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Los acontecimientos históricos, decía Carlos Marx, se presentan dos veces: una como tragedia y otra como comedia; yo le agregaría, en Nicaragua se repiten una con inteligencia y otra como tontería.

A la caída de la dictadura somocista, el 19 de julio de 1979, de inmediato la sucedió el Frente Sandinista de Liberación Nacional, reconocida como una fuerza organizada político-militar que fue capaz de derrocar a la dictadura a través de una lucha larga, sangrienta, llena de acontecimientos trágicos, de enormes pérdidas humanas, entre ellas grandes combatientes y dirigentes, como Carlos Fonseca, Julio Buitrago, Ricardo Morales Avilés, Eduardo Contreras, y otros que cumplieron tareas guerrilleras y urbanas, sumándose hombres y mujeres, jóvenes y estudiantes, obreros y campesinos, como Bernardino Díaz Ochoa, Jacinto Hernández, Germán Pomares, Máximo Martínez, y desde luego, un ser viviente que no puede quedar al margen de esta lucha, Domingo Sánchez “Chagüitillo”. Los primeros dieron su vida por la revolución y la democracia, y de tantos y tantos líderes sandinistas que cayeron combatiendo a la dictadura, y en base a este esfuerzo, se logró unir el patriotismo de la burguesía financiera, bancaria y comercial en alianza contra la dinastía, contando con todas las fuerzas políticas y económicas para obtener la victoria el 19 de julio de 1979 bajo la dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La historia del sandinismo organizado y con perspectiva de triunfo, desde su nacimiento en 1963, es la historia del cambio de una dictadura a un sistema democrático, republicano, de libertad y defensa de los Derechos Humanos, así como de un sinnúmero de medidas sociales y materiales que se plasmaran, como decía Carlos Fonseca Amador.

Desde el triunfo de la Revolución Sandinista, el 19 de julio de 1979, la gran oferta era el socialismo; ésta pasó por un decenio trágico. En los primeros meses de 1980, los aliados antisomocistas, en sus esfuerzos por desplazar del poder gubernamental al Frente, y con él conquistar el gobierno total y absoluto, abandonaron la coalición, condenando al Frente Sandinista a perder el poder y a crear una fuerza política lo bastante fuerte para dirigir la revolución gubernamental sin el FSLN. Estos aliados se retiraron al negarse a formar parte del sistema socialista, en primer lugar Cuba, por la sencilla razón de que las clases burguesas, financieras y comerciales de Nicaragua anunciaban, desde esta posición, la reconciliación con el imperialismo norteamericano.

Estados Unidos era la perspectiva económica por la relación comercial y de mercado desde años atrás, en consecuencia, con la presión ejercida por el gobierno estadounidense, a través de su presidente, Ronald Reagan, la alianza se hizo añicos. Ese fue un error de los que abandonaron la alianza; sin embargo, no podemos quejarnos por el tiempo en que nos acompañaron, ellos defendieron sus propios intereses, no de la revolución.

El Frente Sandinista asumió la defensa militar de la revolución en todo el período de 1980 con el apoyo del campo socialista.

Como se puede apreciar, las hostilidades militares comienzan en los primeros años de l980, cuando la revolución sandinista rompe con los Estados Unidos y se alía al sistema socialista, incluyendo Cuba.

No obstante, la revolución hizo intentos, por sí sola, por declarar el rumbo trazado hacia el socialismo, sin embargo, la revolución no estaba preparada ni tenía la capacidad de sostenerse económica y socialmente para asumir por sus propios recursos y esfuerzos su defensa; fue una guerra de desgaste la que nos impusieron; salimos perdiendo. Los ex aliados presionaron tanto desde del exterior, como internamente, para cambiar el sistema socialista y romper con el Frente Sandinista.

En todo el decenio del 80 se sintió opresión fuertemente de parte de gobiernos antisandinistas, sobre todo a finales de esos años, obligando al gobierno a sostener un diálogo con la Resistencia y llegar a un entendimiento para restablecer la paz, la unidad interna y la democracia a través de elecciones observadas por la comunidad internacional. Así llegamos a Sapoá.

Ciertamente, los comicios de febrero de 1990 le proporcionaron no sólo una derrota electoral al FSLN, sino al programa de la revolución; como sistema económico, se cambia el programa, y desde ese momento la Unión Nacional Opositora (UNO) trata de restablecer la República que el Frente Sandinista no estaba en capacidad de sostenerse como vanguardia de la revolución. La guerra de desgaste, por parte del gobierno de los EU y sus aliados, la Resistencia, jugó un papel importante contra la revolución sandinista. Estaba en manos de ellos impedir el futuro; la revolución se terminó a cambio de promesas para la Resistencia que jamás se cumplieron una vez firmada los acuerdos de Sapoá.

En las elecciones de febrero de 1990, toda la oposición se unificó contra el Frente Sandinista en la Unión Nacional Opositora. Fue el mismo fenómeno que se dio cuando se unieron todas las fuerzas antisomocistas en 1979 en contra de la dictadura; en 1989, en ese momento el antisandinismo se une en santa alianza a favor de la clase interventora de los EU. La dirección del Frente Sandinista no lo entendió de esa manera, ni tan siquiera se analizó la derrota electoral.

Si por varios motivos la Revolución Sandinista salió derrotada en las elecciones de febrero de 1990, no por eso dejaba de ser revolucionaria. Aunque se decía que era un castigo de la población por los errores cometidos en lo económico, político y militar, estoy convencido de que no se estaba preparado en lo económico para resistir tamaña agresión militar y económica, aspiramos al apoyo de la Unión Soviética; no se pudo obtener. El gobierno norteamericano y sus aliados, la Resistencia nicaragüense, contaban con el apoyo de países fronterizos por medio del gobierno de Honduras. Total, fue una dura prueba para la revolución. Sin condiciones económicas internas, el bloqueo comercial norteamericano, la cooperación externa de nuestros aliados socialistas se debilitaba, por su parte, los gobiernos de América Latina sustituían la ayuda comercial a no ser más que servir de intermediario para el diálogo contra la Resistencia. Por último, la estrategia descansó en la confianza y apoyo de la población, que también desconfió.

Hoy, a casi 30 años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el contenido más importante de la historia de la revolución se perdió posterior a la derrota electoral. Es decir, las reivindicaciones de la Revolución Sandinista en cuanto a la moral, la hermandad, las relaciones humanas, se vinieron abajo; en cambio, hoy, el triunfo electoral de Daniel Ortega en noviembre de 2006, trae bajo sus propias mangas resucitar el nepotismo, el gobierno de una familia. Como en el pasado, ahora la historia se repite.

El somocismo no fue abolido de raíz, hoy se expresan algunos rasgos, no insignificantes, del sistema oprobioso del dictador derrocado, y que ahora el gobierno actual los hace suyo. Existen coincidencias entre el gobierno del dictador y el gobierno actual de Daniel Ortega, por ejemplo: el Estado de Derecho, controlado por la familia gobernante; las instituciones de los poderes del Estado, bajo el mandato de la familia. Daniel Ortega, el marxista socialista en sus primeros años, cuando era Sandinista y defendía el Estado laico, le dio vuelta a la historia de su pensamiento, retrocediéndolo al pasado.

Jamás se puede ser justo con los principios cuando se trata de intereses económicos producto de bienes mal habidos. Los llamados revolucionarios se vuelven reaccionarios cuando se adquieren intereses a través del Estado, sobre todo en el terreno económico y político, y aun en las alianzas políticas-religiosas; ya no se defienden, reniega de ellas y se cae en el pasado, hoy no sólo traicionan el socialismo y el pensamiento marxista, sino a la vez el pensamiento de Sandino.

Ahora bien, pasadas las elecciones del nueve de noviembre, se confirma por primera vez que el sistema del dictador Somoza era el grado inferior de la dictadura, y que el binomio actual gobernante es el grado superior de la dinastía. Por eso la historia se repite. Es difícil romper con la historia en poco tiempo, es decir, en un decenio, como fue el de la revolución hasta la derrota electoral de 1990, el pasado pesa, y lo llevarán a cuesta por una determinada época los dirigentes políticos. La experiencia del dueto Ortega-Murillo así lo enseña. Sólo los jóvenes pueden cambiar el rumbo de la historia.