Jorge Eduardo Arellano
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Perdonen las incorrecciones que ahorita voy a cometer, y también la indiscreción. Un texto periodístico, o de opinión, no debería basarse en rumores, y mucho menos en cuecho, pero dejen que me salte por hoy esa norma, y les cuente lo que “un güegüe” me contó una vez en Las Minas. Porque en realidad es lo que quería decirles. Se trata de un hombre que contrajo una deuda muy grande.

Bueno, hasta ahí el asunto era más o menos normal, pero la historia es la siguiente: su hija estaba a punto de cumplir los quince años, y desde siempre había soñado con una hermosa fiesta, que incluía algunos pequeños lujos como los que siguen: luces y adornos de papel colgantes; invitaciones de buen cartón para 35 personas; arroz a la valenciana para 40; maquillaje; peluquería; limosna para la ceremonia; traje de gasas y encajes color blanco y cuatro trajes más para damas de compañía; tarta de merengue con dulce de leche y un etcétera de pequeños detalles más que ya no alcanzo a recordar.

Si se toma una calculadora y empieza uno a sumar, la cuenta se va alargando de ceros a modo de susto, de susto sobre todo si el salario a fin de mes no llega a la mitad de la cuenta. El problema está en las palabras. Resulta que un día, después de muchas discusiones, al papá le remordía la conciencia y se puso delante de su hija prometiéndole cumplir como padre el sueño que ella tuviera. Y entonces ella le habló del que tenía más a mano: su fiesta de los quince años.

De inmediato el padre, casi como la protagonista de Miss Dalloway, esa novela de Virginia Woolf en la que una mujer se afana hasta la obsesión en los detalles de una fiesta, se fajó para rebuscar donde fuese necesario el dinero suficiente. La idea era que a la fiesta no le faltase ni uno solo de los detalles soñados por su hija. En su vida se había endeudado tanto y no tenía la costumbre del que paga tarde y mal, aunque siempre paga. Para él lo peor fue endeudarse con varios a la vez, porque sufrió en su bolsa y en su ánimo la enorme variedad de tipos de interés que existe en esos préstamos de vecinos, algunos de los cuales se lucran antes los ojos de la necesidad de los otros. Esta usura de casa en casa en nuestros barrios y comunidades llega a extremos increíbles. He sabido que se ha llegado a cobrar hasta el 15% por un préstamo para comprar el ataúd de un familiar difunto, y para colmo, el prestamista era familiar directo. En estas pequeñas deudas a veces va la vida pero otras la angustia, y es un círculo y un movimiento de dinero que escapa a cualquier valor de mercado y que mueve el comercio del día a día.

Pero el derroche o lo extravagante de las fiestas de quince años no acaba aquí. Durante los años de Alemán hubo algunos grupos de personas que vieron crecer sus ingresos de manera tan rápida como sospechosa, en ese otro manejo por debajo de la mesa en un país cuyo nivel de recaudación de impuestos y de inversión del Estado es insignificante. Recuerdo haber recibido una tarjeta de invitación para un gran hotel en Managua para una fiesta pomposa de quince años, en la que se me sugería por escrito al final de la caligrafía barroca y rimbombante que preferían que el regalo fuese en moneda extranjera. Como no especificaban a qué moneda extranjera se referían, le consulté a un compañero de trabajo si acaso iba él a asistir y sobre qué llevaría de regalo. Me dijo que un par de colones que aún conservaba de recuerdo, de cuando estuvo en Costa Rica. “Tal vez eso se vale como moneda extranjera”, me dijo.

Pero volviendo a Las Minas, sólo informarles de que la fiesta se realizó como en los sueños de la hija. Bajaron de la iglesia de madera y caoba de estilo anglosajón que hay en el pueblo, la muchacha con su cohorte de damas de honor, sorteando las irregularidades del barro y tiñendo los bajos de los vestidos. Al cabo de los días, la fiesta dejó una larga cola de deudas sin pagar. El trabajo no iba bien y el dinero no llegaba. A nuestro hombre no le quedó más que buscar la solución en otro lado y se llevó con él a su familia para evitarles la pena de aquella fiesta que debían.

Cuando hace poco una vecina de uno de los repartos de Managua, me comentaba que había oído que el Ministerio de Educación iba a prohibir el uso de togas y otros expendios en las ceremonias de graduación, me alivié por el alivio para mucha gente que toma el asunto como un obligación no escrita. Ese inmenso problema con la pena que tenemos en Nicaragua, la pena de no quedar mal, la pena de que nos vean de menos, la pena de lo que dirán, ha hecho que mucha gente se asome a una desgracia desconocida. En principio yo también me alegré con la noticia porque siempre he considerado que estos gastos estaban fuera de órbita. Sin embargo, no debe haber ningún decreto que obligue o prohíba hacerlo a quien quiera hacerlo sin obligar a nadie a subir a recibir su diploma como quiera. Líbrenos de decir a nadie como tiene que gastar su poco o mucho dinero. Y además es usual que sobre todo siendo adolescente querrás copiar lo que mirás y ser uno más de la farándula. La marcha triunfal seguirá sonando, y la toga, en muchos casos, muy fea, no es necesaria, si contás con la sonrisa y el pleno orgullo de quien te abraza al lado, tu mamá, la novia, tu papá o tu amigo. El título, la toga, lo demás, no se recuerda. Se recuerda lo que había dentro de esa sonrisa. Como Miss Dalloway, a veces el mismo afán que cuesta la apariencia nos frustra el gusto de gozar lo que realmente se celebra. Pienso que las mejores celebraciones son las desnudas de adornos. O a lo mejor, el afán de la apariencia es para ocultar nuestra incapacidad de estar tranquilo en compañía de otros.

Y la verdadera pena es tener que jugar con nuestro pan, por la deuda de un pastel para pagar una sonrisa que no se paga con dinero. La verdadera pena es tener que recurrir al dinero o las deudas para encubrir una dignidad propia que no se compra.


franciscosancho@hotmail.com