Jorge Eduardo Arellano
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A Centroamérica le ha costado 100 años comprender que al corazón no se le pueden poner fronteras. Ni al corazón ni a los pies de un hombre y una mujer que quiere decirle algo a otro, o que quiere ir a buscar una vida mejor a otro lado de uno mismo. Ahora, cuando ya los países del istmo van a ir, poco a poco, eliminando las fronteras al paso de las mercancías, también es momento de derribar otras fronteras patrioteras, nacionalistas y limitantes que no juegan a favor nuestro. A punto de conmemorar la independencia de las antiguas colonias de España, Centroamérica se está mirando al espejo de sus recelos. En Nicaragua, sin ir más lejos, quedan muchos asuntos pendientes, y entre ellos, que vuelva una justicia independiente de los poderes políticos, un sueño que tiene mucho que ver con la libertad y la decencia de no amparar a las criminales, aunque éstos sean líderes políticos.

En varias sesiones de la negociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, fui testigo de cómo algunos negociadores se dedicaban a hacer el juego patético de tratar de cerrar acuerdos privados con Estados Unidos, aunque fueran en perjuicio del vecino y hermano país. Y eso que se suponía que a un lado de la mesa estaban los países centroamericanos unidos y al otro EU. Ahora, parece que la dirección apunta hacia otro lado. Pero aún quedan cuestiones muy graves sin resolver. Me refiero a dos guerras inconclusas, llenas de perdedores: las de Guatemala y El Salvador. El próximo 15 de marzo serán las elecciones presidenciales en El Salvador, aunque antes, el pasado domingo se celebrasen las legislativas y municipales. Si hay algún país de todos los de la región que esté más hermanado con Nicaragua, ése es El Salvador, una especie de otra mejilla, donde se ha recibido siempre el mismo golpe. ARENA, el partido más poderoso de El Salvador ha controlado las instituciones con más o menos fuerza durante la última década, y a su último candidato y ahora presidente todavía, Toni Saca, le cupieron dos vergüenzas: una es la de quedarse siendo durante algún tiempo el único país de Centroamérica que aún enviaba tropas a Irak para hacerle el juego rastrero a Bush; otra, la de esa campaña zafia y populista de la “súper mano dura” contra la violencia de las pandillas urbanas, y no sólo no ha conseguido eliminar la violencia sino que el país continúa mostrando los índices más altos de criminalidad de la región. La alcaldía de San Salvador, que hasta ahora controlaba el FMLN, tampoco ha podido detener con rotundidad la violencia, y de hecho ha devuelto la alcaldía a ARENA.

Por otro lado, al FMLN le ha costado un largo proceso interno consensuar un candidato moderado, como el actual Mauricio Funes, un periodista que ha dado algunas señalas de por donde querría que su política caminase. Aunque uno tiende a desconfiar de cuando los periodistas se meten a política, parece que Funes al menos le da al FMLN lo que nunca ha podido conseguir, estar cerca de ganar unas elecciones presidenciales, ya que le hubiera sido imposible si sostuviera su discurso dogmático más radical. Sus primeros viajes y contactos han sido con empresarios, como Slim, el mejicano y hombre más rico del mundo; y los líderes de esa otra izquierda más moderada de América Latina, la de Bachelet, la de Lula, o la de Zapatero en España. Queriendo a El Salvador, (quién no lo quiere), a uno le gustaría ver cómo el FMLN gana las elecciones. No porque piense que sea mejor o peor alternativa, ni porque simpatice más o menos, sino por el mero hecho de que la ilusión de que se cierra una guerra que nunca se dio por terminada, a pesar de los acuerdos de paz. Uno espera que si gana este nuevo FMLN, la memoria de tanta gente asesinada reclame la justicia que nunca le llegó, empezando por las masacres de campesinos y terminando por el propio arzobispo Romero. En sus tiempos de poder, la derecha salvadoreña ha sido tan de derecha, que no ha granjeado ninguna simpatía fuera de su minúsculo territorio, para muchos su finca particular. La enorme diferencia entre los que tienen plata y los que no en El Salvador es mucho más discriminatoria que incluso en otros países de la región. Que gane el FMLN, lo haga bien o lo haga mal, es dejar que la memoria siga su curso, dar una oportunidad a la reconciliación y a que algunas esperanzas tengan cabida, en un país demasiado pequeño para matarse. La injusticia social, la violencia, los vínculos con el narcotráfico y otros problemas, seguirán, pero la guerra, ésa que aún se lleva dentro en mucho corazón de Centroamérica sin que se dispare un solo tiro, habrá terminado; se cerrará una herida que sangró por todos los costados de la región.

Éste es el peor año para Centroamérica por la crisis económica e institucional de algunos países como Nicaragua, pero es el mejor para iniciar una auténtica Centroamérica unida que gane confianza en sí misma. A nuestro El Salvador, el pulgarcito de América, nuestra otra mejilla, de puro corazón, sólo se le puede desear lo mejor, con el mejor poema de amor que jamás se haya escrito hacia una tierra (al menos de los que yo conozco), aunque parezca mentira: el de Roque Dalton con el que aquí les dejo:

franciscosancho@hotmail.com



Poema de amor
Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como “silver roll” y no como “golden roll”),
los que repararon la flota del Pacífico
en las bases de California,
los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos
los siempre sospechosos de todo
(“me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño”),
las que llenaron los bares y los burdeles
de todos los puertos y las capitales de la zona
(“La gruta azul”, “El Calzoncito”, “Happyland”),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la página roja,
los que nunca sabe nadie de dónde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión o la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraran borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco más de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.