Jorge Eduardo Arellano
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POZNAN
La actual crisis económica arrojó un paño mortuorio sobre las conversaciones acerca del cambio climático que se llevaron a cabo en Polonia. Si bien los negociadores esperaban un progreso concreto hacia un acuerdo climático internacional, los dos principales contaminadores del mundo estaban distraídos -Estados Unidos, impidiendo un colapso del sistema financiero en medio de una transición presidencial, y China, con una desaceleración en la inversión interna y un debilitamiento de la demanda extranjera de sus productos manufacturados-. Frente a la caída de los valores de las viviendas y de los ahorros de retiro en Estados Unidos y a las crecientes cifras de desempleo chinas, los observadores temen que ni Estados Unidos ni China tengan demasiado interés en reducir las emisiones.

La paradoja aquí es que la crisis presenta una oportunidad única para que Estados Unidos y China sellen un convenio que siente las bases para un acuerdo global sobre el clima. De hecho, uno de los principales objetivos de la reunión bianual más reciente del Diálogo Económico Estratégico China-Estados Unidos (realizada la semana antes de que comenzaran las conversaciones climáticas) era empezar a trabajar bajo el “Marco de Cooperación a 10 Años en Energía y Medio Ambiente”, creado a principios de este año.

Esta iniciativa bilateral se produce en los talones de una década en la que Estados Unidos se mantuvo al margen de los esfuerzos internacionales por encontrarle una solución al cambio climático, temeroso de que si actúa y China no lo hace, el mundo no podrá cumplir con sus objetivos de reducción de las emisiones y la industria norteamericana se verá perjudicada. China ha contado con que sus emisiones históricas y per cápita se mantengan muy por debajo de los niveles norteamericanos, y considera que ponerle un tope a las emisiones nacionales adicionales al mismo nivel que Estados Unidos implicaría un presupuesto de carbón personal en San Francisco cinco veces mayor que en Shanghai.

El Diálogo Económico Estratégico soslayó este acuerdo sobre la distribución de la carga y se centró en cambio en lo que ambos países tienen en común. Ambos dependen del petróleo importado para el transporte y del carbón doméstico para la generación de energía. Ambos tienen gobiernos fuertes a nivel estatal y sistemas regulatorios y de suministro de energía balcanizados. Pero la estructura de las economías de los dos países, y lo que genera sus necesidades energéticas -y, por ende, las emisiones de gases de tipo invernadero- son muy diferentes. Es esta diferencia la que ofrece la mejor oportunidad para ocuparse del cambio climático de ahora en más.

Económicamente, Estados Unidos y China son imágenes en espejo, los lados opuestos de un desequilibrio global masivo. Los norteamericanos gastan demasiado y ahorran demasiado poco, lo que hace que el déficit comercial de 250.000 millones de dólares sea financiado por otros países. Gran parte de este crédito proviene de China, donde las empresas y los ciudadanos ahorran demasiado y consumen demasiado poco, lo que deja un excedente tanto de productos como de capital que fluye al exterior.

Este desequilibrio macroeconómico se refleja en las emisiones de carbono de los dos países. En Estados Unidos, más del 70% de las emisiones de CO2 surge de actividades vinculadas al consumo, ya sea las camionetas que degluten combustible o las McMansiones sedientas de energía. En China, más del 70% de las emisiones proviene de la industria. La producción de acero solamente consume el 18% de los recursos energéticos del país, casi el doble que todos los hogares chinos. La industria química consume más energía que todo el transporte privado, y la producción de aluminio compite con el sector comercial en términos de demanda de electricidad.

En cuanto a sellar un acuerdo climático, este desequilibrio es una buena noticia. Sugiere un marco para reducir las emisiones que respeta las necesidades de desarrollo de los hogares de China, se ocupa de las preocupaciones por la competitividad de las empresas norteamericanas y adhiere al principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” incluidas en las negociaciones internacionales.

En reconocimiento de sus emisiones históricas y per cápita sobredimensionadas, Estados Unidos debería aceptar una reducción de las emisiones en toda la economía, en línea con la legislación climática doméstica actualmente en consideración. A China debería excusársela de las obligaciones vinculadas al consumo por el momento, pero sí debería asumir compromisos en materia de producción industrial en base al reconocimiento de que la reducción efectiva de las emisiones en estos sectores exige una acción internacional coordinada.

Los líderes de China ya están ansiosos por refrenar a la industria que consume energía y genera contaminación por razones de seguridad nacional, calidad del aire y del agua y una simple eficiencia económica. La producción de acero, cemento, sustancias químicas, papel y aluminio solamente representa casi la mitad de las necesidades energéticas de China y genera casi la mitad de la contaminación del aire que se cobra más de 300.000 vidas y le cuesta a la economía cerca de 100.000 millones de dólares al año.

Sin embargo, estas cinco industrias combinadas emplean solamente a 14 millones de personas de una fuerza laboral total de 700 millones, y menos gente que hace una década. Para un país que atraviesa una crisis de empleo, invertir en una industria altamente consumidora de energía es una estrategia perdedora. Utilizar una política climática para disciplinar a estas industrias ayudaría a equilibrar nuevamente la economía, al mismo tiempo que reduciría las emisiones de China. Si China impone un precio al carbono para sus industrias manufactureras altamente consumidoras de energía, Estados Unidos no necesitará hacerlo al límite, lo que reduce los riesgos para el sistema de comercio internacional de emisión de CO2 en el que se basan ambos países.

La crisis actual ya está destrabando algunos de los desequilibrios que generan los desafíos energéticos y ambientales de ambos países. La demanda de petróleo de Estados Unidos cayó el 8% en momentos en que los consumidores se ajustan los cinturones, mientras que la demanda de electricidad en China se redujo el 10%, dado que las industrias altamente consumidoras de energía recortan la producción. Una respuesta inteligente a la crisis puede perpetuar estas tendencias. El futuro consumo norteamericano se volverá más verde y el costo de las políticas climáticas será menor si el paquete de recuperación norteamericana incluye dinero para aclimatar los hogares, mejorar la red eléctrica y ayudar a la industria automovilística a mejorar el rendimiento de combustible.

Si China consolida su industria de uso intenso de energía, liberando así el capital de inversión para servicios e industrias más livianas, entonces surgirá de la crisis con un modelo de crecimiento que contamine menos y emplee más. Si Estados Unidos y China pueden llegar a un acuerdo en estas cuestiones en medio de la crisis, allanarán el camino para el éxito cuando los negociadores climáticos vuelvan a reunirse el año que viene en Copenhague.

* Trevor Houser es miembro visitante en el Instituto Peterson para la Economía Internacional en Washington DC y autor de Leveling the Carbon Playing Field: International Competition and US Climate Policy Design y el inminente China’s Energy Evolution: the Consequences of Powering Growth at Home and Abroad.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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