Jorge Eduardo Arellano
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Hace pocos días se hizo público un hecho de vieja data: Nicaragua sigue apareciendo en las estadísticas mundiales entre los países más corruptos, con el agravante de haber descendido del puesto número 123 al 134 entre 180 países. Los datos fueron proporcionados por Ética y Transparencia, los cuales recibió, según dice, de Transparencia Internacional.

De antemano le regalo el crédito a todo lo que quieran expresar los orteguistas respecto a la parcialidad de los organismos mencionados, de sus vínculos con el imperialismo y hasta le doy el ipegüe a su habitual acusación de que se trata de una “conspiración mediática”. ¿Les gustaría así? Bueno, entonces, apartemos los datos de E y T, los de TI y de todas las siglas del mundo que quieran. Pero, ¿qué van a hacer para separar los hechos de la realidad? Independiente de qué diga el orteguismo y cómo doren nuestra realidad, ¿acaso no la estamos viviendo y sufriendo tal cual todos los días?
Los hechos son espejo y reflejo a la vez de la situación política de Nicaragua. A sólo dos años de la administración orteguista, aún no podemos conocer a plenitud todos los casos de corrupción amparados en el control casi absoluto del poder y en sus abusos contra el orden constitucional. Sin embargo, no son pocos los casos en los cuales no se ve transparencia por ningún lado y, por lo tanto, son fácilmente detectables. Por si hiciera falta, ahí está lo informado por los medios de comunicación, con datos que nunca han sido refutados de forma convincente por el gobierno.

Quiero decir, que no han sido refutados en términos documentales, porque toda información sobre el particular el gobierno la responde con agresiones verbales y argumentaciones de tipo ideológico de cajón. Y es obvio que con eso no se desmiente nada, y los hechos continúan impertérritos, tanto como los denunciados por sus actos de corrupción.

El pacto Alemán-Ortega es el emblema de la corrupción en todas sus vertientes posibles. Desde mucho antes de haber servido para consumar el fraude electoral del nueve de noviembre, aparte de otras maniobras politiqueras, la espada de Damocles-Ortega sobre Alemán estuvo influyendo en la vida nacional de forma negativa, se vio durante la falta de acuerdos sobre la elección de la directiva de la Asamblea Nacional, y finalmente con la liberación de Alemán de sus responsabilidades en la corrupción que le valieron la condena de 20 años de cárcel -–aunque, en rigor, no cumplió ni un mes en prisión—-. Este negocio político con la corrupción económica culminó una etapa del pacto el viernes de la semana anterior.

La libertad de Arnoldo Alemán, a cambio de la libertad de maniobra y ejecución dictatorial de Daniel Ortega, es un canje entre intereses políticos e intereses económicos (cien millones de dólares, como mínimo o promedio de lo robado por Alemán, equivalen a mayores cuotas de poder político para Ortega). Si Ortega convirtió los delitos económicos de Alemán en una renta política, lo hace cómplice pleno, sin atenuantes, de la corrupción que agobia al país.

La simulada condena de Alemán se produjo en 2003. No obstante, desde cinco años atrás, 1998, Daniel Ortega había pactado con Alemán la repartición al 50% de las instituciones del Estado, entre ellas la CSJ, de manera que la condena formal de Alemán nunca fue para hacer justicia, sino para que Ortega pudiera maniobrar con el fallo hasta cuando le fuera conveniente. Y se vio ya cuán conveniente le fue en la Asamblea Nacional. El chantaje es una forma de corrupción, tanto como los delitos de Alemán contra el Estado.

Durante la administración neoliberal y pro yanqui de Enrique Bolaños, Ortega no luchó para cambiarle estas características, sino para lograr la condena de Alemán y después chantajearlos a ambos, sin dejar de cumplir el pacto con Alemán en el tema y el momento en que le ha interesado. El estira y encoge de la cuerda-condena con que tuvo amarrado al corrupto líder del PLC (hay indicios de que aún lo mantiene), le permitió montar trampas políticas desestabilizadoras al gobierno de Bolaños, tratando de sacar provecho del sistema corrupto de gobierno por siglos establecido. Y al término de la administración de Bolaños, en 2006, Ortega cobró los beneficios que le concedió Alemán, de ganar la Presidencia con apenas el 38% de los votos.

Ya en el poder, siguió de lleno con el uso discrecional de los fondos de la colaboración venezolana. A dos años, aún se desconoce cuánto, cómo y quiénes obtienen los beneficios de esos fondos, porque continúan al margen del control público, dado que Ortega no ha querido incluirlos en el Presupuesto General de la República. Si esto no es una evidencia de corrupción, Nicaragua es el paraíso terrenal.

De ese dinero sólo se sabe que corre entre las manos de funcionarios de gobierno que, al mismo tiempo, son empresarios, como el tipo que maneja la empresa importadora del petróleo venezolano -–y su exportación a una empresa del FMLN en El Salvador—- y quien recibió dinero a través del INSS para su empresa constructora de las “casas del pueblo” (del “pueblo” orteguista, el mejor acomodado dentro de la crisis que vive el país).

Utiliza el poder para concretar venganzas políticas, como fue la eliminación de los partidos MRS y el Conservador, lo cual resultó ser también el punto de partida de otros actos de corrupción del sistema electoral; esto no es gratuito, pues ha sido fruto de la corrupción de funcionarios “opositores”, lo cual conlleva alguna compensación material o son pagados con cualquier otro favor, por avalar el fraude electoral (el magistrado del CSE René Herrera, le auguró 60 ó 70 años al reinado del pacto, después del fallo a favor del corrupto Alemán).

Esconde bajo la discreción el gasto de los recursos del Estado en los viajes al exterior con toda la parentela, incluidos yernos y nietos, que nada tienen que hacer en la administración pública. Hay denuncias sobre compras de vehículos de lujo para funcionarios del Estado, lo cual, dentro de una situación de crisis económica que hace aún más miserable la vida de millones de compatriotas, es inhumano e inmoral.

Propició el abuso de las finanzas de la municipalidad de Managua, por ejemplo, para beneficiar con préstamos a su candidato Alexis Argüello, incondicional al cual ya convirtió en alcalde. Una franca violación de la Ley de Autonomía Municipal y un estilo corrupto de manejar el Estado.

Maniobró con la Ley Electoral para consumar el fraude electoral, utilizando a incondicionales en el CSE. Para ello, media la evidencia de que esa fidelidad ha sido adquirida con favores personales. Si no es así, ¿de dónde y por qué les nació esa fidelidad al orteguismo, a quienes ayer nomás hacían gala de su antisandinismo, de su liberalismo arnoldista y estaban vinculados a eventos corruptos en instituciones privadas?
Últimamente, se ha descubierto un oscuro negocio con las bujías ahorrativas donadas por Cuba. Y también una oscura cuenta de la presidencia en el Banco Central bajo el nombre de “Donaciones, Gratificaciones y Recompensas”.

Este escueto y resumido recuento refleja suficiente corrupción. Para saberlo, nadie necesita creer o no creer en los datos de EyT y TI.