•  |
  •  |
  • END

Nadie es una isla, completo en sí mismo (...) la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

John Donne
Primera escena. Parece un hombre, o lo que queda de él. Apenas la mitad de su cuerpo emerge entre un amasijo de hierros retorcidos y escombros de lo que se adivina fue un edificio. Su boca abierta, con su grito mudo, los ojos llenos de pánico y desorbitados, y su mano izquierda implorando auxilio con energía, es lo único que evidencia que aún vive… por el momento. Su cara --si alguna vez tuvo--, no se descifra, la tiene embadurnada de sangre y con una gruesa capa de ese polvo color cenizo que se libera cuando se pulveriza una piedra. Y sí, es un humano.

Segunda escena. En primer plano, un viejo de barba llora de rodillas y levanta su brazo derecho al cielo, mientras con el izquierdo sostiene a un joven que parece un muñeco de trapo, con las piernas dobladas en u; en segundo plano: unos 15 cuerpos más --al menos esos conté--, uno con las vísceras de fuera, a la derecha, sesos, tripas, sangre, abundante sangre. Parece una versión de La Piedad, pero esculpida en realidad de metralla y misiles, espeluznante, sin nada de piadoso. Y sí, también eran humanos.

No hay que ser tan descriptivo, se puede resumir en tres palabras: horror en Gaza. Precisas para el título de una película, como precisas también son las imágenes (a veces sin editar) que se transmiten noche y día, y que van haciendo de la palabra dantesco un eufemismo. El averno, en La Divina Comedia, de Dante, es para niños, pan comido. No creo que el infierno sea peor, al menos no después de lo que he visto en fotografías. Aún me golpean esas imágenes, de las centenares que he logrado digerir. Y los gritos de las madres --no es necesario saber el idioma para adivinar lo que dicen-- deshilachan al más duro. Del otro lado de la franja sé que también muere gente. No pretendo justificar ni atacar, aunque sería tonto tratar de justificar una barbarie --no me atrevo a decir holocausto,
pecaría--.

Desde niño siempre escuché sobre esta situación en el (¡lejano!) medio oriente. Allá donde dicen que nació Jesús, y resucitó, allá donde las calles de ciudades que ni sabía cómo se llamaban parecían escenografías de películas de acción, de guerra, que es precisamente lo que se vive hoy. Una guerra con un bando que lo tiene todo para vencer y destruir. Me niego a creer que esas mismas calles por donde transitó y predicó Jesús la paz, sean las mismas que ahora se demuelen a cañonazos, bombazos y sepa Dios mismo cuánto más.

Hace poco, el periodista y amigo Francisco Sancho Más titulaba su artículo semanal: El día que Dios no existió, a propósito de su visita a Ruanda, 14 años después del genocidio llevado a cabo en ese país, en específico en una iglesia (Ntarama) donde en un solo día se asesinaron a 5 mil personas. Sancho Más terminaba diciendo que ese día Dios no estaba allí, y no sería lógico pensar que detrás de ese magnicidio había un mensaje de Él para captar el sentido de lo que sucedía en esa región.

Yo simplemente me niego a creer que ese Dios al que alaban esos señores y que es el mismo en el que creo, quiera esta nueva masacre. Si muchas veces simples preguntas no son necesarias para encontrarle sentido a una situación, ¿lo sería una guerra, una matanza, la devastación de una ciudad entera, con todo y sus habitantes? No lo creo. Si Dios no estuvo en Ntarama, menos que haya estado en Gaza esta semana.

Es imposible sentarse frente al televisor y permanecer impasible viendo el exterminio de una población. Pareciera que el mismo dios de la guerra ha bajado y arrancado de cuajo parte de una ciudad y la vida de sus habitantes: ¡niños, mujeres, ancianos… humanos!

John Donne, ese gran escritor inglés del siglo XVIII, decía que no se debía preguntar por quién repicaban las campanas si un humano --como él-- perecía. Pero esta vez es necesario hacerse la pregunta, y responder: las campanas doblan por Gaza… y sus habitantes.