Jorge Eduardo Arellano
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Ha pasado ya el tiempo de las críticas y los lamentos respecto a la errática y nefasta actuación del gobierno. Es hora de pasar a otra nueva etapa, que vaya más allá de las simples invitaciones al diálogo, a la reflexión y a la rectificación del rumbo. Llevamos ya dos años de estar con esos vehementes llamados y éstos no han tenido ni el más mínimo eco. Llevamos dos años con un discurso sin duda bien intencionado, pero repetitivo y estéril. Se han agotado ya todas las razones y todos los argumentos para convencer al matrimonio presidencial del grave error que está cometiendo. Todo ha resultado inútil. No han valido los planteamientos de carácter técnico, ni ético, ni legal, ni tampoco los ruegos ni las imploraciones de los religiosos.

El gobierno de Ortega y sus acólitos, cegados por el poder y las prebendas que de él se derivan, se muestran sordos al clamor de la población que les reclama y más bien se empeñan en descalificar obcecadamente a quienes los critican. Ellos se refugian en mentiras y en invenciones de falsos complots internacionales para justificar el fraude electoral, y se empeñan en fabricar falsas acusaciones contra sus detractores. Algunos políticos corruptos de los partidos de oposición, llevados por intereses mezquinos, se prestan a hacerles el juego a los sandinistas para dar una apariencia de democracia, y para tratar de ocultar el fraude electoral. Ese fraude fue el detonante y la gota que desbordó el vaso de una situación que de por sí se había hecho ya insostenible.

De una manera absolutamente irresponsable y demencial, el gobierno contribuye cada día, a cada momento y en cada minuto, a aumentar nuestra miseria, y trabaja febrilmente, por todos los medios, para cerrar nuestras escasas opciones para combatirla. El presidente, secundado por sus secuaces sin escrúpulos, se aferra obstinadamente a una posición insensata, de confrontación con los donantes, sin preocuparse en lo más mínimo por la terrible crisis que ya nos está impactando y que va a agravarse hasta llegar a extremos catastróficos. Una crisis que arrasará totalmente con cualquier mínimo avance que haya podido tener hasta ahora el gobierno a través de sus programas asistencialistas de corte clientelista.

Llevamos mucho tiempo haciendo exhortaciones vehementes al gobierno para que vuelva al camino de la cordura y a la búsqueda del consenso, pero éste se limita a seguir vertiendo amenazas, aumentando su hostilidad y elevando su tono confrontativo. Y también multiplicando los abusos y los atropellos contra los ciudadanos y contra la institucionalidad. Nos encontramos realmente ante una emergencia nacional. Basta de paños tibios, basta de dorar la píldora y basta de tapar el sol con un dedo.

No nos sigamos engañando. No escondamos la cabeza en la arena, como lo hace el avestruz ante el peligro. Nos enfrentamos a una situación realmente alarmante y apocalíptica, en la que una minoría fanática, vociferante y desenfrenada está empeñada en llevar al país al despeñadero y a la destrucción, y lo está llevando ya hacia ahí a pasos agigantados. Ya se perdieron muchos millones de dólares y se van a seguir perdiendo más. Y nos vamos a hundir irremediablemente en una espiral de desgracia, de penuria y sufrimiento cada vez más agobiante. Una situación tal que destruirá las oportunidades de progreso y de mejoría de sus condiciones de vida para la inmensa mayoría de la población. Basta de hablar de una “situación compleja”, de “un año difícil” y de “condiciones adversas”. Basta de eufemismos estúpidos. Ha llegado el momento de golpear la mesa con el zapato.

No es necesario esperar más tiempo para convencerse de que ha llegado la hora de pasar a nuevas formas de lucha. Si bien algunos sectores en el campo han mencionado su disposición de tomar las armas, hay que empeñar nuestros mejores esfuerzos para evitar que tenga que llegarse a eso. Pero la alternativa para evitar la guerra civil no es seguirse quejando. Ni tampoco lo es ignorar la existencia de esas voces que proclaman su disposición a sublevarse contra el gobierno utilizando la violencia. Los móviles que los animan son comprensibles, pero el método que ellos proponen es errado, y además, ya vivimos sus terribles consecuencias en la década de los 80. La solución tiene que estar en extremar los métodos de lucha cívicos que aún nos quedan, como puede ser, por ejemplo, la huelga general, el paro del transporte o cualquier otro que nos permita enviar un mensaje contundente al gobierno para doblarle el brazo, sin exponernos a la represión de las turbas sandinistas.

Se trata de inventariar y evaluar exhaustivamente todos y cada uno de los mecanismos mediante los cuales la mayoría agraviada y sometida pueda hacer sentir su inconformidad, de tal manera que tenga una repercusión que sea determinante para cambiar el panorama vigente. Es necesario que todas las fuerzas y todas las inteligencias se coordinen y se entrelacen y se secunden, para trazar un plan nacional de largo alcance e implementarlo de manera conjunta y decisiva en el menor plazo posible. Hay que formar un frente cívico de amplio espectro, al margen de los partidos deshonestos.

Pero vemos que los sectores clave de la sociedad, como la iglesia, la empresa privada y hasta las organizaciones cívicas, se muestran demasiado tímidos e indecisos, lo cual es comprensible, pero no aceptable. Se sienten intimidados por el chantaje, la amenaza y el temor a las represalias. Eso los lleva a adoptar actitudes ambiguas o ambivalentes. Actitudes que, en la práctica, contribuyen más bien a cimentar el poder de quienes nos desgobiernan. Ha quedado en evidencia que la contemporización con el problema sólo ayuda a agudizarlo. Mientras más tiempo transcurre, mayores son los costos que estamos pagando, y más difícil será revertir el rumbo.

La Policía y el Ejército, con su complacencia ante los atropellos del gobierno, hacen en la práctica las veces de cómplices testigos mudos y vergonzosos, que apuntalan al gobierno y la ilegitimidad, impidiendo las manifestaciones populares en contra del mismo, y facilitando el accionar de las turbas neo-nicolasianas, que se han tomado las calles en forma permanente.

La única salida que logra entreverse es fomentar las protestas y la rebeldía hasta forzar una situación que obligue al gobierno a dialogar y a ceder. Cada uno de los sectores debe potenciar al máximo sus capacidades para la protesta cívica y la resistencia civil. Movilizar a todas las fuerzas vivas de la nación para lograr el resultado apetecido. Esa es la tarea del día y todos estamos avocados a ella.