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Carlos Martínez Rivas, uno de los más grandes poetas nicaragüenses, expresó la voluntad de mantener su obra literaria prácticamente inédita. Por lo que el poeta es poco conocido por el gran público. No obstante, ahora se haría un tiraje de 200 mil ejemplares de “Insurrección solitaria”, su producción creativa insigne. El Instituto de Cultura de Nicaragua ha vetado el prólogo con el cual Sergio Ramírez, a petición del diario El País (que publicaría el libro en España) presentaba la obra de Carlos Martínez Rivas al público español.

¿Por qué era necesario, para este gobierno, vetar dicho prólogo, aún a costa de impedir la publicación de la obra de Carlos Martínez Rivas?
Lo trascendental, desde la óptica política, son las posibles razones que este gobierno habrá tenido para vetarlo, que subyacen lógicamente incomprensibles. Toda racionalización de un acto represivo a la cultura es una expresión ideológica que hay que analizar, para poner en evidencia el carácter de clase reaccionario de quienes detentan el poder.

El prólogo, a mi parecer, es francamente superficial, mal redactado y con un contenido literario inadecuado para introducir la poesía de Carlos Martínez Rivas. El movimiento socialista no gastaría un centavo en la publicación del mismo, por su escaso valor literario; sin embargo, tampoco gastaría un centavo en prohibirlo. A los sumo, si ello fuese instructivo, le criticaría.

Un dirigente del partido en el gobierno, de apellido Borge, manifestó en la sección de Opinión de EL NUEVO DIARIO del 26 de diciembre, que el prólogo está bien escrito.

Al parecer, entonces, para los funcionarios estatales no hay discrepancia con la forma ni con el contenido del prólogo. En efecto, “el prólogo, afirma Borge, es lo menos importante. Lo esencial es saber quién es Sergio, con sus luces y sus sombras. Por ahora es, en la práctica, el más derechista, más hábil, peligroso y peor intencionado de los políticos nicaragüenses”.

Es decir, este gobierno veta a Sergio Ramírez, no sus escritos ni su pensamiento. ¿Por qué le veta entonces? Escribe Borge: “Tengo mis dudas sobre las intenciones del tal prólogo. Algunos sostienen la tesis de que fue concebido como una provocación al Ministerio de Cultura”.

De esta manera, este señor, que fuera ministro de gobernación durante los años ochenta, no analiza el contenido de un escrito ni juzga los actos objetivos, sino las intenciones.

¿A qué método recurre para juzgar el fuero interno? ¿Cómo descubre que el prólogo –sin que se refleje en su contenido- ha sido concebido como una provocación?
¿Cuál es la naturaleza efectiva de la supuesta provocación? ¡Qué sencillo habría sido ignorar y neutralizar esta provocación, si es tan etérea como una sospecha! Del resto, la labor más simple y elemental de la táctica, de cualquiera que detente el poder, es la de eludir caer en provocaciones insustanciales.

¿A qué ideología, más bien, corresponde la creencia de que el poder debe prohibir las obras de arte, y no por ellas mismas, ni por su significado, sino por el artista que las produce?
Nietzche, en Genealogía de la moral, señala que los débiles se engañan a sí mismos, se ilusionan de palabras, de creencias y de ideales, como forma de vanas venganzas hacia quienes envidian. A quienes él culpabiliza responsabilizándolos de su propia desgracia.


Más que encontrar referentes en el stalinismo o en el nazismo, que marcan estadios de retroceso para el proletariado en la lucha de clases, el veto actual, de parte de quienes controlan las instituciones de poder, significa una reaccionaria involución ideológica al mesianismo feudal, que supone –fuera de toda lógica- una verdad revelada a la jerarquía absolutista.

Imperceptiblemente, este caso nos ha llevado a rozar una polémica en torno a la teoría del conocimiento. Un profesor, que nunca entendió el marxismo, y que ahora pretende, sin éxito, explicar a sus alumnos la epistemología de Khun, sostiene algo ligeramente más enredado que el galimatías simple de Borge, pero, en su aspecto más vulgar, coincidente. Escribe este profesor, en EL NUEVO DIARIO:
“No se puede separar el mensaje del mensajero. Los intelectuales se “borran” a sí mismos en el proceso de construir discursos, se diluyen en la gente común y corriente para no afectar sus mensajes. Así se protegen de vincular éticas individuales a discursos universales. Ninguno de ellos estaría de acuerdo con que se hable de sus vidas privadas al máximo, para después ponerla en conexión con sus mensajes”.

Sin ponernos a considerar, siquiera, desde qué ética universal, neutral, se podría juzgar al mensajero, baste señalar que, evidentemente, Khun nunca sostuvo que el chisme y el fisgoneo en la vida privada del mensajero (sobre todo si no está vinculado con el poder estatal), serían una categoría filosófica necesaria para darle validez al mensaje. Simplemente, porque no hace referencia a cualquier mensaje ni a cualquier mensajero, sino, a paradigmas, en el concepto que él acuñó, de teorías que una comunidad acepta como guía de investigación.

La actividad de fisgoneo institucional de parte de los funcionarios del poder establecido (por ejemplo, en la vida de Sergio Ramírez), es Borge -no Khun- quien la considera importante en sí misma; incluso, al margen del mensaje, según su propio escrito.

Khun, por supuesto, sostiene algo completamente distinto. Que los conceptos y los mensajes no se pueden juzgar desde el saber contemporáneo, sino, en el contexto de su tiempo. Por lo que se debe considerar la complejidad del proceso que lleva a formar paradigmas distintos en cada época. Cada experiencia científica revela los límites a que pueden llegar los conceptos con coherencia teórica. El mensaje no es algo objetivo, que se pueda desvincular de la guía de investigación, de las decisiones, del método, del punto de vista que comparte el mensajero. Por ello, explicar un hecho, implica un trabajo complejo para comprender el paradigma que produjo ese conocimiento, que resuelve los enigmas de su época. Es en este sentido, más profundo, que según Khun no se puede separar el mensaje del mensajero; esto es, no se puede separar de la carga conceptual concreta del mensajero.

No obstante, este relativismo de Khun, a pesar de que sostiene que los cambios de paradigmas ocurren por revoluciones científicas (para resolver las fallas que cuestionan el paradigma anterior), desvincula la interrelación dialéctica del conocimiento con la espiral ascendente, materialista, de la historia de la humanidad, que sí asume el marxismo.

La poesía de Carlos Martínez Rivas que, desgraciadamente, por la acción represiva del Ministerio de Cultura no se ha podido publicar, refleja, en la exaltación extrema del elemento intimista, un rechazo total al estancamiento social de Nicaragua, por casi dos siglos de vida independiente.

Martínez intenta hundirse como un buzo en la propia soledad, en un universo de instintos donde la conciencia se despoja a tientas de su herencia humana. El poeta se rebela, por apatía extrema, a la cultura y a la solidaridad genética de la especie. A manotazos rompe los moldes donde ha depositado su razón. Y deja que su sensibilidad, desnuda, fluya libre en la embriaguez del azar, como un fragmento más de la realidad física, objetiva. Su obra poética, entonces, no es más que un grito de
revuelta. Una insurrección
solitaria contra la propia
conciencia.

¿Qué puede importarle a un ser así que publiquen su obra? Es más, si pudiera expresar un pálpito de voluntad, su anhelo sería el olvido. El ansia infinita de no renacer más. De romper con el eterno retorno que proclamara Nietzche.

Por ello, el poeta, retraído –como diría Merton- besa los labios de sal de la mujer de Lot. Quien a pesar de las advertencias del ángel exterminador de no mirar hacia atrás mientras huían de Sodoma, no pudo resistir la sublime curiosidad humana de mirar, tomó la decisión primera de una insurrección solitaria y se convirtió en estatua de sal.

“Una estatua de sal --escribe, entonces, Martínez Rivas-- no es una musa inoportuna. Se te hizo difícil fingir, ¡esbelta reunión de sal corrosiva!, y te volviste… para no renacer...”.


*Ingeniero Eléctrico

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