Jorge Eduardo Arellano
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Esta expresión, que comúnmente la usamos para denotar asombro ante una actitud determinada, positiva o negativa, de alguna persona que se esmera en realizar una obra en función de un interés particular, de ella o del grupo al cual pertenece, sin que medie algún tipo de remuneración formal y legal de una tercera persona u organización, encaja magníficamente en nuestra realidad actual para referirnos al afán obsesivo del presidente Ortega, su señora esposa y unos cuantos de sus diligentes subordinados más cercanos, por hacer picadillo la precaria institucionalidad y el Estado de Derecho que veníamos construyendo al costo de mucho sufrimiento desde nuestra independencia, y particularmente desde 1990, una vez concluido el sangriento conflicto político-militar en el cual nos vimos involucrados, de una u otra forma, todos los nicaragüenses.

La expresión en referencia nos dice que es tan estupenda la obra realizada --sea de carácter constructiva o destructiva, y en cualquier orden de nuestras vidas-- por la o las personas que la llevan a cabo, que no nos queda más que reconocer que sólo contratados podrían haberla hecho igual.

Es común escuchar frases como: ¡este jodido duerme como contratado!, o ¡se harta como contratado!, para referirnos a individuos que se atiborran de comida o que pasan larguísimas horas durmiendo, más allá de sus normales necesidades. En estos casos los comentarios no pasan de ser puntadas críticas o jocosas, según sea el tono o la intención empleados. Pero cuando nos referimos a la actuación de nuestros gobernantes actuales –-elegidos unos y designada otra-- el significado de la expresión adquiere ribetes de tragedia para la vida de la inmensa mayoría de la población nicaragüense.

En tan sólo dos años de ejercicio del gobierno del país el Presidente y compañía le han asestado tantas cuchilladas a la independencia de los poderes del Estado, al obligado profesionalismo de magistrados, jueces y funcionarios de los poderes Judicial y Electoral, así como de la Fiscalía General de la República, de la Contraloría y demás órganos del Estado, que sólo se nos ocurre comparar tal hecho con la imagen de un chef de un concurrido restaurante, partiendo cebollas o tomates con la celeridad apropiada para preparar, con la mayor rapidez, todas las órdenes que los meseros van llevándole a su cocina.

Lo anterior aplica, en el caso de la Nicaragua de hoy, para graficar el esfuerzo sostenido que ha venido realizando el Presidente para hacer trizas las relaciones con la alta jerarquía de la Iglesia Católica y algunas denominaciones evangélicas, con las organizaciones de la sociedad civil, organizaciones microfinancieras, gremios empresariales, medios de comunicación y periodistas independientes y partidos políticos de la oposición, entre otros, y para violentar los derechos civiles y los derechos humanos de los ciudadanos y ciudadanas que se atrevan a ejercerlos públicamente. Especial mención merece el mortereo a que ha venido sometiendo a la cooperación internacional, la cual aporta más de 500 millones de dólares al año, entre cooperación y préstamos, a la economía nacional. Todo esto en momentos de una profunda crisis financiera internacional que nos alcanzará con sus nefastos efectos.

Una de las primeras acciones en cumplimiento del “plan de gobierno” que el presidente ha venido desarrollando fue el fusilamiento del carácter laico del Estado; precisamente, ese carácter que se convierte en pilar fundamental de cualquier Estado que se precie de moderno. Como corolario de dicho fusilamiento la pareja presidencial pretende, como contratada, instaurar una especie de fundamentalismo de estado, con la singularidad de que, en esta ocasión, sería sin la anuencia de la alta jerarquía de la Iglesia Católica. La nueva iglesia o corriente religiosa política revolucionaria reaccionaria (como diría el doctor Andrés Pérez Baltodano) podría llamarse Chayismo, para estar a tono con otras denominaciones de esa índole, tales como el cristianismo, el islamismo, el budismo, etc. ¡Santa Chayo nos agarre confesados!
Esta corriente política religiosa ideológica llegará, si todo continúa marchando por el camino trazado, a sustituir al sandinismo como fundamento ideológico del partido de la actual pareja presidencial. El Presidente y su esposa sustituirán, como guías espirituales -–por lo menos ante sus seguidores--, a las jerarquías católica, evangélica y de otras iglesias con presencia en el país. Los militantes de ese partido tendrán, entonces, al Chayismo como su nueva ideología, y a la pareja presidencial como sus pastores y santos protectores. No está lejano el día, si no es que está ocurriendo ya, en que algunos de sus súbditos les pongan velas a sus retratos, tal como se las ponen a la Santísima Trinidad.

Una de las últimas relevantes muestras públicas de esta voluntad que, como contratada, viene desarrollando la pareja presidencial, la vimos el día 14 de este enero, con la juramentación de “los alcaldes electos” (a través del fraude), que en un acto en la Plaza de la República o Plaza de la Revolución realizara, encabezado por el presidente del Poder Ejecutivo, el orondo presidente del Poder Electoral y sus acólitos. A despecho del reclamo que la mayoría de la población está haciendo, acompañada del propio de la Comunidad Internacional, para que se haga un recuento de los votos de las recién pasadas elecciones municipales, calificadas como fraudulentas, la pareja presidencial se empeña en imponer por la vía de hecho “su resultado electoral” y, con él, la nueva conceptualización del poder municipal, subordinando a sus alcaldes y concejales a la presidencia orteguista, la cual, como contratada, quiere acabar con la autonomía de los municipios, en una vorágine de recentralización del poder alrededor de los sumos sacerdotes del Sacro Imperio Chayista.

Ah, como última acotación, hay que señalar que en todo este despropósito por arruinar al país, la pareja presidencial ha contado con la complicidad cobarde del ahora ex reo (por voluntad de Daniel Ortega) Arnoldo Alemán; entre ambos pretenden, con la reedición del pacto sucio, realizada el 16 de este enero, con todos los reflectores alumbrando los escenarios de la Corte Suprema de Justicia y de la Asamblea Nacional, una nueva dictadura amparada en un bipartidismo forzado entre el FSLN de Ortega y Murillo y un PLC de Arnoldo Alemán y su familia; jugando, este PLC, el papel del nuevo partido zancudo. A todos ellos la historia les pasará la factura. Recordemos que de este restaurante llamado Nicaragua, donde, como contratados, se han venido hartando del esfuerzo y la sangre del pueblo, nadie se va sin pagar la cuenta.

Posdata: no crean que todo lo anterior es broma o insumo para el guión de una obra de teatro bufo; desgraciadamente es la triste y trágica realidad que estamos viviendo... y me quedé corto. Es que no escribí este artículo ¡como contratado!