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Después de no salir durante dos jueves -25 de diciembre y 1º de enero- por feriados en este diario, este primer jueves de pláticas en un todavía balbuceante 2009, como por arte de magia estábamos congregados en una esquina, Caresol, Sanjinés, el de Managua, el de Masatepe y Watson. A todos, incluyendo a este último, se nos notaban novísimas redondeces consecuencia de unas plácidas y gastronómicas fiestas de Navidad y Año Nuevo. Todos también lucíamos rostros renovados, orondos y joviales, como preparados para seguir sobreviviendo a los maleficios de la monarquía de este Reino Socialista de Nicaragua, con enriquecido coraje en este nublado y tenebroso 2009. Decía que estábamos congregados como por arte de magia, ya que hacía muy poco que Watson, estrenando un pelo negro y lustroso, azabache, había expresado con su peculiar acierto que nuestra amistad y nuestras pláticas eran como magia blanca para luchar contra la magia negra. Sepan Onofre Guevara, Andrés Pérez Baltodano y Julio Francisco Báez que casi todo lo saben, lo que esto significa, pues aunque todos asentimos, la verdad también es que todos callamos por temor a descubrir qué se esconde tras esta cabalística frase.

Tras un rato de prudente silencio que sirvió para exorcizar pensamientos que pudiesen relacionar la historia reciente de Nicaragua con el viejo Maligno, dijo Caresol: “He sabido que el de Managua va a dar a conocer, por primera vez en Nicaragua, su conferencia Quiñones, tan de cara a América el martes 27 de enero a las seis y media de la tarde en el Instituto de Cultura Hispánica. Como este Fernando Quiñones, flamencólogo, poeta, ensayista, narrador y novelista es un hombre tan querido en nuestro país y a quien se ha estado mencionando constantemente en nuestras pláticas, yo quisiera saber algo más de él en el campo anecdótico”. Recogió gustoso la petición el de Managua: “Estábamos una noche invitados, junto con Quiñones, en casa de Sergio Ramírez cuando oí uno de los piropos más hermosos que alma gaditana alguna ha producido. Resulta que estando todos departiendo, hizo su entrada triunfal Claribel Alegría, resplandeciente, elegantemente vestida de noche y escoltada por dos de sus hijas, las fulgurantes estrellas gemelas Karen y Patricia. Fernando no pudo menos que saltar de su asiento, deslumbrado por la aparición de estos tres seres celestiales, y levantando los brazos hacia Claribel, en voz alta y andaluza exclamó: ¡Qué guapa viene de negro la Alegría!
Ahora que estuve en Chiclana de la Frontera –continuó–, su pueblo natal, de su hijo Mauro y su viuda Nadia Consolani, oí esta enternecedora y estremecedora historia. Ya sabía yo que en sus últimos años en Cádiz, consciente de la cercanía de lo inevitable, la figura de Fernando Quiñones les era familiar a todos paseando por su gran playa amada de la Caleta, solitario, teniendo como fondo cielo, olas, espuma y gaviotas, recogiendo plásticos regados por la costa, y sabida como es su mínima biodegrabilidad, empecinado en una lucha contra la contaminación en un acto final de su legendaria generosidad para dejar a otros un mar y una tierra habitables, o al menos un ejemplo, que al parecer han seguido otros caminantes solitarios de aquella costa gaditana, para demostrar que la salvación aún es posible. Si el hombre, como creo, trasciende en y por sus actos, éste de Fernando, ecológico y heroico a la vez por cercano a la muerte, es una prueba de que el hombre también puede dejar huellas buenas en este mundo, como estas imborrables pisadas de Fernando sobre la arena.

También iba Fernando a alimentar a las gaviotas con desperdicios de pescado. Desde que lo divisaban, aún entre la bruma, acudían a él para disputarse el alimento que les prodigaba aquel hombre a quien reconocían desde lejos y saludaban con graznidos y un revoloteo circular sobre su figura. A una de ellas, según Nadia la mayor y más obesa, le puso por nombre Matilde y ésta correspondía con familiaridad al llamado por su nombre. En noviembre de 1998 ya no pudo seguir llegando a la Caleta y fue ingresado, cosas del destino, en el Hospital Puerta del Mar, de Cádiz. Una puerta hacia el infinito. El 17 de ese mes desde temprano, una gaviota se posó en el alféizar exterior de su ventana, paseándose inquieta de un extremo a otro, pudiéndose oír sus pisadas y a ratos picoteando el vidrio. Fernando expiró sobre las siete de la mañana y hasta ese preciso momento la gaviota emprendió su vuelo. ¿Se iría acompañada de otra gaviota que aún no se podía ver? ¿Pudo la fecunda imaginación de este escritor haber preparado con antelación su propia partida? Lo que sé es que cada vez que vea una gaviota, pensaré en él y creeré que es una entre tantas. ¿Y por qué no?

Jueves, 8 de enero de 2009

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