Jorge Eduardo Arellano
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Ideuca
El período de la Navidad y Año Nuevo conectados con el nacimiento histórico de Jesús despliega múltiples formas de alegría profunda en los espíritus de mucha gente pese a los alicientes superficiales para producirla ante la expansión y la fuerza del mercado consumo.

En el contexto de esta alegría interior y exterior; quiero referirme a una forma de alegría que silenciosa y lentamente va creciendo en mucha gente ante la acción que llena también de alegría a muchos de nuestros jóvenes.

Estamos envueltos en una polarización política, social y cultural peligrosa, con expresiones de rechazo radicalizado y de permanente valoraciones negativas incluso respecto a acciones que objetivamente, vistas desde cualquier ángulo, son altamente positivas para miles de nicaragüenses y para el país como totalidad.

Entiendo que por encima de los motivos que alimentan en algunos sectores de la población una visión negativa de la situación del país, existen bienes y valores que están sobre cualquier ideología y partido porque se anclan en la persona, su desarrollo y su bienestar.

Precisamente uno de esos bienes y valores es el proceso de alfabetización que recorre, atraviesa y se detiene activo en cada pedazo del territorio nacional.

Alfabetizar, pasar de ser iletrado a letrado, en nuestra sociedad es el paso fundamental hacia la libertad de cada persona, es el descubrimiento que cada uno hace de ser persona, comprobando su identidad, sus derechos y su ubicación como ciudadano en el conjunto de los demás ciudadanos que conformamos la sociedad, es abrir, al alfabetizado el espacio consciente de su capacidad para compartir el desarrollo, es el bautizo como persona plena, es encontrarse de frente con nuevas posibilidades y oportunidades en la vida, es sentir y almacenar en su alma una desconocida felicidad, que nunca ha experimentando.

En términos humanos el pasar de no saber leer ni escribir a poder hacerlo constituye en sí el salto cualitativo excepcional como persona, base para los procesos subsiguientes de su educación, de sus aprendizajes, de su formación, de su inserción en la vida ciudadana, útil y productiva.

Este proceso que arranca con pasar a ser letrado, tiene como contraparte otro ser humano que le acompaña desde su saber y desde su voluntad generando la interacción maravillosa de enseñar y aprender conjuntamente porque el iletrado encierra un enorme tesoro de saberes que se han construido fuera de los muros del alfabeto. Se trata de los alfabetizadores, muchachos y muchachas desplegados, tendidos, en todo el territorio nacional formando una red viva, presente en cada municipio, barrio, comarca, conocedores de cuantos analfabetas residen en ellos y organizados humana y pedagógicamente para hacerlos alfabetas, son alrededor de 35.000.

Su acción, en respuesta a la decisión del gobierno de erradicar para siempre el analfabetismo en nuestro país, avanza de manera efectiva.

Causa honda satisfacción constatar este avance, verificar que al paso de los alfabetizadores se va rindiendo el analfabetismo y que la tasa de éste baja sin cesar, 18%, 15%, 7% en tanto se declaran municipios enteros territorios libres de analfabetismo, es decir con remanentes menores del 5% y en muchos se llega apenas al 2% ó 3%.

Volvió a irrumpir la fuerza alfabetizadora de los años ochenta que se hizo personal, colectiva y nacional, volvieron a hacerse presente personas de distintas edades, ciudadanos, maestros y maestras, pero fundamentalmente es nuevamente la juventud la que ha asumido como propia esta tarea humana, patriótica y revolucionaria. Todo camina para que en julio de 2009 Nicaragua sea un país de alfabetas. Este logro está al alcance de la decisión de nuestra juventud y constituirá un orgullo nacional.

La juventud encierra el tesoro de su decisión y necesidad de hacer algo grande que proporcione sentido a sus vidas, a sus energías, a sus aspiraciones, a sus necesidades. La alfabetización sigue siendo el amplio espacio abierto para acciones significativas con entrada libre para la juventud. Los alfabetizadores, muchachos y muchachas, además de hacer libres y felices a las analfabetas acumulan para siempre en sus vidas una cuota importante e imperecedera de felicidad al sentir y constatar que han contribuido a la construcción de una persona, de unos ciudadanos, de unos seres humanos todos con derecho a serlo plenamente.

Qué dicha es hacer felices a otros y ser felices uno mismo por hacer felices a otros. Es uno de los actos supremos de la solidaridad y del amor, valores muy propios de estas fechas y valores con una enorme tasa de retorno en forma de satisfacción y de felicidad.