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El somocismo funcionaba dentro de una racionalidad política de la que hicieron uso los Somoza para justificar sus acciones. El proyecto que promueve el FSLN hoy, por otra parte, carece de una racionalidad política y de una lógica comunicable. Esto explica el discurso disperso e incoherente del Presidente Daniel Ortega
Desde la llegada del FSLN al poder, hace casi dos años, el discurso ilógico y enmarañado de Daniel Ortega ha desatado mil rumores sobre la salud mental del mandatario. De acuerdo con uno de esos rumores, Daniel Ortega padece de un trastorno esquizoafectivo. Esta dolencia, de acuerdo con una definición que puede encontrarse en Internet, “provoca problemas tanto de psicosis como del estado de ánimo”. Entre los síntomas que muestran las personas que sufren trastornos esquizoafectivos se incluyen los siguientes: “Estado de ánimo exaltado, elevado o deprimido, irritabilidad y mal control del temperamento, paranoia, deterioro del interés por la higiene y el acicalamiento, y discurso ilógico y desorganizado”.

Este artículo ofrece una interpretación sociológica sobre la incoherencia discursiva de Daniel Ortega. Esta interpretación se ofrece como una alternativa a la explicación sicológica antes mencionada y puede resumirse de la siguiente manera: La incoherencia discursiva de Daniel Ortega refleja la ausencia de una racionalidad política que le dé sentido a su conducta política y a sus palabras. Ni él ni los que lo rodean han sido capaces de explicar, y mucho menos de justificar, la ideología del gobernante y su visión del Estado y de la sociedad nicaragüense. Conocemos las ambiciones del presidente y las de su esposa, porque son obvias: quieren reproducirse indefinidamente en el poder. Estas ambiciones, sin embargo, carecen de una lógica política explícita y coherente. La “pareja presidencial” quiere el poder, por el poder mismo.

Así pues, el tipo de Estado que ha venido consolidándose en el país en los últimos dos años es diferente a los Estados dictatoriales que operaron en América Latina durante el siglo pasado. Es cierto que Daniel Ortega comparte con dictadores como Somoza, Trujillo y Pinochet su disposición a usar la violencia para reproducirse en el poder, así como su tendencia a manipular la ley y las instituciones del país.

El sueño de la razón
El somocismo y las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX operaban dentro de la racionalidad política creada por la Guerra Fría. La llamada “lucha contra el Comunismo” fue usada por esas dictaduras para justificar su permanencia en el poder y para violar los derechos humanos de cualquiera que se opusiese al modelo de sociedad que defendían. Hasta un Augusto Pinochet, con todo y su primitiva ferocidad, apareció frente a las cámaras de televisión, horas después del golpe militar que puso fin al gobierno de Salvador Allende, haciendo uso de la doctrina de la “seguridad del Estado” para justificar sus acciones.

¿Cuál es la racionalidad que utiliza el FSLN hoy para impulsar la formación de un Estado que, al igual que las dictaduras tradicionales, abusa del poder y utiliza la violencia para conseguir sus fines? Ninguna. Ortega ni siquiera ha intentado cobijarse bajo el manto del cacareado “Socialismo del Siglo XXI”, que de vez en cuando -cada vez menos- defiende Hugo Chávez en Venezuela. De los discursos de Daniel Ortega no se puede extraer una sola idea que explique cuál es la ideología de su gobierno, o su visión del Estado y de la sociedad nicaragüense.

El Comandante de los 80 y el Presidente de los 2000
Daniel Ortega nunca fue un hombre articulado. De todas formas, si se compara al Comandante Ortega de los 80 con el presidente Ortega de los 2000, uno puede encontrar que el comandante revolucionario hablaba dentro de una racionalidad que le otorgaba un sentido lógico y comprensible a sus palabras. El presidente Ortega que gobierna el país hoy, por el contrario, habla por hablar, sin decir nada.

Señalemos algunos ejemplos que muestran la diferencia que separa al medianamente articulado Daniel Ortega revolucionario del inconexo, ininteligible y desatinado Daniel Ortega de hoy.

El Comandante Ortega le hizo la guerra a una “burguesía” que, dentro de un marco teórico superficial pero descifrable, era la clase enemiga de la clase trabajadora que él decía defender. Hoy, el presidente Ortega no critica a la burguesía porque ese concepto solamente hace sentido dentro de la racionalidad teórica marxista que él ha desechado - por razones que no ha sido capaz de explicar. Prefiere hacer uso del vago y ambiguo término de “oligarquía”, construido por Orlando Núñez para ser aplicado a cualquiera que se oponga a los intereses y objetivos de la familia gobernante.

Por otra parte, el discurso del comandante Ortega en los 80 y antes de los 80 expresaba un rechazo a los valores y los estilos de vida de los sectores sociales adinerados que se oponían al modelo de revolución que él defendía. Este rechazo era la expresión lógica de una posición ética -al menos oficial- contra una moralidad social que el sandinismo condenaba.

El discurso “anti-oligárquico” del presidente Ortega, por el contrario, no se nutre de un rechazo ético de los valores y las conductas de sus adversarios.

Se nutre, más bien, de lo que pareciera ser un resentimiento. Ortega critica a los ricos pero vive como ellos. Critica a los Somoza pero los emula.

Más aún, la lucha del comandante Ortega contra la “burguesía” en los 80 era un medio para alcanzar los fines de una revolución que operaba dentro de una racionalidad más o menos coherente. Para el presidente Ortega, por el contrario, el conflicto no es un medio para alcanzar un fin predeterminado. En otras palabras, para Ortega el conflicto es un fin en sí mismo; es el generador de la energía que necesita para mantenerse en el poder.

La visión religiosa premoderna
La irracionalidad teórica que explica la incoherencia discursiva del presidente Ortega se hace especialmente palpable en el cambio radical -más bien, retroceso- que ha experimentado la visión social e histórica del mandatario. El comandante Ortega de los 80 actuaba dentro del marco de una racionalidad política moderna -la del marxismo sandinista- que lo ayudaba a hablar dentro de una lógica medianamente coherente. El presidente Ortega, por el contrario, ha adoptado una visión religiosa premoderna del mundo y de la historia que resulta profundamente anacrónica, ridícula y contradictoria. Para el comandante Ortega de los 80, por ejemplo, las crisis del capitalismo tenían su raíz en las contradicciones propias de ese sistema. Para el presidente Ortega, la crisis que sufre el capitalismo en la actualidad es un “castigo divino”. Con esa misma visión medieval, Ortega calificó la elección de Barack Obama en los Estados Unidos como “un milagro” (END, Noviembre 5, 2008).

Además de incoherente, anacrónico y contradictorio, el discurso del Presidente Ortega expresa una marcada tendencia a ignorar la realidad.

Esta incapacidad puede ser el reflejo de un problema sicológico. Sin embargo, también puede atribuirse a la ausencia de una lógica que ordene la conducta y el discurso político del mandatario. Así, un Daniel Ortega puede decir cualquier cosa: “el cielo es verde”, “el agua no moja”, “soy Napoleón” o, más increíble aún, “soy el defensor de la institucionalidad de Nicaragua porque así lo digo yo”.

Todo el mundo conoce la descarada manipulación de las instituciones del Estado y de la ley que ha hecho el FSLN desde que consolidó su pacto con Arnoldo Alemán. Esto no es un secreto para nadie. Tampoco es un secreto que ese pacto le ha hecho un daño incalculable a la frágil institucionalidad del país. Basta ver el clima de confusión, rabia, corrupción e incertidumbre dentro del cual se desarrollaron las elecciones municipales.

El presidente Ortega, sin embargo, pareciera creer que nadie conoce su papel en el brutal retroceso institucional que ha sufrido Nicaragua en los últimos diez años. Cree haberlas manoseado y violado en la más secreta clandestinidad. Por eso se atrevió a presentarse como el defensor de la institucionalidad del país en una reunión que sostuvo recientemente con los representantes del sector privado nicaragüense. En esa ocasión señaló sin inmutarse: “La Institucionalidad, ¡claro que es fundamental!... tenemos que fortalecer la Institucionalidad, fortalecer las instituciones. Yo diría que una de las instituciones más polémica siempre es el Poder Judicial, porque está atendiendo permanentemente decenas, miles de casos, de todo tipo.... El Poder Electoral es polémico sobre todo cuando se acercan las elecciones, luego pasa por períodos de descanso, pero el Poder Judicial no tiene período de descanso, constantemente está ahí. ¿Cómo fortalecer al Poder Judicial? A través de leyes, son las leyes las que fortalecen las instituciones, no son los individuos los que fortalecen a las instituciones”.

Recuperar la racionalidad discursiva
La recuperación de Nicaragua implica restablecer cierto nivel de sanidad discursiva en la política del país. Para lograrlo es necesario hacer un esfuerzo sistemático para desnudar las contradicciones e incoherencias en el discurso de los que controlan las instituciones del Estado. Pero también es necesario construir un discurso político organizado dentro de una lógica que apele a la razón de los nicaragüenses.

La razón de los nicaragüenses, sin embargo, es una fuerza encarnada. Es, en otras palabras, una fuerza que habita los cuerpos concretos de los hombres y las mujeres de nuestro país y que, por lo tanto, expresa sus ansiedades, carencias y necesidades reales. Así, un discurso que apele a la razón de los nicaragüenses debe reflejar con honestidad y claridad el drama que afecta a la inmensa mayoría en nuestra sociedad. Apelar a la democracia a secas, como si la democracia fuese una prioridad para los que no comen, para los desnutridos y para los desempleados, es caer en el juego de la irracionalidad que promueve el FSLN.