Jorge Eduardo Arellano
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La ficción supera la realidad
No soy el único ni el primero ni el último poeta o escritor que se consagra y crece o se condena y se le estigmatiza a causa de lo que escribe o dice. Saber esa realidad inherente al oficio permite trascender. Escribir es siempre un riesgo.

A muchos poetas y escritores nos gusta tomar partido. En cierta manera el oficio es algo así, supone tomar partido, parcializarse, decidirse por una visión y no otra, una perspectiva de la vida y no otra, porque existen perspectivas como seres humanos en el mundo y por eso ninguna será similar a la otra. Pero cuando asumimos el papel de manipulador de la opinión pública y la voluntad de los pueblos y las personas, y a situaciones o circunstancias que son de carácter personal, las manejamos y las magnificamos al punto de elevarlas a asuntos de la vida nacional de nuestro país, se vuelve realmente vergonzoso el oficio.

Hay escritores y poetas a los que nos gusta hacer el papel de parte aguas, dividir y polarizar los ánimos para atraer hacia nuestra postura e intereses a un determinado grupo de poetas o escritores, y también lectores. Hasta recomendamos por quién votar. Nos gusta adoptar ese papel de líder de opinión, siempre en “supuesta” oposición, definiendo el sentir o auto arrogándonos ser la voz de la mayoría. Y claro que a muchos les gusta ir detrás. Hasta se vuelve una moda.

La realidad es que muchos de los conflictos o controversias que existen actualmente, ya existían mucho antes que naciéramos algunos de los que nos abanderamos de esas disputas. Muchos de esos conflictos llevados a lo político y lo público, y que nos gusta llamar de forma literaria Persecución política, están más cercanos a pleitos entre viejos vecinos que a discusiones literarias o filosóficas. Muchas veces también se resuelven de manera doméstica y política.

Lo cierto es que la lección más importante al respecto nos la dio el poeta Carlos Martínez Rivas, durante los años 80, cuando muchas de las discusiones y rivalidades de hoy ya existían, en otro contexto y otro tiempo, pero casi con los mismos protagonistas, aunque algunos de ellos se encontraban en el bando que hoy atacan; pero Carlos permaneció concentrado en su quehacer poético y artístico. Nunca perdió su sentido crítico. Dedicado a su vasta obra. Mientras otros, “los otros dos”, dividían a los poetas y escritores entre los “exterioristas” o poetas de los talleres o pro-revolución y los “interioristas” o “poetas del exilio” para los disidentes o burgueses. Oponían dos estéticas que en el fondo no eran más que dos visiones políticas.

Entonces las cosas no son como suceden, sino como se narran. En ese sentido, escribir también es injuriar. Pero también se cuenta para olvidar, se escribe para concluir algo, archivarlo, terminar, dejar constancia del paso del tiempo por el espacio. La ficción supera a la realidad. Porque la realidad es efímera mientras la ficción es eterna en cuanto se escribe y se registra.

Contra la Neohippie way of life
Es fácil condenar la violencia. Colocarse en una postura neohipie way of life, de peace and love en el mundo, que opone la no violencia a los métodos de protesta tradicionales: la bala, el mortero y el garrote. Difícil es explicarla. Explicarla no la justifica. Nada justifica la violencia, una explicación sólo pretende acercarnos a una comprensión del fenómeno.

Se dice que la violencia es propia de los animales, pero en realidad en todo hay violencia. Las fuerzas de la naturaleza están cargadas de mucha violencia: en los huracanes y maremotos; en la erupción de los volcanes; en la forma en que sobreviven las especies animales y algunos vegetales. Esta violencia de la naturaleza es a veces una reacción a la acción agresiva e irresponsable del ser humano sobre el medio ambiente.

Antiguamente, y aún hoy, se creía que Dios reestablecía el orden en la tierra a través de la violencia y la muerte. Es así que para llegar a niveles de paz y tranquilidad, el pueblo de Dios tenía que atravesar plagas, desgracias y guerras que Dios enviaba como pruebas a su pueblo. Las páginas de la Biblia, el libro de Dios, chorrean sangre. Sobre todo las páginas del antiguo testamento, con la famosa ley del “Ojo por ojo y diente por diente”, dan cuenta de hechos violentos en los que muchas veces es la ira de Dios la que interviene para restablecer el orden sobre la tierra. Por eso se dice que parecen tiempos bíblicos los que estamos viviendo.

A través de todos los medios de comunicación, en días recientes fuimos servidos de muchas imágenes de violencia, hechos violentos de los que constantemente somos testigos. La violencia y la vida política partidaria han invadido hasta nuestro subconsciente. La vida política abarca todas las esferas de nuestra vida, y es tan absorbente que logra penetrar incluso en nuestros sueños más profundos. Cuando nos despertamos por la mañana, las noticias en el periódico otra vez dan cuenta de hechos de sangre y malas noticias, imágenes de dolor y de sangre en la televisión. Sumado a esto un grupo de personas insiste en propagar un sentimiento de pérdida generalizado entre la población. Porque tristemente en nuestro país existen nicaragüenses que no aman a Nicaragua ni a sus compatriotas y al contrario no quisieran verles por andrajosos y pobres. Por eso sueñan con la violencia, con una intervención norteamericana que ponga como Dios un orden sobre Nicaragua, sueñan con hombres altos y rubios con cascos azules tomándose las calles de Managua.

Esos mismos condenan la violencia como propia de ignorantes, pandilleros y miserables. Y suelen callar otras formas de violencia mucho más atroces, por lo imperceptible de sus mecanismos. La pobreza extrema es la manifestación de la violencia estructural y de las políticas del neoliberalismo económico y social. Que dejan sin estudiar a los jóvenes y sin empleo a la mayoría de la población, o condenada a empleos de esclavitud, miseria y hambre.

Negar la violencia es negar la naturaleza del ser humano. La violencia es parte de un proceso natural en la vida. La violencia tiene diferentes motivaciones, pero sólo un objetivo: hacer desaparecer aquello que nos amenaza, muchas veces también tiene que ver con aquello que odiamos de nosotros mismos. La violencia la produce el miedo. El miedo a volver a vivir bajo la exclusión y la pobreza extrema, el miedo a ver tanto niño y niña en la calle sin futuro. El miedo de no tener nada que darles de comer a nuestros hijos. La incertidumbre del mañana. La
falta de solidaridad, el abandono en los hospitales públicos y la privatización y comercialización de la educación, la salud y la vida.

Condenar la violencia es un acto moral, aquello que divide y simplifica la complejidad de la vida entre el bien y el mal. Asumir posturas que se oponen a la violencia, como Gandhi o el Dalai Lama, es desconocer la naturaleza de las fuerzas de la vida. Y someter irresponsablemente a su pueblo a la violencia infinita del ser humano.

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