Jorge Eduardo Arellano
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Mi última investigación historiográfica –un volumen de 300 páginas- estudia la vida y el gobierno de Vicente Cuadra (1812-1894), el primer afronicaragüense electo Presidente de la República. Del 1 de marzo de 1871 al 1 de marzo de 1875 duró su permanencia en el Ejecutivo, revelándose como un gobernante ejemplar aún para nuestros días. Con sus acciones, demostró ser un modelo de mandatario democrático. He aquí un resumen de sus hechos vigentes.

Fue elegido –por su admirable trayectoria política y prestigio social y moral- con el mayor número de votos obtenidos hasta entonces en el país, algo más del 85 por ciento; porcentaje que ninguno de quienes le sucedieron alcanzó hasta concluir el siglo XIX. También asumió con total entrega y responsabilidad su función pública sacrificando en aras de ella sus intereses privados y deberes familiares. “Hay que velar por el bien general, aún en detrimento del bienestar personal” fue su máxima. Así estableció un extenso y preciso horario (que publicaría como “AVISO” al día siguiente de su toma de posesión en la Gaceta Oficial) desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche. En una cultura como la nuestra, donde el uso ordenado del tiempo no constituye un alto valor, este horario adquiere carácter singular, porque –sostenía Cuadra- “del arreglo del tiempo en el despacho de los negocios públicos, depende su más pronta y fácil resolución”.

Escogió su gabinete con funcionarios entre los más capaces e ilustrados. Sólo para poner un ejemplo, nombró Canciller a don Anselmo H. Rivas, según Aldo Díaz Lacayo –nada sospechoso de afinidad con el conservadurismo- uno de los cuatro más grandes Ministro de Relaciones Exteriores que ha tenido Nicaragua (los otros fueron Diego Manuel Chamorro, José Andrés Urtecho y Miguel D´Escoto). En el ejercicio de su administración, se apegó estrictamente a la Carta Magna vigente (la del 58, que duraría 35 años) y sustentó sus decisiones en las demás leyes; práctica que había aplicado durante su labor como Prefecto del Departamento de Granada. Por ejemplo, en 1869 expresó por escrito a uno de sus subalternos: “Como la ley debe cumplirse, no puedo prescindir de recordarle su observancia”.

En consecuencia, respetó el mandato constitucional de la no reelección. Siempre manifestó que era inconcebible apropiarse del cargo supremo más allá de los cuatro años correspondientes. A Máximo Jerez, opositor a su gobierno, le dijo: “Convénzase usted, general, que soy un gobernante fuerte por la razón de que no he desaliñado mi valija, porque estoy entendido de que esta casa (la presidencia) no es mía.

Quadra no tuvo injerencia alguna en el Poder Legislativo ni en el Judicial. Ambos mantuvieron, sin ningún problema, su independencia. Sin embargo, recomendaba al primero cumplir con sus sesiones reglamentarias para aprovechar al máximo sus tareas imprescindibles y al segundo la ejecución pronta de la Justicia, “para que a cada cual se le dé lo que es suyo” –puntualizó. Él priorizó, tras recibir una herencia económica y financiera desastrosa –engendrada por la guerra del 69 de los generales Martínez y Jerez contra su antecesor Guzmán– la macroeconomía, procurando “la mejora e incremento de las rentas públicas… Sin hacienda, nada puede hacerse, ninguna mejora siquiera puede iniciarse”. De esta manera, dejó en superávit el Tesoro antes de entregar el poder.


Ante los problemas del Estado, no tomaba decisiones sin antes consultar a su equipo de trabajo, a elementos respetables extragubernamentales e incluso a líderes de la oposición. Creía en el Estado-nacional, en vías de constituirse, e ignoraba la partidarización de la política exterior. Cuando varias veces recibió presiones de Guatemala exigiéndole suspender el asilo que había otorgado a los jesuitas expulsados de ese país, contestó que la Carta Magna del 58 permitía la internación de todo extranjero al país siempre que se comprobara no tener miras de alterar la paz de la República.

Nicaragua fue durante su gobierno el país más estable de Centroamérica. En Costa Rica se había entronizado un dictador, a partir de un golpe de Estado: el general Tomás Guardia, quien amenazaba expandir la frontera tica con Nicaragua. Quadra actuó firme y dignamente, en defensa de la soberanía nacional, al declarar nulo el Tratado Jerez-Cañas. Al mismo tiempo, rechazó el militarismo expansionista de Guardia neutralizándolo en el último año de su gobierno con un tratado de alianza defensiva con Guatemala y El Salvador, al que se sumaría Honduras.

Los países centroamericanos del Norte permanecieron en conflictos bélicos internos y entre ellos. Por eso Quadra mantuvo una política de neutralidad con esos vecinos, enviando además tres exitosas comisiones mediadoras para lograr la paz. Civilista de convicción, recurrió a las vías diplomáticas para solucionar los problemas externos. Fue el caso de la misión que envió el Vaticano, la cual incluía un óbolo de diez mil pesos fuertes, para que el propio Papa retirara a los jesuitas de Nicaragua, cuando éstos ya constituían un gran problema. “Mi deseo es ver si se logra poner término desde luego a la permanencia de los Jesuitas, sin necesidad de echar manos de medidas violentas”. Actuó, pues, como lo que era: más político y liberal de ideología que católico practicante.

Igualmente fue solidario con las desgracias colectivas extranacionales. Al menos en el auxilio alimenticio proporcionado a Honduras al autorizar la extracción –o exportación- del maíz con destino a las localidades hondureñas, amenazadas por los estragos del hambre a causa de una sequía. Quadra consideró que era “un deber entre pueblos hermanos y vecinos el auxiliarse recíprocamente de la manera que sea posible”.

También mantuvo una coherencia geopolítica en sus relaciones con los Estados Unidos, cuyo gobierno reactivó el proyecto del Canal de Nicaragua, enviando Quadra por primera vez a gestionarlo a un embajador de lujo: Emilio Benard. Todo ello concluyó en una misión de ingenieros que realizaría estudios de factibilidad que sirvieron para otros posteriores. Sin cerrarse a otras opciones extra continentales, compartía con sus primos inter pares de los “30 Años” el mito mercurial del Canal, mejor dicho: la idea de que era la más alta concreción del progreso entre nosotros.

En síntesis, la transparencia legal y el orden práctico fueron las divisas de su gobierno. Se difundía a través de la Gaceta Oficial todo lo concerniente a sus obligaciones de mandatario: nada se ejecutaba secretamente. Y una mira constante caracterizaba a sus decisiones: las mejoras materiales y culturales, los adelantos sociales y actualizaciones jurídicas. De todo ello, y mucho más, doy cuenta en mi reciente
libro, como también de su pensamiento político, adscrito al positivismo de la época y a la necesidad de la consolidación republicana.

No quisiera se interpretase como un comercial para promover la venta de mi libro -financiado en parte por la AGHN y algunos familiares y amigos- esta propuesta: debatir en un foro (aula universitaria, programa televisivo, etc.) las características que debería tener un presidente democrático en todas la épocas. Mi ponencia consistiría en postular a Vicente Quadra como nuestro mejor mandatario del siglo XIX y en ese sentido invito a uno de sus principales detractores (Andrés Pérez Baltodano) y a todos los interesados en contribuir a ese esclarecimiento.