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Siempre que comienza un año, las promesas y propósitos abundan. Las supercherías y los sortilegios están a la vuelta de la esquina. Walter Mercado, el consejero de las estrellas, nos augura prosperidad y felicidad a todos, mientras esconde una hermosa guatusa debajo de sus exóticas túnicas olorosas a fraude. Pero ya cumplió con su marketing. Ya estafó emocionalmente a millones de seres humanos que necesitan creer en alguien. Mientras tanto, nosotros, por nuestra parte, para estas fechas, prometemos en nuestras casas que seremos mejores personas, mejores esposos, mejores padres, pero también son puras mentiras. Ya nos gustó la maldad. En la TV y los diarios, las dietas y las metas espirituales se ponen de moda. Las palabras dulces afloran en nuestro vocabulario. El ambiente nos obliga a desearles a todos una Feliz Navidad y un próspero año nuevo, aunque nos alegramos de que la pobreza impida que esto sea realidad.

Y si en la recién pasada noche buena nuestro corazón se derritió con cursilerías y sentimentalismos, regalando nuestras sobras, el treinta y uno de diciembre, último día del año, nos excedemos en la búsqueda de disculpas, perdones, y hasta nos desconocemos cuando nos vemos en el espejo cada vez más viejos y más pendejos por el papel de hipócritas que estamos haciendo en esa última noche.

Pero, como bien dice la canción, nadie olvida el año viejo, sobre todo si le fue muy bien. Otros esperan abrir las botellas para hundirse en el genio vaporoso y mágico del alcohol que les hará olvidar sus frustraciones, y de trago en trago, de copa en copa, esperan estar borrachos a la medianoche para no ver los primeros rasgos del amanecer. Todos los años es lo mismo. Borrachos en las calles, bebedores de cuello blanco en las mansiones. Pero borrachos al fin. Aprovechamos estas fiestas religiosas y paganas que se han convertido en una tradición, para presuntamente enmendar nuestras culpas, lavar con alcohol y perfumes nuevos nuestros fracasos, esconder bajo un evidente y mal interpretado filantropismo, nuestras vanidades y egoísmos, repartiendo limosnas y compadeciéndonos de las miserias ajenas. Queremos deshacernos de lo que nos molesta y nos desahogamos. Es una especie de terapia social en la que los seres humanos nos damos una tregua, aunque sea de horas, para acercarnos superficialmente al prójimo indigente o necesitado, darle un regalito, decirle cosas bonitas al oído, y luego, a la medianoche, una vez concluida la fiesta, desaparecer para siempre de sus inútiles vidas.

Ésta es la cruel verdad. Los años pasan y los seres humanos no cambiamos. Cuántos calendarios han pasado por nuestra vida, dejando huellas. Nos gusta repetir nuestros errores, repasar nuestros fracasos, pues nos resistimos al cambio. Hay algunos que se atrincheran en sus fracasos, y otros se aferran tercamente a vivir la vida que están viviendo. Les gusta, por conformismo, vivir las mismas emociones, cantar las mismas canciones, decir las mismas frases, frecuentar los mismos amigos, cometer los mismos errores. ¿Qué será?
Confieso que soy uno de los que han dejado pasar los años y quizás las oportunidades. Cada año escribo en un papel blanco una serie de sueños, y lo único que compruebo es que soy un mentiroso de categoría. Un pinocho profesional. Hace diez años que escribo que voy a dedicarme a la literatura. Mentira. Siempre busco un pretexto para huir de aquellas ideas y personajes que bullen en mi mente como condenados y no me dejan dormir. También he escrito que quiero ser libre en el entendido de que la libertad es un espacio por el que los escritores deben luchar a costa de su propia vida para crear. Ojalá comience a luchar por esto antes que sea muy tarde. Otra mentira que he escrito: Quiero ser una mejor persona. Aunque el diablo me levanta en plena madrugada, para burlarse: “Ya es muy tarde. Tengo tu alma”. Finalmente escribo, aunque esto es muy remoto que lo haga: Debo adelgazar cincuenta libras. “Es la mentira más grande que te he oído. Tu metabolismo te traiciona, me susurra alguien que me conoce de verdad. No sé si es mi otro yo, mi esposa o el diablo convertido en un seductor amigo.

Todos los años escribo y reescribo planes, sueños y metas que nunca alcanzo: ¿Será que este año pueda? Esto es una lucha interna entre Dios y el Diablo. Dios me anima a escribir. El diablo me borra las palabras.

Repregunto: ¿Es posible tener una vida nueva con el año nuevo? Creo que sí. Todo depende de nuestra voluntad. En realidad, todo Año Nuevo debería ser un cambio de piel, una renovación espiritual, un cambio de actitudes, nuevas metas y nuevos sueños. Cada año es una oportunidad de vivir otra vez. Pero para muchos desgraciadamente la vida sigue igual. No tienen esa capacidad mágica de trascender, de renovarse, de ser cada vez mejores personas. Inténtelo este año. Escriba una lista de propósitos y metas que quiere cumplir en 2009 y cierre los ojos unos cuantos minutos para darse cuenta de que no ha hecho nada. Que lo mejor de usted quizás está por venir.


¡Feliz año Nuevo 2009¡
felixnavarrete_23@yahoo.com

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