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El viernes de la semana pasada la nación fue testigo, entre estupefacta e indignada, de una de las negociaciones políticas más inmorales y vergonzosas de nuestra historia.

No hay otro calificativo para designar el escandaloso “trueque” convenido entre los dos caudillos: sobreseimiento definitivo para Arnoldo Alemán, pese a la abundancia de pruebas en su contra, tal como lo reconocen en su voto razonado los magistrados orteguistas, a cambio de entregar al caudillo del FSLN el control de la Junta Directiva de la Asamblea Nacional. Afirmar que se trató de una simple “coincidencia” es agregar una dosis de cinismo a la falta de ética.

Existen, además, fundadas sospechas acerca de que el “dando y dando” posiblemente incluya el compromiso, de parte de la cúpula del PLC, de apoyar una reforma parcial de la Constitución Política que suprima la prohibición de la reelección presidencial continua, algo que tanto ambiciona el caudillo del FSLN, que estuvo dispuesto a pagar el enorme costo político que significa la sentencia de sobreseimiento para Arnoldo Alemán.

Y no es creíble el argumento de algunos diputados de la cúpula liberal que afirman que “el trueque” más bien aleja la posibilidad de la reforma constitucional, porque así lo acordó el CEN del PLC (también habían prometido no entregar la directiva de la Asamblea al FSLN), y porque Alemán estaría interesado en postularse como candidato presidencial en 2011, por lo que no le convendría pagar el costo político de la reforma constitucional.

Este argumento nadie se los puede creer, por la tremenda erosión que sufrió la credibilidad de la cúpula liberal con el “trueque”, y el hecho de que si Alemán realmente delira volverse a presentar como candidato, pese a sus antecedentes, entonces más bien le conviene que el candidato contrincante sea Daniel Ortega, a quien se imagina podría derrotar con mayor facilidad por el enorme descrédito que éste viene acumulando como gobernante.

Si las cosas se cumplen de esta manera, en 2011, que está a la vuelta de la esquina, tendríamos un escenario realmente trágico para el pueblo nicaragüense: verse obligado a escoger entre Daniel Ortega y Arnoldo Alemán. Seguramente los dos caudillos, gracias a la reciente reedición del pacto, se las arreglarían para impedir que participe en las elecciones de 2011 otra fuerza política que pudiera representar una alternativa decente para el país.

¿Cómo es posible que habiendo elegido el pueblo 53 diputados, supuestamente democráticos, en las elecciones de 2006, con el 62% de los votos, ese bloque se haya desmoronado por las componendas y disputas políticas, y el FSLN, que logró elegir sólo 38 diputados, tenga ahora el control de la Asamblea Nacional?
Hay que tener presente que 21 diputados del PLC hicieron posible la elección de la nueva Junta Directiva, dominada por el FSLN, a cambio del sobreseimiento definitivo de Arnoldo Alemán, anteponiendo así los intereses personales de su caudillo a los de su propio partido y, ya no digamos, de toda la nación.

Todo esto refleja el total deterioro de la decencia política en que hemos caído. Además, negociar políticamente una sentencia de sobreseimiento representa un estímulo para la corrupción. En el futuro, muchos se sentirán tentados a enriquecerse desmesuradamente desde el poder, sabiendo que en este país las sentencias de nuestro más alto tribunal de justicia son susceptibles de negociación política, aunque se afecten no sólo el erario público, sino también la imagen y el futuro del país.

En conclusión, Arnoldo Alemán dejó de ser reo de graves delitos y rehén de Ortega. Pero ahora es todo el pueblo de Nicaragua el que se convierte en rehén de los mezquinos intereses políticos de los dos caudillos.


Nicaragua no merece semejante destino.