Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

El Estado de Israel está reconocido por la comunidad de naciones. Pero los palestinos no pueden vivir en el Estado de Palestina. ¿Por qué no se han cumplido las resoluciones del Consejo de Seguridad que obliga a Israel a retirarse a las fronteras de 1967? ¿Por qué la construcción del muro sobre tierras palestinas? ¿Por qué se han apoderado de las aguas y no permiten la libre circulación de palestinos despojados y exiliados en campos desde hace 40 años? Han construido colonias ilegales en tierras que no les pertenecen.

Dicen que por seguridad, pero ese es el criterio de tiranos que aplican la teoría del espacio vital y de la guerra preventiva, en espera de proclamar la teoría de las fronteras naturales.

Por eso nos declaramos semitas, mestizos descendientes de judíos, de musulmanes y de cristianos y exigimos el alto el fuego sin condiciones porque las víctimas civiles son nuestras.

No se puede confundir israelí con israelita. Israelíes son los ciudadanos del Estado de Israel, judíos, cristianos, musulmanes o ateos. Israelita es sinónimo de hebreo y de judío, cumpla o no con prácticas religiosas. Tiene que ver con una cultura, pero ser judío no es una opción política. Ser sionista sí lo es, porque promueve un Estado con unas políticas “de pueblo elegido” que desvirtúan la realidad desde la razón y la igualdad de todos ante las leyes.

Se reconoció el deseo de los judíos de tener un “hogar”, que luego convirtieron en Estado, y después en potencia nuclear que actúa contra las resoluciones de la ONU. A pesar de la oposición de muchos judíos de Israel y de la diáspora que rechazan el planteamiento de Golda Meier: “¿Pueblo palestino? Qué desatino, ¡no hay más pueblo que el judío!”

No es de recibo que todo el que critica la política o los negocios de cualquier político israelí sea execrado como antisemita.

Con este espíritu, muchas personas hemos suscrito este comunicado:
No es una guerra, no hay ejércitos enfrentados. Es una matanza.

No es una represalia, no son los cohetes artesanales sobre territorio israelí, sino la proximidad de la campaña electoral lo que desencadena el ataque.

No es la respuesta al fin de la tregua, porque durante el tiempo en el que la tregua estuvo vigente el ejército israelí ha endurecido aún más el bloqueo sobre Gaza y no ha cesado de llevar a cabo mortíferas operaciones, 256 muertos en los seis meses de supuesto alto el fuego, con la cínica justificación de que sus objetivos eran miembros de Hamas.

¿Acaso ser miembro de Hamas despoja de condición humana al cuerpo desmembrado por el impacto del misil y al supuesto asesinato selectivo de su condición de asesinato sin más?
No es un estallido de violencia. Es una ofensiva planificada y anunciada hace tiempo por la potencia ocupante.

Un paso más en la estrategia de aniquilación de la voluntad de resistencia de la población palestina sometida al infierno cotidiano de la ocupación en Cisjordania y en Gaza, a un asedio por hambre cuyo último episodio es la carnicería que en estos días asoma en las pantallas de nuestros televisores en medio de amables y festivos mensajes navideños.

No es un fracaso de la diplomacia internacional. Aunque sí un estruendoso fracaso del Consejo de Seguridad dominado por la dictadura del veto.

Es una prueba más de complicidad con el ocupante. Y no se trata sólo de Estados Unidos, que no es referencia moral ni política, sino parte, la parte israelí, en el conflicto; se trata de Europa, de la decepcionante debilidad, ambigüedad e hipocresía de la diplomacia europea.

Lo más escandaloso de lo que está pasando en Gaza es que puede pasar sin que pase nada.

La impunidad de Israel no se cuestiona.

La violación continuada de la legalidad internacional, los términos de la Convención de Ginebra y las mínimas normas de humanidad, no tiene consecuencias. Más bien, al contrario, parece que se premia con acuerdos comerciales preferentes o propuestas para el ingreso de Israel en la OCSE.

Y qué obscenas resultan las frases de algunos políticos repartiendo responsabilidades a partes iguales entre el ocupante y el ocupado, entre el que asedia y el asediado, entre el verdugo y la víctima. Qué indecente la pretendida equidistancia que equipara al oprimido con su opresor.

El lenguaje no es inocente. Las palabras no matan, pero ayudan a justificar el crimen. Y a perpetuarlo.

En Gaza se está perpetrando un crimen. Lleva tiempo perpetrándose ante los ojos del mundo. Y quizá dentro de unos años alguien se atreva a decir, como en otro tiempo se dijo en Europa, que no sabíamos.

*Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS
fajardoccs@solidarios.org.es