Edwin Sánchez
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Muchos nacieron sospechando de Cuba. Era lo malo. Mundo triste. Pero no todos nos conformamos a pensar en gris, en creer todo lo que se decía o mal decía, que es maldecir, de la isla. Llegué a tararear, chavalo, aquella canción de Luis Aguilé, “Cuando salí de Cuba”. Me dejaba guiar por el ritmo, pero no por su letra.

Entonces, el nombre de Cuba no iba solo. Ahí, a la orilla, o adentro de esas cuatro letras, surgía el nombre de Fidel, y me sonaba mítico, lo soñaba como pueblo soñador. Me contaban que en Jinotepe se lanzaron cohetes y que mi tío, el noble maestro y periodista Leonel Delgado López, salió con un pañuelo rojinegro en su cuello. Leonel, años más tarde llegó a ser un inclaudicable líder del Magisterio Nacional, vinculado al FSLN.

Y en casa, nunca escuché hablar mal de Cuba ni de su líder. Antes bien, mi padre, Edwin Sánchez Moncada, hijo de Elio Moncada, hijo del general José María Moncada, se esmeraba en sintonizar Radio Habana Cuba. Y así aprendí a escuchar en la banda de 49 metros, la historia de Fidel y a detestar la historieta de Somoza, primo de Moncada.

Fidel marca conciencias. Es la personalidad más relevante en América, hombre sin duda y por tanto, con errores como todo aquel que se atreve a hacer algo. Y Cuba le da quizás un problema al mundo, porque ya no abundan los héroes sino los villanos de corbata y los corruptos condecorados: seguramente Fidel debió haber nacido en el Siglo XIX para enfrentarse al colonialismo español, luchando por alguna independencia en el Continente. Pero el líder cubano no sólo nació en el Siglo XX sino que lo movió, con los resultados ya conocidos.

No creo que los independentistas latinoamericanos hayan sido considerado alguna vez paladines para la metrópolis, pero sí sabemos que algunos desde la periferia creen lo que allá se dice o se dicta.

Con todo, Cuba dio más: no hay en otras regiones una brillante estela de heroísmo resumido en tan poco terruño. La Perla de las Antillas alimentó esperanzas, ideales, nos prestó a sus héroes para enarbolarlos en las luchas. Los jóvenes se olvidaron de sus próceres decimonónicos y los cambiaron por el Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Ahora se habla de disidencia, de pobreza y demás, pero esos mismos informes resultan incompletos: nadie se deja llevar por la primera faceta de un diamante. El diablo nunca puede hablar bien de Dios, y si lo hace, será por algún herético engaño.

Con Cuba aprendí a respetar el derecho propio de los pueblos de decidir sus destinos; con Cuba uno vio retratado de cuerpo completo la doble moral de regímenes que condenan al gobierno caribeño y no reparan en sus terribles desajustes sociales, donde los privilegios de la minoría son financiados por mayorías paupérrimas.

Cuba, en estos 50 años, no fue construida por ángeles, pero sí fue atacada por demonios de todos los rumbos. No es el paraíso, y creo que nunca intentaron nada semejante. Cuba merece ser respetada: la historia de cada nación la hacen y escriben sus compatriotas. Cuba es de los cubanos…
Si la mano extranjera se mete en una historia ajena, el país termina reducido a una historieta. Hoy Cuba llega a su medio siglo de Revolución, una edad cuando difícilmente --- a menos que haya “rezagos infantiles”--- se le puede creer a Mr. Walt Disney.