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El artículo “Las revoluciones de Cuba y Nicaragua: 20 años después”, publicado en dos entregas –END, 31 de diciembre de 2008 y 2 de enero de 2009—, es un trabajo esclarecedor sobre las diferencias y las afinidades de ambas revoluciones. Su autor, Rafael Casanova Fuentes, es uno de los historiadores jóvenes de formación académica marxista más serios y activos de nuestro país. Casanova Fuentes, también participó en las luchas antisomocistas y por la justicia social desde antes de 1979, siendo miembro de la Juventud y del Partido Socialista Nicaragüense.

Su opinión sobre el tema de las afinidades y las diferencias entre las dos revoluciones ocurridas en la última mitad del Siglo XX, me es familiar desde antes de la publicación de su artículo, porque este mismo tema lo abordé dentro de una exposición sobre “Las raíces de la revolución nicaragüense”, en un seminario del Movimiento de Rescate del Sandinismo (de paso y brevemente, confieso que no todos mis puntos de vista fueron compartidos por algunos dirigentes de este Movimiento). Casanova Fuentes no conoció entonces mi exposición, pero posteriormente conversamos sobre el particular; se la di grabada en un disket, y él me lo retornó con varias observaciones escritas dentro de mi texto, las cuales me parecieron apropiadas. Básicamente, hubo criterios coincidentes entre el investigador académico y el observador empírico.

Ahora, Casanova Fuentes agrega en su artículo el tema de la continuidad del FSLN después de la derrota electoral de 1990 –de la cual no hablamos en aquella ocasión—, y expone el siguiente punto de vista en la segunda parte del referido artículo: “Este Partido (el FSLN), como heredero del proyecto, ha pasado por una serie de divisiones y desprendimientos, pugna por fortalecerse y rescatar desde el acceso al gobierno en 2006 la base social que ostentaba en los años 80”.

No comparto su opinión. Casanova Fuentes no hace alusión a ninguna de las causas de la “serie de divisiones y desprendimientos”. Si la hubiera hecho, como historiador, hubiese tenido que revelar –por lo menos—algunas de las causas que niegan al actual FSLN “como heredero del proyecto”. Esta negación la provocaron las arbitrariedades, exclusiones y afanes de hegemonía absoluta que ha protagonizado Daniel Ortega y su círculo desde la derrota electoral del 90. Luego, no hay tal “pugna por fortalecerse y rescatar, desde el acceso al gobierno en 2006, la base social que ostentaba en los años 80”. Quien pugna por fortalecerse es Daniel y no el Frente. Daniel ha suplantado al partido. Primero le debilitó su estructura ideológica anterior y se la sustituyó con una jerigonza político-religiosa, y después, junto a eso, ha hecho desaparecer sus estructuras orgánicas para darles paso a los “Consejos del Poder Ciudadano”. El nombre del FSLN, sólo es utilizado para los asuntos oficiales de conveniencia.

Ese cambio se refleja en la práctica: los comités de base se reunían, discutían la situación política y, mal que bien, sacaban conclusiones y hasta resoluciones en lo que correspondía a las actividades que les eran propias en su sector o área de trabajo, de acuerdo a los estatutos (q.e.p.d). Los CPC no discuten sobre la situación política, sólo acatan órdenes, recitan consignas y cumplen directrices emanadas de un centro político que lo maneja Rosario Murillo. Para mayor gloria, a Rosario no la eligió ningún congreso partidario, sino su esposo. Y desde que ambos accedieron al poder en 2006, no han tratado de rescatar la base social de los 80, sino consolidar a sus incondicionales en torno a su proyecto político familiar.

Hay suplantaciones colaterales con fines de control mental: en los comités de base se estimulaba la lectura y el estudio, aunque fuera de artículos de su periódico y los discursos de sus comandantes. A los CPC, les prohíben leer los diarios y ver la televisión “de la derecha”; les mandan a rezar en las rotondas y a funcionar como turbas contra las manifestaciones opositoras. No hay razones para considerar a un grupo de esta clase como “partido heredero del proyecto”, y asombra que a estas alturas se le reconozca así, como si no hubiera pasado nada.

Ni en la práctica ni en lo ideológico, hay comparación posible con la experiencia cubana. Al inició de la revolución Fidel aconsejó a los revolucionarios: “Lean, no crean”. Rosario Murillo les dice a sus partidarios: “Sí a las creencias religiosas; sí a la fe”.

Hay un abismo entre ambos y con objetivos opuestos: Fidel alertó a despertar la conciencia para participar conscientemente en la construcción de una nueva sociedad. La metamorfosis del FSLN no fue pensada para formar cuadros políticos conscientes para conducir al pueblo en su lucha histórica, sino para agitarle y arrearle sobre la base de consignas; explotar su emotividad, no fortalecer su conciencia ni interpretar los fenómenos de un proceso revolucionario, sino obligarles a tener fe y a creer ciegamente, tal como si fuera una iglesia y no un partido político. Ellos saben que para un partido-iglesia no es necesaria la formación ideológica científica, y por eso la desechan.

Al final del párrafo que transcribí de su artículo, Casanova Fuentes señala otra diferencia entre las dos revoluciones: “Por su parte, en Cuba, los revolucionarios cubanos han logrado eludir miles de dificultades impuestas por el bloqueo y entre otras cosas han logrado principalmente dos objetivos: a) realizar profundas reformas sin sacrificar el proyecto socialista; b) crear el relevo histórico que le dará continuidad a la revolución socialista en el futuro.” En tanto aquí, el orteguismo no ha logrado ninguno de esos objetivos. Ni los logrará, porque nunca se los ha propuesto, menos hoy con el estilo político-religioso con que manejan el poder y su ostentoso estilo de vida de magnates.

Sin embargo, nuestro amigo parece buscar una justificación para el orteguismo. En el último párrafo de su artículo, escribe: “En Nicaragua debe recordarse que es un proceso revolucionario más contemporáneo, los problemas particulares del proceso son mucho más complejos –además de los señalados— que el cubano, uno de ellos está en las dificultades para emprender transformaciones radicales dentro de un marco jurídico-político burgués y el atraso político-cultural de la población (aún afectada por las h heridas de la guerra y sus consecuencias), lo que es aprovechado al máximo por la manipulación que realizan las tendencias más conservadoras de la sociedad.”

Lo afirmado invita a preguntarse: entonces, ¿han sido más grandes y graves las dificultades encontradas en diez años por la revolución de Nicaragua que la cubana durante cincuenta años de bloqueo y agresiones? ¿El “marco jurídico-político burgués” en Nicaragua fue radicalmente más difícil que lo que fue el de Cuba? ¿Toda la culpa del atraso político-cultural es de la población, o también de las debilidades ideológicas del liderazgo nicaragüense? ¿la manipulación de las tendencias conservadoras de Nicaragua ha sido más fuerte que la manipulación combinada de las fuerzas conservadoras cubanas-norteamericanas? ¿La cuestión económica no es causa también del descrédito de los líderes del orteguismo después del 90?
Algo de las respuestas están implícitas en mis opiniones. En la realidad está explícito que aquí no hay ninguna revolución.