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Dentro de dos días se celebrará un histórico acontecimiento: el cincuenta aniversario de la Revolución Cubana. Resulta inimaginable la cantidad de felicitaciones y comentarios que provoca en el mundo tal acontecimiento. Igual de imposible es imaginar la cantidad de información que los cubanos están procesando para comprobar lo que ha significado su lucha en cuanto a conseguir y defender lo que tienen. Y todo lo que pueda resultar de su balance, tendrá el sello de lo propio, de lo original, de lo inédito.

En cincuenta años, la Revolución Cubana ha hecho avances en la medicina, la educación, deportes y la cultura en general, todo lo cual lo comparte generosamente con muchos pueblos. Cuba, en muchos aspectos, no está mejor que otros países, como hubiera podido ser de no mediar la agresión imperial. Pero lo que tiene lo ha logrado con recursos propios, creados por el pueblo en las peores condiciones que un pueblo lo ha hecho jamás: bajo una permanente agresión.

Aún así, no falta quien descubra que Cuba es el único país en donde las tiendas de ventas en moneda nacional no tienen bolsas en que despachar a sus clientes; pero no puede describir que Cuba es el único país en América en donde no hay niños durmiendo en las calles ni pidiendo en los semáforos, sin asistencia médica ni escuela. Tremenda objetividad. Añora el valor de las bolsas plásticas, pero no valora la vida de los niños que en otros países lanzan al suelo tan abundantemente, como las mismas bolsas. Tampoco falta quien, con placer malsano, describe las restricciones, ajustes, controles y rectificaciones periódicas que hacen en Cuba, pero olvida que esas y otras medidas peores son reales todos los días para las masas populares en otros países, “ignoradas” en las esferas estatales, mientras allí ocurre el enriquecimiento ilícito y son tolerantes con el de las actividades privadas.

Cuba ha podido desarrollar en muchas áreas del desarrollo humano, básicamente sola, porque nada de su trabajo pasa a engrosar cuentas bancarias privadas. La sociedad cubana, como todas las sociedades, al margen de su nivel de desarrollo, tiene áreas rezagadas; pero si en Cuba los problemas económicos y sociales tuvieran la dimensión, profundidad y negatividad que le atribuyen y han venido repitiendo sus enemigos durante cincuenta años, la Revolución Cubana ya hubiese sucumbido por su propio peso. Y en esas “áreas rezagadas” de Cuba están las fuentes preferidas de las transnacionales de las noticias.

Con muchas menos agresiones, gobiernos y revoluciones han sucumbido, o se han adaptado a vivir a la sombra de la intervención extranjera. Luego, a la miseria en que han sumido a sus pueblos la justifican con todo, incluso, con el abandono de un Dios que aún no escucha las plegarias de sus pueblos. Y claro, hacen algo peor: justifican la falta de asistencia médica, la ignorancia, el atraso cultural y el abandono social con la pobreza del país, la cual ellos mismos ayudan a mantener por lo cual, además, le cobran al pueblo.

En medio de tanta hipocresía, nada más justo que rendirle homenaje y ofrecerle felicitaciones al pueblo cubano y a su extraordinario liderazgo, en primer lugar, a un hombre cabal llamado Fidel, por no haber sucumbido y seguir de frente. Aquí, me permito dar lugar a un sentimiento personal. A la par de felicitarles por los cincuenta años de su revolución, yo me felicito por haber aprendido a sentirla como propia.

Agradezco a los cubanos no sólo por el sentimiento de amistad y solidaridad que provoca su revolución, sino también por ser ésta una fuente permanente de enseñanzas. También por haberme permitido sentir sus jolgorios y sus esperanzas durante el corto tiempo de tres meses –julio, agosto y septiembre de 1960—. Muy poco tiempo, en verdad, pero el pueblo cubano vivía entonces su tiempo con la misma pasión e intensidad contagiosa, con que lo sigue viviendo.

Siento un privilegio el haber estado presente cuando Fidel hizo entrega de los primeros títulos de reforma agraria a los campesinos en las estribaciones de la Sierra Maestra, el 26 de julio de aquel año. En la noche de agosto cuando en el estadio El Cerro –hoy Latinoamericano— Fidel dio lectura a las leyes de nacionalización de las empresas telefónica, de electricidad, de azúcar y otras (apenas un poco de lo mucho que los capitalistas gringos le robaron a Cuba durante los 57 años de república seudo democrática, gobernada por políticos corruptos a su servicio, y 61 años desde la frustración de la lucha por la independencia de España).

De todas las experiencias cubanas en su lucha frente a las adversidades imperiales y naturales, hay una muy particular: la participación de Cuba en las luchas de liberación de Angola y la independencia de Namibia, más el impulso al fin del régimen racista de Sudáfrica. Las versión vulgar, superficial y, desde luego, deformada de la propaganda imperial sobre la presencia de Cuba en África, es que lo hizo en pago de la ayuda soviética.

Para el imperialismo no hay acción militar que no obedezca al interés de saquear, explotar riquezas naturales; controlar política, económica y comercialmente a los países intervenidos. La razón de Cuba está en sus raíces, en el amor a la libertad y en la solidaridad internacionalista. La población cubana, en un alto porcentaje, es negra y mestiza; y siendo la última colonia española en América, cuya población originaria diezmada fue reemplazada por hombres y mujeres cazados en África y esclavizados en Cuba, tiene vínculos de sangre con sus ancestros africanos más recientes. Esos vínculos, se expresan en la vida diaria de los cubanos y en todas las manifestaciones de su cultura nacional.

Por eso, al triunfar la revolución en Cuba, la solidaridad con los pueblos de África adquirió un carácter prioritario y urgente. Ir al África a luchar por la libertad e independencia y contra el racismo, fue un acto de honor y de justicia con sentido de reivindicación propia. Regresar a tierras de sus antepasados fue como cumplirles sus sueños del retorno en libertad y a la libertad. El cruel desarraigo sufrido por sus antepasados, fue cobrado al colonialismo y al imperialismo, por el pueblo cubano. Y este es otro motivo por el cual no le perdonan ni le rebajan la agresión.

Los combatientes cubanos victoriosos en África y los que allá murieron, lo hicieron conscientes de su misión internacionalista y humanitaria, y su único premio fue haber dejado pueblos libres y racialmente reivindicados. No se apropiaron de minas ni de riqueza alguna, y retornaron sólo con su gloria y con sus muertos. Este gesto de solidaridad humana y política desmiente la versión imperial sobre el papel de Cuba en África.

Aunque tal versión no cesará, ese golpe al colonialismo y al neo-colonialismo los ha dejado rabiando. Y junto a la rabia, Cuba les dio una lección: no se lucha por la libertad por obligación, sino por conciencia. De no ser esto último, los cubanos hubiesen sido derrotados por los mercenarios de la CIA y el ejército de los racistas sudafricanos. Si sólo esta victoria hubiese logrado la Revolución Cubana en cincuenta años, para la humanidad sería suficiente razón para felicitarle y felicitarse.

Y en tu honor, Cuba, celebramos también la impotente rabia de tus enemigos, los pocos de adentro y los muchos de afuera.

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