Jorge Eduardo Arellano
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Ph. D. IDEUCA
Navidad y familia siempre han marchado de la mano. La familia, que a lo largo del año haya podido ver diluida la unión de sus miembros, en Navidad se reencuentra. Representa, por ello, la mejor oportunidad para reflexionar sobre la familia, el sentido y significado que relanzan su misión.

La familia es, posiblemente, la entidad social y cultural más reconocida en los países y culturas. La diversidad cultural siempre posee, como común denominador, a la familia, en sus diversas expresiones y modalidades. La familia, célula fundamental por excelencia, representa para la sociedad el espacio mejor, organizado y simbólico, en el que toda los ciudadanos convergen. Por ello, pensar en la familia y tender, desde el gobierno, políticas sostenibles y auténticas para propiciar su fortalecimiento y calidad de vida material, cultural y moral, es cada día más urgente e imprescindible.

Es desde la familia que el núcleo sólido de valores y experiencias de vida se despliega a lo largo de toda la vida de cada ciudadano. Por ello, apuntalar el núcleo de la familia con el respaldo sólido y sostenido de los medios que le ayuden a cumplir de forma efectiva su misión, representa la clave del desarrollo armónico del país, en tanto es en la familia que reside el motor principal del desarrollo humano de las personas. Cuando la experiencia de socialización de la familia ha fracasado, difícilmente la sociedad y su desarrollo gozarán de buena salud. Cuando la familia se enferma, también la sociedad.

Ha sido la familia, desde los primeros tiempos de la humanidad, el primer espacio educativo no formal, en el que padres y madres asumían la educación de sus hijos y la transmisión de valores y cultura. Esta responsabilidad familiar, en tanto el desarrollo de la sociedad moderna demandó nuevas tareas y funciones a la familia, delegó buena parte de su función educadora al aparato escolar formal. Lo cierto es que, poco a poco, muchas familias, al parecer, se desresponsabilizaron de esta función natural, con la creencia que la escuela la supliría con creces.

En el momento actual, en un siglo en el que las exigencias culturales, científicas y técnicas replantean cambios profundos a la cultura y educación de los ciudadanos, tal delegación de responsabilidad a la escuela ha trascendido más allá de sí misma, con nuevas exigencias tan complejas que cada vez le resultan más difíciles de cumplir, siendo que muchas de ellas le corresponden a la familia. Las reformas y cambios educativos raramente fijan su atención en la familia con visión de complementariedad. Esta ingenuidad e idealización hizo pensar a las administraciones educativas, que los contenidos curriculares bastarían para lograr en los educandos cambios sustantivos en sus conductas, actitudes y valores.

Lo cierto es que, al correr del tiempo, sentido el fracaso de la baja incidencia de la educación formal, la administración educativa cayó en la cuenta que, no sólo la escuela ha de acoger a la niñez y adolescencia, sino que también es necesaria una “escuela de padres”. Es sin duda, el esfuerzo mancomunado entre la familia y la escuela, la clave del éxito. De esta forma, se trata de devolver a la familia su responsabilidad cedida, a la vez que la escuela logrará ubicar de mejor manera su misión. El tema es, aún, mucho más importante en nuestro país. Los mejores esfuerzos que realicen los gobiernos de turno en el desarrollo tienen poco éxito cuando la familia se encuentra desintegrada o sus valores están deteriorados. Es la familia el primer espacio educador natural por excelencia y merece la pena recuperarlo a plenitud.

Pero tampoco la familia por sí misma contribuye necesariamente a la educación. Así, tal como en la educación formal los contenidos de enseñanza-aprendizaje se ubican en el currículum, en la familia, de manera informal, se encuentran enraizadas creencias, mitos, conocimientos, comportamientos y actitudes, ubicándose en su trasfondo los valores. Si bien podemos decir que en la familia se transmiten un conjunto de creencias, cultura y valores, de forma expresa – currículum explícito -, también es cierto que muchos de ellos actúan de manera implícita – currículum oculto. Así, mientras los padres de familia exhortan a sus hijos a tener un buen comportamiento, lo cierto es que su ejemplo y actitudes son, sobre todo, los que impactan, en mayor grado, la vida y futuro de sus hijos. Ello es tan cierto que, de poco o nada servirán las recomendaciones que como padres podamos hacer a nuestros hijos, si nuestro comportamiento les dice lo contrario. También en la escuela se da, frecuentemente, el currículum nulo, cuando se decide no enseñar contenidos y valores a los que los alumnos tienen derecho. En la familia, este currículum nulo parece ganar terreno cada día en forma alarmante.

Las investigaciones educativas coinciden en que lo que permea y marca profundamente la personalidad, valores y futuro de los hijos es, precisamente, los valores que explicitan sus padres y que, muy poca trascendencia tendrán sus palabras, si su vida es contradictoria. Este dualismo se profundiza, aún más, en la sociedad, cuando los jóvenes observan a la clase política que decide la vida del país, sin consistencia, con doble moral y proclive a una esquizofrenia ética.

Lo cierto es que ha llegado la hora de que, desde la educación formal, recobre vida la “escuela de padres”, desde la cual, no sólo la familia rescate su auténtico valor educativo, sino también la escuela aprenda de las experiencias y expectativas de la familia. Ambos se necesitan para recobrar su sentido y fortaleza. Urge que el centro educativo sepa motivar este reencuentro, lo que logrará si hace de esta interacción un espacio interesante y facilitador del crecimiento de la comunidad educativa. La calidad de la educación se plasma en la calidad del desempeño vital, y éste no es posible al margen de la familia.