Jorge Eduardo Arellano
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LA HAYA
La Organización de Cooperación de Shangai (OCS) asocia a casi la mitad de la población mundial; varios de sus miembros poseen armas nucleares, muchos otros son grandes proveedores de energía y también reúne a algunas de las economías de más rápido crecimiento del mundo. Con todo, pocos fuera de Asia Central han oído hablar mucho de ella.

La OCS surgió de las ruinas de la Unión Soviética en 1996. Actualmente, sus miembros son Rusia, China, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, mientras que Mongolia, Irán, Pakistán y la India participan como observadores. Rusia y China siguen siendo los miembros principales. Desde su nacimiento, los ejercicios militares de la OCS se han vuelto cada vez más ambiciosos, y han crecido de un esquema bilateral hasta llegar a incluir a todos los miembros. La OCS también está empezando a luchar en conjunto contra el tráfico de drogas y el crimen organizado.

Hasta hace poco, los miembros de la OCS abordaban los temas energéticos únicamente de manera bilateral. Sin embargo, el año pasado la organización, con el fin de coordinar las estrategias y reforzar la seguridad sobre esas cuestiones, estableció un club que reúne a los países que consumen y a los que producen energía, a los países de tránsito y las empresas privadas. La OCS también promueve el libre comercio y su objetivo es construir infraestructura esencial como carreteras y vías férreas para comunicar a sus miembros e impulsar el comercio entre ellos, al tiempo que armoniza los sistemas aduaneros y los aranceles.

No obstante, la cooperación en la OCS continúa más enfocada en los objetivos nacionales que en los colectivos, ya que los intereses de sus miembros divergen ampliamente. China, por ejemplo, requiere mercados para sus productos y más recursos energéticos, mientras que Rusia pretende utilizar a la OCS para promover su agenda antioccidental. Los demás miembros de la organización –encabezados por China y Kazajstán- quieren fortalecer sus niveles, ya altos, de cooperación económica con Occidente. Por eso, por ejemplo, en la cumbre de la OCS de agosto, Rusia no obtuvo el apoyo de otros miembros en cuanto al conflicto con Georgia.

A la luz de estos objetivos divergentes es difícil pensar que algún día la OCS se convertirá en la versión oriental de la OTAN. Es cierto que sus miembros han llevado a cabo ejercicios militares conjuntos y han expresado su deseo de hacer de la OCS una organización de seguridad más madura. Pero la OCS todavía carece de muchos de los elementos esenciales de una organización de seguridad ya consolidada como la OTAN.

La OCS no cuenta con una estructura político-militar integrada ni una base de operaciones permanente. No tiene una fuerza de reacción rápida y no organiza deliberaciones políticas regulares. La OTAN se concentra en los riesgos externos de seguridad, mientras que los miembros de la OCS se enfocan en los temas de seguridad al interior de sus propios territorios.

Es lógico que Occidente, sobre todo la Unión Europea, busque cooperar con la OCS, puesto que ello también ayudaría a contrarrestar los intentos de Rusia de usarla como instrumento para sus políticas antioccidentales. También evitaría que la OCS se convirtiera en una entidad militarizada.

Puede parecer que esas son razones negativas para que la UE coopere con la OCS, pero también hay muchas razones positivas para fomentar la cooperación. Europa necesita que Asia Central le suministre energía, y ésta, a su vez, necesita las inversiones de Europa.

Otro ámbito de interés común es Afganistán. Por el momento, la UE presta apoyo financiero al gobierno afgano y le ayuda a capacitar a la policía y al poder judicial. La OCS ha establecido un grupo de contacto con Afganistán. Ambas partes quieren hacer más, y podrían tener un mayor impacto trabajando en conjunto y no separadamente. La UE tiene los medios económicos y la OCS, cuyos miembros en su mayoría tienen fronteras con Afganistán, cuenta con personal calificado y experiencia directa en la región.

La cooperación con la OTAN también es una estrategia inteligente. Dada la importancia de China tanto en los temas económicos como militares, las crecientes relaciones comerciales y energéticas entre Asia Central y Occidente y el supuesto lógico de que la seguridad de Asia Central seguirá siendo muy importante para la seguridad occidental, la cooperación entre la OCS, la UE y la OTAN parece inevitable. Esta cooperación parece incluso más necesaria dadas las amenazas comunes de seguridad a que se enfrentan la OTAN y la OCS en Asia Central, como el terrorismo financiado por Al-Qaeda y los talibanes y el tráfico de drogas.

Sin embargo, tanto la OTAN como la OCS se han mantenido indecisas en cuanto a profundizar sus contactos. Es difícil descifrar la opinión de la OTAN sobre la OCS. En el mejor de los casos, parece que la OTAN no considera que la OCS represente ni un problema ni una oportunidad.

Ciertamente, intentar establecer contactos con la OCS parecería apoyar los objetivos expresos de la OTAN. Después de los ataques del 11 de septiembre, la alianza llegó a la conclusión de que las amenazas tendrían que abordarse a nivel mundial, lo que explica su presencia en Afganistán. Como parte de esta estrategia global, la OTAN fortaleció sus relaciones con otros socios, incluida Asia Sudoriental, que es el área principal a cargo de la OCS.

Tal vez sea inevitable que la OCS --y Rusia y China como sus miembros principales-- desconfíen de la creciente presencia de la OTAN en la región. Mientras la OTAN siga negándose a iniciar el diálogo con la OCS, esa desconfianza continuará, e incluso podría intensificarse. Por consiguiente, es necesario considerar el establecimiento de un consejo OTAN-China que siga las pautas del Consejo OTAN-Rusia, y llegar a arreglos que faciliten una mayor cooperación con la OCS en su conjunto.

Esa cooperación no salvaría las principales diferencias entre los miembros de la OCS y Occidente en cuanto a temas como la democratización y los derechos humanos. La cooperación también tendría que comprender mucho más que la mera elaboración de políticas conjuntas, y debería incluir la búsqueda de proyectos ad hoc de menor escala de beneficio mutuo. La OTAN y la OCS podrían trabajar en conjunto para neutralizar las minas antipersonales en Afganistán, y en otro tipo de medidas de creación de confianza, como actividades conjuntas de capacitación de la policía y operaciones antinarcóticos.

Para que la cooperación en asuntos de seguridad tenga éxito, se deben evitar asuntos políticos delicados y dedicarse de lleno a medidas prácticas. Este enfoque sería útil a los intereses de la UE, la OTAN, los miembros de la OCS, y por supuesto, Afganistán.

Marcel de Haas es investigador en el Instituto Holandés de Relaciones Internacionales en Clingendael.

Copyright: Project Syndicate, 2009.

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