Augusto Zamora R.*
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Va uno al mercado y compra frutas de colores magníficos que, como en “Alicia en el país de las maravillas”, parecen decir “Cómeme”. Se adquieren creyéndolas naturales, pero su final recuerda al pájaro del dulce encanto. Un burruño.

Sucede principalmente con las papayas, fruta asombrosa y de consumo masivo. Exteriormente regala colores de estar en su punto de madurez. Por dentro está verde.

Al parecer, se está extendiendo entre productores la práctica de rociar la papaya verde con químicos, para simular exteriormente que la fruta ha madurado naturalmente.

La mayor parte de la fruta así tratada no es apta para el consumo. Se pierde y perdemos.

Hay, en esta práctica, cuando menos dos delitos. Uno, de estafa, por vender productos adulterados mediando engaño. Otro, más grave, de salud pública, pues ignoramos el efecto de los químicos empleados en la salud humana.

Los riesgos existentes son lo suficientemente graves como para ameritar una investigación del Ministerio de Salud y de la Procuraduría General de la República.

No puede admitirse la venta de alimentos adulterados --estafa-- o tratados ilegalmente con productos químicos, sin exponer al país a un envenenamiento masivo.

No falta un Sherlock Holmes para averiguar quiénes y dónde realizan tales prácticas. Basta seguir el camino inverso de la fruta para dar con los responsables.

En China, no hace mucho, juzgaron y fusilaron a un empresario por vender leche adulterada, que produjo un envenenamiento masivo. cuidan la salud, en China.

az.sinveniracuento@gmail.com