Jorge Eduardo Arellano
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Nada hay más peligroso para la democracia que descalificarla en todas sus formas menos aquella que responde a los intereses de quienes se arrogan ese derecho y el de ejercer totalitariamente el poder desde la Casa Blanca, en un mundo que no los ha elegido como gobernantes. Son ellos los que descalifican (y ordenan a sus subordinados ideológicos descalificar) al llamado sistema de partido único en Cuba, que es más bien un régimen parlamentario de suscripción popular sin partidos.

En Cuba el único partido que existe tiene prohibido postular candidatos, pues su misión es exclusivamente la orientación del proceso de transformaciones sociales en marcha a través del trabajo político-ideológico de sus militantes. Quien postula es la población, y los candidatos son electos por sufragio universal; y para ser electos deben contar con más del 50% de los votos, con segunda vuelta en caso contrario. La votación es voluntaria y el voto es directo, individual y secreto. El máximo órgano de poder en Cuba son las Asambleas del Poder Popular, que existen a nivel municipal, provincial y nacional. En la base funcionan los Consejos Populares, formados a nivel de barrio para tomar decisiones gubernamentales y controlar el quehacer de los funcionarios y el desempeño de los servicios públicos.

Los diputados – cuya gran mayoría son personas comunes y corrientes que se destacan entre sus vecinos o sus compañeros de trabajo – perciben el mismo salario que tenían antes de ser electos, y pueden ser revocados en cualquier momento por sus electores. La Asamblea Nacional elige de su seno al Consejo de Estado y su Presidente, que pasa a ser el Jefe de Estado. Mientras la Asamblea recesa, el Consejo asume las funciones de ésta, la cual puede anular las decisiones tomadas por el Consejo, y puede autoconvocarse por un tercio de sus miembros.

El plenario de la Asamblea Nacional se reúne en dos períodos de sesiones al año, durante los cuales su único trabajo es legislar; el resto del tiempo, los diputados continúan desempeñando sus mismas ocupaciones de antes y deben rendir cuentas de su gestión de forma periódica ante la población, con la cual están en contacto directo y permanente, y cuyas condiciones de vida comparten.

Con el objetivo de que puedan ser electos aquellos candidatos que no son conocidos por todos los electores debido a que como ya se dijo, son en su mayoría gente del pueblo y no personas públicas o con proyección, se realiza una elección previa en la que compiten dos o más candidatos en cada circunscripción para ser escogidos por quienes los conocen, y los que resultan así electos son los que luego aparecen en la papeleta electoral, cuya cantidad de candidatos coincide – debido a lo ya explicado antes – con la cantidad de cargos a elegir, pero teniendo cada votante la potestad de votar sólo por quienes prefiera, o por nadie, o de no votar.

Para las candidaturas a nivel provincial y nacional, se forman comités de candidaturas compuestos por las organizaciones sociales, con la atribución de proponer candidatos que corran para las instancias superiores, la mayor parte de los cuales son escogidos de entre los electos previamente en las Asambleas Municipales y Provinciales. El sufragio universal y la votación individual y secreta se dan en los tres niveles, y las listas de candidaturas deben ser aprobadas por las Asambleas correspondientes, que son las que nominan a los candidatos que irán al nivel siguiente, pero es el pueblo el que los elige.

Como se ha dicho, los electores pueden no votar por nadie, votar sólo por algunos, o votar por todos los candidatos. Se asume que quienes votan por todos son los que apoyan sin reserva alguna al sistema, mientras los que no votan por todos podrían tener sus reservas, en tanto los que no votan por ninguno, anulan su voto o no votan son los que se oponen.

La primera vez que se aplicó el sufragio universal a la votación para los tres niveles – antes sólo era para el nivel municipal, y para el resto de niveles solamente votaban los previamente electos – fue en 1993, en pleno Período Especial, el momento más crítico de la Revolución Cubana, cuando las consecuencias del bloqueo norteamericano y la desaparición del bloque socialista estaban causando los peores estragos imaginables en la economía de la isla. En aquella ocasión, el resultado de las elecciones fue de un 88.38% de los votos a favor de todos los candidatos para el nivel nacional, habiendo asistido a las urnas un 99.57% de los ciudadanos aptos para votar, que son todos los mayores de dieciséis años.

El hecho de que el sistema político cubano no sea perfecto – como no lo es ninguno, y por supuesto, tampoco el de los Estados Unidos – no significa que en Cuba no haya democracia, ni que en un eventual mejoramiento de su sistema los cubanos deban renunciar a sus propias conquistas democráticas, muy superiores a las alcanzadas por el resto de América Latina; así como nosotros para mejorar nuestro sistema no tenemos por qué renunciar a nuestras propias conquistas democráticas, diferentes a las de los cubanos por ser diferentes también nuestra realidad y nuestra historia.

Se nos ha enseñado como un axioma que sin pluripartidismo no hay democracia, pero el ejemplo cubano demuestra que no es así. Democracia es todo sistema político basado en el poder de la mayoría y la búsqueda del consenso. Hay democracias pluripartidistas disminuidas por el monopolio que ejercen los partidos sobre la participación política, y donde el poder de los ciudadanos se limita a que éstos elijan quiénes gobernarán en su nombre y contra sus intereses, y quiénes los representarán sin consultarle nada, como ocurre en la democracia occidental; y hay democracias sin partidos que se ven agigantadas por la participación directa de los ciudadanos en el ejercicio del poder, además de elegir autoridades y controlar el desempeño de las mismas y de los funcionarios, como ocurre en Cuba.

Los cubanos tan sólo exigen respeto a su derecho de tener su propia democracia, que no pretenden imponerle a nadie, como sí pretende el imperialismo imponer la suya, uniformar el pensamiento y regular los valores morales según los estados de cuenta de las empresas multinacionales.

Pero siempre habrá seres humanos – y pueblos enteros, como el cubano – capaces de pensar por sí mismos y de luchar por sus convicciones, como en su momento hicieron los padres de la democracia occidental – entre ellos los fundadores de los Estados Unidos – al defender sus ideas, que por entonces eran sueños sacrílegos rechazados por la aristocracia, la nobleza y los jerarcas de todas las monarquías e imperios, amos y señores de un mundo que, antes como ahora y a pesar de todo, nunca será de quienes se crean sus dueños.