Jorge Eduardo Arellano
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Fue el historiador James T. Adams quien acuñó la frase de “El Sueño Americano” en su libro “La Épica de América” (publicado en 1931), y puede definírsele a éste como la igualdad de oportunidades y la libertad que permiten los Estados Unidos de América para que todos los ciudadanos logren sus objetivos en la vida, únicamente con esfuerzo y determinación. Ello, al menos en teoría.

Pero definitivamente sí ha sido el caso para el nuevo presidente de los Estados Unidos de América, Barack Hussein Obama, quien es el hijo de una mujer blanca proveniente de Kansas, EU, y de un inmigrante keniano quien tenía el mismo nombre. Con ello se convierte en el primer presidente de Estados Unidos en ser afrodescendiente.

El presidente Obama empezó hace casi dos años su campaña con una empresa desafiante: enfrentar en las primarias demócratas a la colosal maquinaria de la “realeza” que hasta entonces reinaba en su partido. O sea, que para llegar a ser el huésped de la Casa Blanca primero debía vencer al invicto equipo de campaña de la también senadora Hillary Clinton. Ello lo logró con tenacidad, disciplina y una ética pocas veces vista en una campaña presidencial, pues aunque los colaboradores de la señora Clinton continuamente sacaron al aire “spots” contra el senador por Illinois que rayaban en lo personal -–práctica que algunos demócratas consideraron desleal dado que los mismos argumentos después serían usados como “municiones” por los republicanos en la campaña general–-, Obama se apegó a sus principios y mantuvo una altura aceptable en sus réplicas y contraofensivas.

Pero Obama prevaleció, demostrando una habilidad política excepcional al lograr que los ataques se devolvieran contra su atacante. De inmediato volvió al ring y enfrentó a un héroe de guerra dueño de una merecida popularidad, el Senador John McCain, quien es un antiguo soldado que fue condecorado tras permanecer preso desde 1967 hasta 1973 en las infames cárceles de Vietnam, donde fue torturado de manera reiterada y donde seguramente cultivó el carácter tenaz que sólo logran forjar los sobrevivientes.

Sin embargo, pareciera que las lecciones de guerra no fueron lo suficientemente prácticas para que McCain se alzara con la victoria, entre otras razones porque permitió que su equipo llevara a cabo una campaña en la cual abundó la misma falsa moralidad y difamación de las que precisamente el público estadounidense estaba agotado, más bien dando la razón a Obama, quien ofreció un verdadero cambio al ofrecer soluciones concretas e invitar a los votantes a sacar del gobierno a una elite política acomodada, insensible y desvinculada de los problemas cotidianos de la población.

Así las cosas, el endoso del general Colin Powell a favor del senador Obama no pudo venir en un peor momento, tanto así que puede ser considerado como el golpe de gracia para las aspiraciones de McCain, dado que Powell -–un muy visible y respetado representante del sector moderado del Partido Republicano–- hizo público lo que tras bambalinas muchos correligionarios comentaban: que el errático estilo del candidato republicano al tomar decisiones importantes en momentos de crisis lo convertían en un líder improvisador e inestable, que prefería soluciones cosméticas para salir rápidamente de un problema en vez de ofrecer respuestas sabias, acaso menos maquilladas, pero que sin duda darían resultado a largo plazo.

Para ilustrar lo anterior, recordemos la riesgosa elección del senador McCain de una gobernadora desconocida como compañera de fórmula, funcionaria quien posee un encanto y un carisma innegables que inicialmente lograron estimular a la base conservadora republicana, pero que a la larga demostró ser una novata que no estaba preparada ante la muy probable eventualidad de tener que asumir ella misma la Oficina Oval -–escogencia que al final, según las encuestas, pareció restarle más votos a McCain de los que le sumó-–; y otra propuesta aventurada e igualmente controversial del candidato republicano fue la de suspender la campaña y un debate presidencial con el objeto de dirigirse al Capitolio y estar completamente enfocado cuando se debatiera el plan de rescate económico al estallar la crisis financiera en Wall Street, ante lo cual el senador Obama asestó un certero contragolpe al asegurar que un verdadero líder debía tener la capacidad de enfrentar varias crisis a la misma vez.

Fue así que triunfó el presidente Obama, quien nos ha hecho recordar con su mentalidad de cambio y rejuvenecimiento de ideas a John F. Kennedy, otro joven presidente inspirador demócrata quien inició una revolución de la esperanza que quedó truncada cuando fue asesinado en noviembre de 1963. Y es que según los entendidos, con Barack Obama estamos hoy ante un nuevo estilo de hacer política, al volverla ética y verdaderamente perceptiva de los problemas sociales. Aunque, a decir verdad, desearíamos ver que el nuevo presidente estadounidense no sólo escuche el clamor de su propio pueblo, sino que bien pudiera convertirse en el paladín de la paz y del entendimiento entre las naciones si invitara a erradicar el cinismo y la demagogia como armas que aún hoy utilizan algunos para subyugar a los pueblos.

Porque creemos que si se desea erradicar la corrupción y el consecuente subdesarrollo que son precisamente los que incitan a la inmigración ilegal, el “Sueño Americano” no debiera limitarse sólo al país del presidente Obama, sino que debiera universalizarse, incluyendo a los ciudadanos de todo el planeta, quienes quieren renovar sus anhelos de un mañana mejor para sus hijos, guiados por estadistas valientes y honrados, que los vean a los ojos y les digan que las soluciones no son fáciles, pero que son preferibles a los graves problemas que los embargan.