Jorge Eduardo Arellano
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En un artículo reciente, la talentosa escritora Gioconda Belli hace referencia a lo que ella llama el fracaso del socialismo, en su valoración de que la satisfacción de las necesidades materiales sobrepasaba la valoración humana de la libertad como un componente esencial de la felicidad, refiriéndose también, en otra parte, a la falta de libertades en el socialismo y la supuesta existencia de las mismas en el capitalismo, como razón para el mayor éxito de éste en su funcionamiento como sistema.

Respecto a lo primero, debe recordarse que la teoría socialista del marxismo plantea el establecimiento de condiciones tanto materiales como espirituales para que la sociedad en su conjunto alcance la felicidad, lo cual sólo es posible transformando previamente los valores y por tanto la conciencia, a la par de contar al menos con la satisfacción de las necesidades materiales básicas. Estas condiciones se logran tanto en lo material como en lo espiritual, con la socialización de la propiedad sobre los medios de producción, dado que esto permite el establecimiento de relaciones de producción basadas en la cooperación y no en la explotación –-que es lo que ocurre cuando predomina la propiedad privada-–, dando lugar así al surgimiento de valores como la fraternidad, espiritualmente indispensables para la felicidad; mientras que por otra parte, la socialización también permite una distribución más equitativa de la riqueza, y por tanto, la satisfacción de las necesidades materiales básicas. La libertad sólo puede ser alcanzada por el ser humano cuando cuenta con estas condiciones, pues de lo contrario la única libertad que posee es la misma del que debe escoger entre morir de hambre o de enfermedades. No es cierto, por tanto, que el socialismo considere más importante la satisfacción de las necesidades materiales que la valoración humana de la libertad, lo cual además parte de una premisa falsa, que es la otra afirmación de Belli en el sentido de que existe más libertad en el capitalismo que en el socialismo, sistema este último donde según ella, en lugar de la crítica y el debate, se crearon burocracias encargadas de la agitación y propaganda, cuyos intentos de crear conciencia a través de consignas y cartillas fracasaron estrepitosamente.

La destacada escritora tiene, sin duda, mucha más experiencia que yo en eso de las burocracias encargadas de la agitación y la propaganda, pero aun con todo lo que pueda criticarse a los modelos socialistas que colapsaron a finales del siglo XX, no es cierto que en el capitalismo exista más libertad: lo que demostró este sistema fue mayor capacidad para ocultar sus cadenas. La censura en el capitalismo es ejercida por la naturaleza misma del sistema, pues los medios de comunicación son empresas privadas que comercializan la información, degradándola y volviéndola degradante con el estímulo de valores alienantes, y al ser empresas privadas sus dueños son capitalistas, y son ellos quienes definen la política editorial e informativa de cada medio de comunicación, en la que por tanto prevalecerán siempre sus intereses de clase ideológicamente expresados. En cuanto a la política, ya es sabida la degradada y degradante condición mercantil que ésta adquiere en el capitalismo, cerrando el paso a quienes no tienen capital que los respalde y haciendo siempre uso del marketing que, desvalorizando nuestra condición humana, va dirigido a los aspectos irracionales de la conciencia.

Belli señala la existencia de un “imperialismo venezolano”, pero difícilmente podría considerarse la existencia de un imperialismo sin monopolios ni transnacionales. En todo caso, lo que promueve la Revolución Bolivariana son las empresas grannacionales, de la gran nación latinoamericana y caribeña; y las reglas del juego por las cuales se rigen sus relaciones económicas con los países a los que brinda su cooperación, nada tienen que ver con condicionamientos de ningún tipo, como los que imponen los Estados Unidos. En todo caso, los sandinistas no necesitamos que nos pongan como condición ser revolucionarios y antiimperialistas, o ser socialistas para recibir cooperación; pues lo somos por razones de principios: es nuestra razón de ser como fuerza política.

El socialismo no necesita cambio de nombre, pero puede tener sinónimos, y ese de felicismo que propone mi estimada escritora me parece muy apropiado, porque precisamente la diferencia entre los revolucionarios y quienes no lo son, es que los primeros creen en la posibilidad de que toda la sociedad alcance la felicidad si se crean las condiciones necesarias para ello; pero precisamente por eso los socialdemócratas como Gioconda Belli no son revolucionarios, porque se conforman con una distribución más equitativa de la riqueza mediante la política fiscal -– según ella misma afirmara hace poco en otro artículo-–, sin proponerse la creación de las condiciones espirituales mediante la transformación de las relaciones de producción que sólo es posible con el cambio en el régimen de propiedad. Por lo demás, espero que no asuma estas palabras como pedradas, pues coincido no sólo con Freud en su definición de la civilización como la sustitución de las piedras por las palabras, sino con José Martí, que decía: Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras, sin que esto le impidiera morir en combate, como a los sandinistas el uso de las palabras no nos impide el uso de las piedras, los morteros o el fusil cuando la situación lo demanda, pero conscientes de que al final, el triunfo será de las ideas, que empuñamos con igual decisión que todas las demás armas.