una opción fundamental de la Iglesia, y ella, fiel a Jesucristo, la proclama a todos los hombres de buena voluntad. No podemos vivir al margen de esta Doctrina Social, pues es doctrina básica para todo cristiano.