Jorge Eduardo Arellano
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Para la gente de mala suerte hay segundos que transforman su vida en una pesadilla.

Una pesadilla tan pesada que te quita las ganas de vivir --si no la puedes olvidar.

Los efectos de unos segundos de horror me han robado todo el sentido de honor y dignidad que tenía.

Hay que despertar, pero no quieres; la vida es demasiado real en sus más negras dimensiones, y prefieres el sueño y la evasión. Es una manera de sobrevivir, no más. Los encantos y alegrías de antes cayeron como estrellas perdidas en el horizonte del tiempo; ahora es el después, vives bajo el signo de la causa perdida de tu vida. Tienes un problema y no lo puedes solucionar; eres el tonto utilizado en una acción de terror y no ves una salida ni para defender la verdad, ni tus valores de lealtad. Eres el eslabón perdido, el testigo clave de un crimen de lesa humanidad cometido por fuerzas oscuras del Ministerio del Interior bajo el mando de Tomás Borge. Un crimen que mató a siete personas, entre ellos tres periodistas internacionales, y que gravemente hirió a una veintena más. A este atentado de La Penca, que transcendió tantas barreras de maldad, el señor Borge lo llamó un “crimen perfecto”.


Déjenme contar:
A fines de abril de 1984 un comandante sandinista me pidió ayudar a un fotógrafo danés con el nombre de Per Anker Hansen para conseguir contactos políticos y periodísticos en San José, Costa Rica. Años después supe que ese comandante era Renán Montero, jefe de la Dirección V del Ministerio del Interior. Eran tiempos de muchas guerras en la región, y Nicaragua vivía bajo la amenaza de una invasión. Yo era periodista, trabajando para la radio, prensa y televisión de Suecia. En aquel momento histórico mis simpatías estaban con la revolución de Nicaragua.

Había vivido el derrocamiento de Allende en Chile y los grises y terribles años de guerras sucias en Argentina, Uruguay y Bolivia en los años 70; por eso me alegraba tanto ver un reverso de la situación aquí en Nicaragua; que el pueblo triunfara en vez de los militares y las dictaduras. Tal vez el jefe de Inteligencia de Nicaragua sabía eso cuando me mandó el supuesto fotógrafo danés allá en San José, Costa Rica. Trabajábamos juntos, filmando mucho a las fuerzas de la Contra por el río San Juan. En esos días Edén Pastora se escondía por razones de seguridad, pero aun así dio una conferencia de prensa en La Penca, en Río San Juan, del lado nicaragüense.

Edén Pastora en esos tiempos era una persona muy controvertida; había abandonado las filas sandinistas para enrolarse con las fuerzas de la Contra, financiadas por la CIA. También para la CIA, Edén Pastora era un personaje dudoso que no ayudaba a cohesionar las tropas de la Contra. Pastora tenía muchos enemigos entonces.

Unos 15 periodistas llegamos en cayucos con motores fuera de borda, como a las seis de la tarde, a este lugar solitario de la selva que era La Penca. La oscuridad cayó cuando los periodistas nos amontonábamos en el piso superior de la choza de madera donde se iba a dar la conferencia.

A las siete y pico de la noche, la conferencia con Pastora empezó en un ambiente muy denso, tanto físico como sicológico. Los periodistas tratábamos de llegar lo más cerca posible a Pastora en este cuarto angosto y desnudo. La casa estaba rodeada de gente armada de la Contra. Un espectáculo exótico.

Tal vez Pastora había contestado unas dos preguntas cuando ocurrieron esos segundos escalofriantes que para todos los presentes transformaron nuestras vidas para siempre. Cuando estalla una bomba, lo primero que sientes es la ola de calor que va quemándote y con su sonido infernal te destruye los tímpanos.

No entiendes nada cuando pierdes la conciencia camino hacia la muerte. Es después, cuando vas despertando, con ese olor de carne y madera quemada mezclado con los llantos de gente muriéndose, es en esos segundos después, que te das cuenta que vives una pesadilla.

Acababa de estallar una bomba en este cuarto pequeño en la selva y no veía a más de un metro; delante de mí, el camarógrafo del Canal 6 de Costa Rica estaba muriéndose, su pierna derecha ya no estaba ligada a su cuerpo y no había manera de parar el desangramiento.

Vi a la periodista Linda Frazier, madre de dos hijos, allí al otro lado del hueco, en el suelo, entrando en la agonía con una luna blanca y fría derramando su luz sobre su barriga desnuda. Se escuchó el intenso dolor de Susan Morgan, la periodista de The Economist, cuando trató de soportar las fracturas de sus piernas y brazos. Vi a mi ayudante, Fernando Peredo, sangrar de los más de 200 charneles que penetraron en su cuerpo. Es el infierno de un matadero de seres humanos.

Y me doy cuenta de una cosa: puede ser el fotógrafo danés mandado del Ministerio del Interior, por el comandante Renán Montero, quien puso esa bomba. Es el único del grupo de periodistas que no está en esa casa de la jungla en el momento de la explosión. Es el único de todo el grupo que sale ileso.

La mayor parte del grupo de periodistas habíamos hecho trabajos a favor de los sandinistas. Habíamos arriesgado nuestras vidas para cubrir eventos que en esos años estaban en el centro de la atención mundial. Yo también lo hice, muchas veces antes de esta catástrofe.

Yo me di cuenta, en esa noche tan negra, que si fue el fotógrafo danés el que puso la bomba, entonces los sandinistas eran los culpables de esa matanza indiscriminada que rompió todas las reglas de convivencia humana. Son mis amigos los que quisieron matarme a mí y a mis colegas. Son los sandinistas los que por primera vez en la historia moderna rompieron el concepto de que una conferencia de prensa es un lugar sagrado, de paz, un forum absolutamente necesario para dar la información sobre el mundo, un escenario indispensable tanto para la derecha como para la izquierda.

Fueron los sandinistas, en este caso, los que el 30 de mayo de 1984 adoptaron métodos fascistas, matando sin discriminación, fuera del teatro de la guerra, a inocentes y simpatizantes. Si fue el danés, entonces fue el Ministerio del Interior de Nicaragua el que adoptó tácticas de terrorismo de Estado, y los responsables de este Ministerio son criminales de guerra.

Para mí, en esos años era imposible pensar así. Había que buscar otra solución que no implicara al danés falso. (En realidad era argentino. Su nombre era Roberto Vital Gaguine, miembro del grupo de Gorriarán Merlo, otro argentino que colaboraba aquí en Nicaragua con Renán Montero y el jefe de la Seguridad del Estado, Lenín Cerna. Pero eso lo supe mucho después de La Penca).

Entonces dediqué unos años para buscar a otra persona que pudiera haber puesto la bomba allí en La Penca. Pero no había otra solución ni otra persona, ni en Miami ni en Honduras o Costa Rica. Era el comando mandado por los sandinistas el que había destrozado tantas vidas en La Penca.

Cuando Daniel Ortega y su comitiva llegó a Suecia a fines de los 80, lo encontré en el castillo de Haga, en Estocolmo. Le pregunté al comandante Ortega qué era lo que él sabía del involucramiento de los sandinistas en La Penca. Él me dijo que nada, pero que lo iba a averiguar. Unos días antes de las elecciones de 1990 lo encontré de nuevo, en Managua. En mi presencia llamó a Lenín Cerna, quien llegó y se sentó a su lado. Me confirmó que había sido una acción sandinista.

-“Sí, teníamos un problemita por allí en el río de San Juan” -dijo. Por razones que desconozco los dos me ofrecieron hacer un documental sobre el atentado.

Había llegado a la confirmación y al principio de la verdad. No llegué a más, porque unos días más tarde los sandinistas perdieron las elecciones y los altos mandos del FSLN ya no dieron ninguna prioridad a un periodista sueco desesperado por su sentido de culpa. En el Ministerio del Interior estaban muy ocupados en destruir los documentos del pasado para la llegada del nuevo poder.

En los años que han transcurrido después de eso, he buscado otras situaciones límite en el mundo para escapar de este sentido de vergüenza y culpabilidad que siento por haber ayudado a un comando sandinista a hacer estallar una bomba, por haber ayudado a este sandinista con mi estatus de periodista a cometer un acto tan cobarde y vil que transciende mi imaginación.

Hace más de un año hice una denuncia en la Procuraduría de los Derechos Humanos en Managua. En esta oficina no han hecho nada para investigar el caso. Sólo es un papel que está acumulando polvo, como en una novela de Kafka, en esas oficinas controladas por Omar Cabezas (que era mi amigo en la insurrección y que ha conocido mis dudas sobre La Penca desde cuando nos encontramos en Estocolmo, en el verano de 1984).


Por eso acuso de nuevo a:
Renán Montero --ex jefe de la Inteligencia de Nicaragua, Coronel del Ejército de Cuba, actualmente en retiro-– por crímenes de lesa humanidad, por ser el cerebro detrás de la muerte de siete personas en La Penca y por las heridas graves a otras 22 personas en este acto de terror.

Tomas Borge –-ex ministro del Interior y actual embajador de Nicaragua en Perú-– por haber sancionado y supervisado el trabajo de Renán Montero.

Lenín Cerna –-ex jefe de la Seguridad del Estado-– por la colaboración con Renán Montero y por el ocultamiento de la verdad sobre un crimen de lesa humanidad.

Me pongo a la disposición de la justicia de Nicaragua para que finalmente averigüen la verdad sobre La Penca. Tengo testigos de los hechos que he denunciado en este artículo. No quiero aquí mencionar sus nombres. Que un tribunal o una corte internacional los llame para que testifiquen, sin que ellos sientan temor por sus vidas.

He esperado muchos años para que llegue el momento adecuado para hacer esa denuncia. Pero el momento correcto nunca llega. Siempre hay guerras en el mundo, y situaciones que afectan a Cuba y Nicaragua y que siempre serán utilizadas en la propaganda negra que oculta la verdad. No puedo evitar eso. Mi compromiso es con la verdad y la tengo que decir en vida, antes de morir.

Al final sólo es la verdad la que cuenta.

*Periodista sueco, sobreviviente de La Penca