Jorge Eduardo Arellano
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Los recuerdos iban y venían, no se apartaban de mi mente. Rodolfo Tapia Molina continuaba hablando en una mesa apartada en El Mirador Tiscapa. Me había concedido una cita la tarde del siete de octubre, para responderme un cuestionario sobre Radio Informaciones. Eran las cinco en punto de la tarde y la lluvia no cesaba. Mientras Rodolfo me pasaba el tercer documento, los recuerdos acerca de la figura del romancero español Federico García Lorca, revoloteaban a mi alrededor. En el verano europeo de 1987 había visitado Fuente Vaqueros, el pueblecito remoto de Andalucía donde nació. Salí en búsqueda de su casa con Patricia, para rendir homenaje al panida. Tenía suficientes motivos para hacerlo, la influencia de García Lorca satura con su magia deslumbrante el primer libro de poesías de mi padre, Poemas chontaleños (1960).

Desde que comencé a preguntar, Tapia Molina encontró que la mejor manera de salir al paso a mis inquietudes sobre su quehacer profesional, era avalar sus respuestas con los juicios vertidos por distintas personalidades de la cultura y el periodismo nacional. Embutido en una chamarra roja, cada vez que inquiría, me hacía entrega de un nuevo documento o recurría directamente a las voces de quienes valoran sus huellas en el universo encantado de la radio. Me dijo que los cálculos realizados por Sergio Ramírez, el día en que su noticiero cumplió cincuenta años, el ocho de marzo de 2007, eran exactos. Me entregó el ensayo de Sergio, La luz y las tinieblas, para que verificara que hasta entonces había estado plantado frente a los micrófonos durante más de 12,000 horas, lo que equivalía a darle la vuelta al mundo 500 veces en avión.

En la medida en que hablaba, en vez de liberarme de los recuerdos, su voz invocaba a los fantasmas que poblaban mi memoria. Te voy a contar algo que nunca he dicho y que me llena de orgullo, añadió. Pensé que iba a referirse a uno de los tantos acontecimientos de los que ha sido testigo. Más bien puso su grabadora de cinta, de esas que todavía sobreviven como las viejas máquinas de escribir Rémington, con las que me inicié en la escritura y que traje a la mente de inmediato, al escuchar la voz inconfundible de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, inundando con su deje, esa tarde lluviosa cargada de remembranzas. Era la voz de siempre, la misma que empecé a escuchar desde niño en la Mundial, dirigiéndose a sus compatriotas. Tampoco podría olvidar la voz de Rodolfo Tapia Molina. Su noticiero era un ritual cotidiano en los hogares juigalpinos. Mientras yo encaminaba mis pasos por la Calle Palo Solo rumbo al colegio, desde las puertas de las casas su voz se filtraba inundando todos los espacios.

Tenía 35 años de tener guardada la grabación, era del cinco de febrero de 1973. Ese día Pedro Joaquín Chamorro visitó los estudios de Radio Informaciones, en la Mundial de Linda Vista, para dar a conocer que La Prensa reaparecería el 1 de marzo, fecha emblemática en que se conmemora el Día del Periodista en Nicaragua. Fue su primer mensaje de aliento dirigido a los nicaragüenses, después que el terremoto del 23 de diciembre de 1972 había tumbado sus instalaciones en la calle El Triunfo. Las palabras salidas de la grabadora me hacían evocar la tarde anterior al sacudimiento telúrico. Ese día Pedro Joaquín me introdujo al periodismo por la puerta mayor, al contratarme como periodista del diario La Prensa. Tapia Molina me dejaba de nuevo escuchar su voz, enarbolando los principios de toda la vida. Daba seguridad a los lectores del periódico que éste no iba a variar ni un ápice en su política editorial e informativa. En el ideario de Pedro palabra dicha, palabra cumplida. En su rectitud indeclinable descansa todo su prestigio.

Su voz me transportaba de nuevo a las alambradas que cercaban las ruinas de Managua. Divisaba a Pedro Joaquín leyendo fragmentos de Richter 7, la novela que presentó en los escombros del viejo edificio de La Prensa, iluminándose con candelas de cera, rodeado por Xavier Chamorro Cardenal, Luis Rocha y Carlos Hollmann. Managua vuelta a mi memoria, a través de la versión de un cronista que siguió escribiendo pese a la censura brutal impuesta por Anastasio Somoza Debayle, después del asalto a la casa de Chema Castillo, el 27 de diciembre de 1974. La misma Managua vista desde otro ángulo por Francisco Laínez, en Terremoto 72, un texto donde el reputado economista explica que las alambradas de púas encerraban la intención de apoderarse del perímetro central de la ciudad. Un pillo no podía asumir el papel de guardián de los bienes de los nicaragüenses.

Tapia Molina hacía que mi mente continuara viajando hacia atrás. La independencia política de Radio Informaciones, la ejemplaridad ética de su director, esa lección perdurable que constituía su mejor legado para los nuevos comunicadores, fueron determinantes para otorgarle un reconocimiento desde mi envestidura de decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA. Aproveché la Jornada “Ricardo Morales Avilés”, para entregarle el 18 de septiembre de 1997, igual que a Danilo Aguirre Solís, los dos primeros diplomas conferidos por la Facultad de Comunicación a dos vidas consagradas al periodismo, sin ambages ni dobleces. Dos valores en los que debían inspirarse los estudiantes universitarios. Un año después homenajeábamos a Manuel Arana Valle, al cumplirse los 50 años de fundación de Radio Mundial.

La decisión de Pedro Joaquín constituyó para Tapia Molina, uno de los más grandes homenajes recibidos de parte de una de las personalidades más sobresalientes del periodismo nacional y mundial. Un hombre que exaltó con su conducta los valores de la honradez; una vida consagrada a la defensa de las libertades públicas. Pedro Joaquín representaba para Tapia Molina la antítesis del somocismo. La voz de Pedro Joaquín resonaba clara bajos los cielos de una tarde oscura, metida en lluvia. En ese instante recordé los editoriales de Pedro Joaquín Chamorro, contenidos en el libro PJCh El periodista (2008), editado por la Colección Cultural de Centro América presidida por Ernesto Fernández Hollman. En ellos testimonia sus nexos históricos con la Mundial.

En la edición de La Prensa del 16 de agosto de 1958, Pedro Joaquín repudió el asalto a la Mundial. Se encargó de que las tropelías cometidas por las turbas nicolasianas fueran adversas para la dinastía, tanto interna como externamente. La diplomacia somocista no pudo explicar ni justificar su acción vandálica contra la radioemisora. Cinco años después, el cinco de febrero de 1963, Pedro Joaquín denunció ante el mundo la imposición del bozal a sus editoriales. La libertad de expresión era una vez más degrada por sus adversarios. El capitán Oscar Morales, el verdugo implacable de René Tejada Peralta, cuyo asesinato conmovió a Nicaragua (la Mundial trasmitió en directo los alegatos esgrimidos por las partes ante la Corte Militar de Investigación que juzgó a Morales), además de multar con cinco mil córdobas a Julio Talavera Torres, prohibió transmitir los editoriales de PJCh a través de esta emisora. El acoso, la censura, la cárcel y el destierro fueron el pan nuestro de todos los días del Director-Mártir de La Prensa.

Tapia Molina consiguió demostrarme que todo cuanto expresara acerca de su vida en la radio, otros lo habían dicho mejor que él. Seguía entregándome documentos. Me pasó la Memoria 1957-2007, con un ensayo estupendo de Guillermo Cortés Domínguez, detallando su vida profesional, cuyo contenido responde con creces a todo lo que deseaba saber acerca de un noticiero convertido en una verdadera institución nacional. Un noticiero hecho para la radio, que jamás ha recurrido a la lectura de los periódicos, como desgraciadamente continúa haciéndose todavía en la mayoría de las emisoras. La revelación acerca de la distinción realizada por Pedro Joaquín Chamorro es la única arista que no aborda en su crónica memorable Cortés Domínguez.

La grabadora continuó sonando. William Ramírez Solórzano hablaba acerca del compañerismo y solidaridad de Tapia Molina. El mismo William con quien trabé amistad en La Prensa, también entonces reportero del noticiero Extra en la Mundial. Luego me hizo escuchar las palabras del profesor Julio César Sandoval, el hacedor de radio más completo que ha tenido Nicaragua. El 29 de noviembre de 1994 Sandoval hizo los giros, se tomó las pausas, subió el tono, luego dejó caer en picada su voz, en un alarde de maestría, para conferir a Rodolfo Tapia Molina el título de mejor narrador de telenovelas en Nicaragua. Rodolfo continuaba haciéndome entrega de documentos que perennizan su nombre y del noticiero elegido por Pedro Joaquín para dar la buena nueva: La Prensa seguiría siendo la misma. Cada vez más comprometida con el destino de su pueblo. Fiel a su palabra, Pedro Joaquín Chamorro dio testimonio con su vida y con su obra de que ajustaba su prédica con su práctica.

Me levanté de la mesa pasadas las siete de la noche. Mientras caminaba hacia el carro, me sacudía la cabeza. Los recuerdos, tercos y perseverantes, no me abandonaban. La voz de Pedro Joaquín Chamorro todavía resonaba en mis oídos. Esa tarde lluviosa, llena de recuerdos, acompañará mi vida. ¡Todo debido al ingenio de Tapia Molina!