Jorge Eduardo Arellano
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Recientemente EL NUEVO DIARIO ha publicado algunos artículos de Carlos Fonseca Terán defendiendo el Socialismo con argumentos de una pureza literal. Como es costumbre o fijación del Sr. Terán, en cada ocasión aprovecha para censurar en línea recta la social democracia, al MRS y Gioconda Belli, lo cual es un derecho que tiene. Del mismo modo, quiero hacer uso del mío para defender, más que a Belli, su interés y esfuerzo por buscar una alternativa social que mejore las ya conocidas, pues el Sr. F. Terán ofrece sus análisis en blanco y negro, sin brindarnos la maravilla que ofrecen los colores del pensamiento. Es muy atrevido y arrogante pretender atribuir todas las penurias de la humanidad a un solo sistema o todas las virtudes a otro. Aunque históricamente el capitalismo es relativamente joven y ya padece enfermedades crónicas, el socialismo es un recién nacido con problemas congénitos.

Los ideólogos en cada sistema siempre ofrecen abundancia, paz y felicidad al individuo. Esto es así porque obviamente necesitan en la mayor medida posible la voluntad y aporte de las personas dentro del proyecto social que promueven. Cada persona tiene sus propios valores y virtudes que ofrecer al beneficio social; con un arado, un escritorio, un púlpito o un uniforme militar, todos podemos colaborar. Los sistemas sociales durante siglos han evolucionado intentando mejorar las condiciones materiales y espirituales del colectivo, conscientes o no que para ello se requiere mejorar individualmente a cada miembro que lo conforma.

Bajo este último enfoque observamos con el transcurrir del tiempo que la condición de “ser” esclavo, siervo, explotado o sometido llegó a irritar tanto que impedía mejorar la productividad individual. Además, el espíritu humano despierta constantemente hacia nuevas exigencias, una vez superadas y proscritas las vejaciones que el sistema anterior impuso como medidas reaccionarias al cambio. Cada nuevo sistema surge luego de ofrecer más libertad, democracia y felicidad que el anterior. Este proceso que describo con simpleza extrema, básicamente se repite en todos los cambios sociales, con excepción del socialismo, que de entrada ofrece una dictadura del proletariado alimentada por el odio de clases. Según la doctrina, esta dictadura sólo se impondrá en una etapa inicial (socialismo), que someterá incluso a los mismos proletarios mientras son “reeducados” en los nuevos valores de fraternidad y amor, los cuales se afirmarán plenamente en una segunda etapa histórica (comunismo). El problema radica en que la etapa de socialismo, con dictadura y odio de clases, también supone un incremento de productividad individual basándose en nuevos valores aún no alcanzados. Hasta ahora no funcionó.

Volviendo al presente, encontramos a la utópica Belli, cansada de hurgar en el socialismo sin encontrar respuestas, plantea que busquemos una alternativa mejor, una síntesis entre socialismo y capitalismo, que se llamará “felicismo”. Por su lado, Fonseca nos invita a regresar al pasado, y promete que “en el socialismo una organización política de vanguardia orienta y persuade con las ideas y el ejemplo, en busca de una sociedad de justicia y amor”. ¿Dónde vivió los últimos seis meses? No pretendo dar lecciones de historia pero lo que está a la vista no necesita anteojos. Por ejemplo, el capitalismo surge como respuesta válida al sistema feudal, y si bien se deformó terriblemente, ha demostrado que tuvo y tiene la flexibilidad de ajustarse a cambios. Esto le da capacidad de adaptación y respuesta, característica muy útil para enfrentar y dosificar exigencias sociales. Contrariamente, el rigor socialista que por cierto es una mala interpretación de “dictadura proletaria”, mete al individuo en una camisa de fuerza, limita su espíritu, su creatividad y desarrollo personal, imposibilitando el fortalecimiento socio-económico. Es obvio que los líderes socialistas no han podido en la práctica enmendar sus errores conceptuales, adaptarse a la realidad y hacer los ajustes que la primera etapa de “dictadura proletaria” necesita con urgencia.

¿Por qué no reconocer que parte del vigor del capitalismo radica en propiciar la fortaleza interior de sus individuos? Bueno, porque bajo el contexto capitalista caeríamos en el terrible individualismo ideológico, responsable del egoísmo, injusticia social y tantas cosas más. Es cierto, y casualmente por eso es que Gioconda Belli propone erradicar lo malo y retomar lo bueno de ambos sistemas. Pero no, esto es inaceptable para los “modernos socialistas de antaño”.

¿Pensará Fonseca Terán que un trabajador lleno de odio es productivo? ¿O un empresario atemorizado y chantajeado administra una empresa al máximo rendimiento? ¿Quizás piensa que los trabajadores del estado enviados a “orar, garrotear, gritar La Purísima, apedrear a los oligarcas” regresarán a sus escritorios capacitados y estimulados para rendir con eficiencia? La cruda verdad es que el gobierno socialista y “persuasivo” de Ortega, con o sin intención nos llevará a todos al fracaso individual y social. Sin embargo, lo peor que quiere hacer es apagar nuestra luz interior, destruir la salud espiritual, moral y física de nicaragüenses –unos por oprimidos, otros por opresores-. No debemos permitirlo. ¿Qué le impide al presidente buscar el beneficio de los necesitados sin cercenar las libertades y derechos ciudadanos? Si el proyecto de Ortega pretende beneficiar a los pobres, fracasará por simplista, rígido y cortoplacista. Si pretende perdurar en el poder, tendrá éxito temporalmente, en perjuicio como siempre de los más pobres.

*Administrador de Empresas.