Jorge Eduardo Arellano
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¡Hagamos turismo en Nicaragua! El creador del universo decidió bendecirnos, regalándonos lagos y lagunas, montañas, ríos, playas, volcanes, islas e isletas, cerros con bellezas tan accesibles que a veces sentimos que las podemos tocar y acariciar. Ya es tiempo de que gocemos lo nuestro, algo que podemos compartir sin que deje de existir, sin que nadie nos lo regale, pero más que todo, poblado de una humanidad que con sólo ella, aun si fuéramos desierto, bastaría para sentirnos orgullosos de ser parte de este mundo.

Lo maravilloso de visitar y conocer Nicaragua es que nadie ni nada nos puede detener, no hay fronteras y nuestra seguridad está garantizada por nuestros amistosos conciudadanos, sencillos pero nobles, luchadores, y al mismo tiempo soñadores, cuyas vidas han inspirado tanta música y poesía.

Hemos sido injustos con nosotros mismos, hemos estado muy lejos los unos de los otros, tan lejos, que cuando nos hablan de Waspam, Bilwi, Wiwilí, Karawala, Bilwaskarma, Acoyapa, Bonanza y La Rosita, de tantos nombres que casi no pronunciamos en nuestras tertulias, pensamos en tierras extrañas.

Los del Pacífico somos tan ingratos, que ni siquiera por curiosidad visitamos nuestra Costa Caribe, donde tenemos hermanos con piel más oscura que la nuestra, que hablan otras lenguas, que poco conocen a sus hermanos “españoles” --como nos llaman ellos--, y que no han tenido el gusto de saborear nuestro pinolillo, chicha y vigorón o cuajadas y cajetas, pero sí nos acordamos de ellos durante los periodos electorales, para conquistar su voto a favor de nuestros partidos políticos.

Podemos navegar en ríos como el Escondido, que se alimenta de los ríos Siquia, Mico y Rama, y que es nuestra vía fluvial de El Rama a Bluefields o en el río Coco, donde antes se sacaban pepitas de oro y que usan los ignorados poblados de la Segovia y la RAAN (Región Autónoma del Atlántico Norte) o en el histórico y bello Río San Juan, donde hay acogedores y cómodos hostales.

Al comienzo podríamos hacer turismo cercano, visitando los acogedores pueblos blancos de Carazo, o esa simpática excursión al imponente Mombacho, sin dejar de pasar por Catarina con sus flores y su laguna de Apoyo, y de allí a esa incomparable Granada para saborear el apetitoso vigorón con una chicha helada granadina en el Parque Central, o visitar sus restaurantes con el famoso “guapote” y sus variados menús, y de allí navegar en los canales de las isletas, regalos de una erupción milenaria del Mombacho, desde donde se puede admirar en todo su esplendor.

Y qué fácil es tomar un autobús hasta el puerto lacustre de San Jorge, Rivas, y allí tomar unos de los “ferris” para visitar esa maravillosa Isla de Ometepe, que con sus dos volcanes --Concepción y Madera--, su fauna y su sabor a trópico, es considerada candidata, y fuerte, a ser una de las maravillas naturales de nuestro planeta. Los isleños son simpáticos anfitriones y tienen restaurantes y hoteles en las playas del Gran Cocibolca, Mar dulce de Nicaragua, para una visita de un día, un fin de semana o varias noches de quietud.

Pero también hay atracciones naturales cerca de nuestra ciudad capital, en sus sierras cargadas de café, protegidas por árboles milenarios, donde se puede hacer giras en bicicleta en los caminos vecinales con paisajes ideales para los amantes de la fotografía y el lienzo, y no olvidemos a Masaya con su Monimbó, la laguna y el Parque del Volcán
Y no hemos visitado el occidente, ni Jinotega, Matagalpa o Estelí, ni hemos entrado en esas lomitas ganaderas de Boaco y Chontales, y mucho menos nos hemos mojado con las olas del mar Pacífico o caminado en sus interminables playas, y ni decir de nuestras islas del Mar Caribe, Corn Island, la grande y la chiquita, y por qué no dar una o varias visitas a Chinandega, con su Cosigüina, al Puerto de Corinto y la solitaria isla El Cardón, o a ese León histórico, que ofrece templos coloniales, donde el misticismo y las leyendas son parte de su encanto. Cómo añoro la Casa Prio, con sus confites, chocolates, reposterías, helados de frutas y de mantecado, crema de almendra y sus incomparables “leche burras”.

Pero hace falta que el Ministerio de Turismo coordine esas giras, que incentive a la empresa privada a ofrecer más y mejores servicios, que motive a las iglesias, escuelas, universidades y empresas a coordinar viajes en grupo, de sus feligreses, alumnos, empleados y clientes. Un turismo interno que distribuirá circulante a nivel nacional y, más importante aún, nos unirá como nación, sin pensar en si somos de izquierda, derecha o mancos.

Como en Nicaragua dicen que llueve de abajo hacia arriba, para los del interior tenemos una exclusiva atracción original en nuestra capital: los rezadores, coristas y agitadores de banderas azul y blanco, moradores de nuestras rotondas, quienes con las “vírgenes” que han colocado, nos convierten en la ciudad más religiosa del mundo. Vendrán más Archivos sobre turismo en Nicaragua. Hasta la próxima semana con El Archivo XXVII.