Jorge Eduardo Arellano
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Mucho se ha dicho y escrito en estos dos años sobre cómo el comandante Daniel Ortega fue capaz de acumular fuerzas desde 1990, hasta lograr copar su partido y volver al Poder Ejecutivo con el 38% de los votos. Pero casi nada se dice de otras notables razones que ahora nos tienen viviendo el inicio del tercer año del segundo gobierno electoral de Ortega. A lo sumo se destaca la división del Partido Liberal Constitucionalista, PLC, la otra paralela de nuestra política contemporánea.

Una razón poderosa para el retorno del comandante Ortega a la Presidencia fue el enfoque de las energías y voluntad política de los gobiernos previos. Dedicaron sus esfuerzos a quedar bien con los organismos multilaterales, los banqueros y los empresarios –-sobre todo los inversionistas. El Estado Facilitador, fundado por Violeta de Chamorro a contrapelo de la Constitución de 1987, estuvo al servicio de los más poderosos intereses del sector privado. Fue hasta cuando convencieron desde fuera al gobierno --el Consenso de Washington era desastroso para la gente pobre-- que se comenzó a diseñar una Estrategia Reforzada de Lucha contra la Pobreza. Había que ponerle un “rostro humano” al monstruo. Las estadísticas indicaban que en este país casi ocho de cada diez sobrevivían con dos dólares o menos cada día.

La segunda razón fue una escandalosa insensibilidad hacia la gente pobre, que es la mayoría de la población electora. Creían los Antonio Lacayo, Emilio Pereira y quienes les sucedieron –-y así lo predicaban-– que una vez colmado el cuerno de la riqueza, éste comenzaría a precipitarse cual cascada hacia la gente pobre. Ello no ocurrió. Uno de los resultados ha sido el desastroso estado de los sistemas de Educación, Salud y Seguridad Social. Lo que sí pasó es que tanto el sector oficial como el opositor se pusieron de acuerdo para adquirir lo mejor del patrimonio estatal. El resto usualmente fue a parar a manos de una parte de aquella dirigencia sindical. Paralelamente el doctor Arnoldo Alemán y el comandante Daniel Ortega pastoreaban a sus seguidores en los municipios, mientras la educación política desaparecía y se acordaban las decisiones más trascendentales en la Asamblea Nacional y en las casas de estos dos líderes políticos.

La tercera fueron los enormes niveles de corrupción de la clase política y gobernante del país. A la Piñata ocurrida entre febrero y abril de 1990, siguió una venta por lo menos irregular de las mejores piezas del patrimonio estatal. Aquello fue una Gritería en comparación con lo primero. ¿Se acuerdan de la venta de las telecomunicaciones? Más tarde llegaron las escandalosas quiebras bancarias y la emisión y renegociación de los Certificados Negociables de Inversión, CNI, emitidos por el presidente Arnoldo Alemán. No está de más señalar que los principales rasgos de la cultura política nicaragüense, identificados por el doctor Emilio Álvarez, se acentuaron en este periodo: exclusión de los perdedores, discriminación de los sectores vulnerables, clientelismo político, la prebenda, amiguismo, nepotismo...

Otro rasgo poderoso, aparte del pacto Alemán-Ortega, fue la política exterior genuflexa de estos gobiernos hacia los Estados Unidos y la creencia --aún no abandonada-- que desde afuera se solucionaría la recurrente crisis interna. Se le dispensó al gobierno de George Bush el pago por los daños multimillonarios provocados por el gobierno de Estados Unidos durante la guerra de los contras. Todo para ganarse la amistad de Washington. Además, personajes de ultraderecha que no eran nicaragüenses fueron incluidos en las delegaciones oficiales asistentes a foros internacionales... ¡Qué triste fue haber convertido en asunto de Estado la inauguración de un restaurante de hamburguesas! El vicepresidente Bolaños dijo para la Historia que la mejor prueba de que la democracia había llegado a Nicaragua es que McDonald´s abría operaciones en Managua.

La gente se cansó de ver a los sucesivos gobiernos predicando la austeridad y practicando el derroche. Los medios de comunicación reportaron una y otra vez la dolce vita de los principales funcionarios del gobierno y los episodios bizarros derivados de una mentalidad de finquero. ¿Se acuerdan de aquel ex ministro que cercó su finca con los durmientes del ferrocarril que se le vendió a Chile? ¿O aquél que llegó a la inauguración de sus oficinas a lomo de caballo? ¿O de los bonos entregados a amigos del gobierno por supuestas exportaciones que jamás ocurrieron? ¿Del uso de los recursos del Estado para identificar, comprar y mejorar las propiedades presidenciales?
El votante se hartó de que le pidieran ajustarse más y más la faja, mientras llegaban las aguas claras que sustituirían para siempre las aguas negras de las políticas revolucionarias. En todos esos años la faja se le fue aflojando más y más a la clase política autodenominada “democrática”. Por lo gordo y fofo que se fueron poniendo sus cuerpos y sus ideas. Mientras, la mayoría padecía los efectos de la triple transición (política, económica y social) iniciada en 1990. El mundo discutía sobre el malestar en la globalización, Nicaragua padecía el malestar de la democratización.

Esas razones también operaron para que el antisandinismo se agotara como opción política ganadora. Se había dilapidado --otra vez-- la esperanza de un cambio que abriera camino hacia la paz, las oportunidades, las libertades plenas, el bienestar material, la justicia y el desarrollo espiritual. Adicionalmente, cambió en estos 17 años el electorado. Para una parte creciente del mismo el sentimiento antisandinista no es lo que era hace buen rato.

Aun así, parte de la gente que concluyó que Eduardo Montealegre era más de lo mismo, y que inclinó la justa hacia Daniel Ortega, no decidió fácilmente. Tal vez lo que me dijo un taxista que me conducía hacia mi trabajo una mañana de 2006 lo ejemplifique. Me dijo que era sandinista, pero que no había votado por Daniel desde 1990. “Me siento como esa mujer, cuyo ex marido vuelve para pedirle una segunda oportunidad después de que ella lo corrió porque la maltrataba”, me dijo. No he vuelto a ver a ese taxista en estos laberintos de Managua. Pero me gustaría. Creo que a estas alturas ya podría tener una respuesta. Sería interesante saber cómo compararía a esta oposición política casi acéfala y descerebrada con el sector autodenominado de izquierda-gobernante.

Por lo pronto, se puede atisbar fácilmente que el retorno al poder del comandante Ortega es en parte un mérito suyo. Su vocación de poder se preservó incólume derrota tras derrota. Creó un partido a su imagen y semejanza. Del otro lado, los autodenominados demócratas lo único que mostraron sostenidamente fue una crisis de ideas, de personalidad, de liderazgo auténticamente democrático y de vocación de servicio público. Ahora cosechan lo que sembraron. Y si creen que saliendo a las calles van a ganar alguna batalla, se equivocan.