Jorge Eduardo Arellano
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En marzo de 1979 las tendencias del FSLN (los Insurreccionales, los Proletarios, los de la GPP) se reunificaron. Esta unidad del sandinismo y de la izquierda nicaragüense fueron determinantes para organizar debidamente al amplio caudal de participación popular antisomocista, y poder llevar a cabo la victoriosa insurrección final, acompañada de una huelga general en todo el país, entre mayo y julio de 1979.

Este proceso unitario no fue posible continuarlo a lo largo del proyecto debido, entre otras razones, a la dificultad que hubo para romper con la cultura sectaria, inserta en nuestra tradición histórica. Aunque hubo al inicio la voluntad de entendimiento y trabajar sobre objetivos comunes, pesaron más los celos y las mutuas recriminaciones, esto llevó primero a la disolución de la alianza MPU, al fracaso de otros intentos unitarios y salvo el caso de una de las tendencias del PSN (dividido en dos desde 1976) que se fusionó con el FSLN en 1980, se produjo el alejamiento del proyecto de toda la izquierda no sandinista representada por las agrupaciones PSN, PC de N, Movimiento de Acción Popular (MAP) y la Liga Marxista Revolucionaria (LMR).

Es válido destacar para no pecar de imprecisos que algunos de estas organizaciones –como las dos últimas- eran muy pequeñas pero contaban con suficiente experiencia en organización política y movimientos de masas. Igual camino tomaron otras expresiones políticas de las capas medias, que como el Partido Liberal Independiente (PLI) y el Partido Popular Social Cristiano habían tenido un acercamiento hacia posiciones progresistas. En síntesis la unidad democrática- popular que se requiere en todo proceso revolucionario fue incompleta, al igual que la depuración interna en tanto permanecieron en las filas del FSLN desde individuos que no superaron el esquema y los vicios pequeño burgueses, hasta intelectuales que nunca rebasaron sus prejuicios antisocialistas.

Sin embargo, el FSLN, convertido en partido político con una dirección revolucionaria creó sus propios organismos de masa y emprendió la realización de reformas sociales que favorecieron a la población en general y principalmente a las grandes mayorías. Estas medidas, le permitieron contar con una amplia base social que pudo mantenerse en más de un 70% de la población, todo esto en medio de la oposición abierta y boicot de los sectores más conservadores de la sociedad, quienes organizados en gremios empresariales, partidos políticos y en alianza con la alta jerarquía católica, aprovecharon al máximo los espacios legales para boicotear el proyecto revolucionario. Es decir que a diferencia de la reacción cubana que se trasladó a conspirar al exterior, en Nicaragua la derecha combinó la lucha legal interna con la acción externa de las fuerzas contrarrevolucionarias provenientes de Honduras y Costa Rica.

La Revolución Cubana triunfó en 1959 en el marco de una situación mundial favorable, cuando lo que definimos como fuerzas progresistas mundiales encabezadas por el Campo Socialista estaban en pleno ascenso, al igual que los Movimientos de Liberación Nacional, por otro lado las tendencias “extremistas” de la “Guerra Fría” en EU estaban en una suerte de declive tras la caída de Eugene Mcarty en 1953. Si bien se dieron acontecimientos de sumo peligro, tales como la Invasión de Playa Girón en 1961 y la Crisis de los cohetes en octubre de 1962, la Guerra de Vietnam vino acaparando la atención del Imperio y del Mundo, Cuba, pudo entonces, en medio de no pocas dificultades y con ayuda del campo socialista poner, en práctica sustanciales reformas políticas y sociales que le permitieron consolidar el proyecto socialista.

Por el contrario, cuando se dio la Revolución Popular Sandinista (RPS) en 1979 el Movimiento revolucionario internacional estaba en reflujo, las democracias populares europeas estaban en franca decadencia y en la potencia líder, la poderosa URSS, las reformas de la Perestroika no tuvieron como resultado la modernización del “socialismo real” sino su dramático derrumbe entre 1989 y1991. La RPS tuvo desde sus inicios el apoyo moral y material del Campo socialista, las Socialdemocracias europeas y de los sectores progresistas del Mundo, pero todo esto vino en deterioro a mediados de los años ochenta, por las razones mencionadas.

En estas mismas circunstancias, las tendencias más extremistas de la derecha norte-americana se fortalecieron sobre todo con el ascenso al poder de Ronald Reagan en 1981 y pasaron a una nueva ofensiva contra lo que consideraban la “peor amenaza comunista”: Nicaragua y los revolucionarios centroamericanos. Este país y el resto de C. A. se convirtieron en centro de atención mundial insertos gracias a la histeria anticomunista reaganiana en parte del conflicto Este y Oeste. Por lo que las proporciones de la agresión fueron mucho más amplias que las que se dieron contra Cuba, valga tan sólo señalar que la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 a este país, que tiene como ventaja su condición insular, consistió en 1.500 efectivos y pudo ser aplastada en escasos tres días, mientras que contra Nicaragua con una población considerablemente menor que la de Cuba se lanzó un contingente de más de 20.000 contrarrevolucionarios bien armados, que se introdujeron a las áreas montañosas por las fronteras Sur y Norte, creando propiamente una situación de guerra civil que se prolongó desde 1981 hasta 1990 e involucró a su vez a masas campesinas desafectas a la RPS arrastradas por la propaganda contrarrevolucionaria.

No es difícil imaginar que las consecuencias sufridas fueron mucho más devastadoras en términos de costos materiales y humanos que la cubana, un desgaste político y social que entre otros factores propició la derrota electoral del FSLN en 1990. Este Partido como heredero del proyecto ha pasado por una serie de divisiones y desprendimientos, pugna por fortalecerse y rescatar desde el acceso al gobierno en 2006 la base social que ostentaba en los años 80. Por su parte, en Cuba, los revolucionarios cubanos han logrado eludir miles de dificultades impuestas por el bloqueo y entre otras cosas han logrado principalmente dos objetivos: a) realizar profundas reformas sin sacrificar el proyecto socialista; b) crear el relevo histórico que le dará continuidad a la revolución socialista en el futuro.

En Nicaragua, debe recordarse que es un proceso revolucionario más contemporáneo, los problemas particulares del proceso son mucho más complejos --además de los señalados-- que el cubano, uno de ellos las dificultades para emprender transformaciones radicales dentro de un marco jurídico-político burgués y el atraso político–cultural de la población, (aún afectada por las heridas de la guerra y sus consecuencias), lo que es aprovechado al máximo, por la manipulación que realizan las tendencias mas conservadoras de la sociedad.


* Historiador. Sala de Investigación de la Biblioteca del BCN.