Jorge Eduardo Arellano
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Hay dos países -China y Estados Unidos- que siguen apartados de los esfuerzos globales para crear un nuevo marco post-Kyoto del cambio climático. Hace cincuenta años, el resto del mundo podría haber continuado tratando de resolver el problema de las emisiones de gas convencional y de efecto invernadero, y dejado que China y Estados Unidos se pudrieran en sus propios desperdicios. Pero el mundo ahora es tan interdependiente que lo que pasa en un lugar afecta a todos los demás.

Por ejemplo, tanto visitantes como residentes han considerado desde hace mucho a Hong Kong como una bella ciudad cerca de la costa del Mar Meridional de la China. Pero, al menos durante cinco años, los ciudadanos de Hong Kong han estado empezando a toser y a tener problemas al respirar debido al aire cada vez más degradado de la ciudad. Las grandes empresas, incluso, se están quejando de que no pueden atraer talentos extranjeros.

Con seguridad, la contaminación proveniente de las plantas de generación de energía de Hong Kong, del número creciente de automóviles y la floreciente industria marítima, se puede reducir. Pero la parte más grande de esta bruma industrial –como la contaminación creciente de sus aguas costeras- es el resultado directo de la rápida industrialización del delta del río de las Perlas, que está cruzando la frontera en la provincia de Guangdong en China. China no sólo está exportando cada vez más y más productos sino también su degradación ambiental.

La realidad ineludible es que el futuro de Hong Kong y de China están íntimamente vinculados. Hay aproximadamente 58 mil fábricas en el delta del río de las Perlas que tienen relaciones con Hong Kong y en conjunto emplean a más de 10 millones de trabajadores. Guangdong representa aproximadamente el 30% del comercio exterior total de China, mientras que Hong Kong es el centro financiero internacional del país.

Las autoridades de Hong Kong y de Guangdong no pueden solucionar por sí solas sus problemas ambientales. De hecho, los planes de desarrollo en China podrían estar dirigiéndose en la dirección contraria.

Las fuerzas políticas más influyentes en Guangdong todavía son partidarias de una forma de desarrollo que se basa en la velocidad y la cantidad e ignora la calidad ambiental en conjunto. Y el plan económico de Hong Kong también se enfoca en la aceleración de los grandes proyectos de infraestructura, cuyo impacto ambiental no se ha estudiado rigurosamente. No será fácil para los líderes en ambos lados de la frontera dar marcha atrás, pero todavía hay una oportunidad de que las personas y las empresas puedan hacer que las cosas cambien.

Las quejas cada vez más fuertes sobre el deterioro de la calidad del aire han incitado a Hong Kong y a Guangdong a emprender un programa conjunto en el que ahora una serie de estaciones de monitoreo proporcionan datos sobre las emisiones. Los datos sobre las emisiones de Hong Kong se publican regularmente y en 2006 los datos de Guangdong se pusieron a disposición del público por primera vez. Ahora también se habla de monitorear la calidad del agua. Estos son pasos loables para China dado su pobre historial en cuestiones de transparencia.

En efecto, la red conjunta de monitoreo suministra la base para que la región desarrolle un programa sofisticado de administración regional del aire. Adicionalmente, tal vez ya no se permitirá la instalación de nuevas plantas de generación de energía a base de carbón en ningún lado de la frontera, lo que requerirá un mayor uso del gas natural y de fuentes de energía renovable.

El primer reto para las autoridades es regular la generación de energía de forma muy distinta. La gente está acostumbrada a pagar solamente por la electricidad que consume. Pero, para optimizar la eficiencia, se debe premiar a las empresas que apoyen el ahorro de los consumidores. En otras palabras, se tienen que otorgar incentivos a las empresas para que ayuden a los consumidores a utilizar menos energía.

La idea es claramente viable. Amory Lovins, del Rocky Mountain Institute ha propuesto lo que él denomina “negawatt” o energía que nunca se utiliza. Todo lo que se necesita son los incentivos financieros adecuados para inducir a las empresas a que produzcan menos electricidad (y de todas formas seguir siendo más rentables) y a los consumidores a reducir su uso (y obtener ahorros sin sacrificar la comodidad). Esto se puede lograr si se equipan las casas con focos de alto rendimiento y otras mejoras tecnológicas y se aplican en las plantas industriales tecnologías que ahorran energía.

Otra idea innovadora que exploran Hong Kong y Guangdong es el esquema “P2E2”. Para ayudar a las industrias de la región a que se actualicen en materia ambiental, las empresas ahora pueden obtener préstamos especiales en los que el Banco Asiático de Desarrollo absorbe el riesgo –programa que es posible gracias a las sanas prácticas bancarias de Hong Kong.

Otra iniciativa que vale la pena contemplar es el proyecto exploratorio de la bolsa de valores de Hong Kong para ofrecer un programa de comercio de los derivados de las emisiones, que muy probablemente incluirá contaminantes convencionales y carbón. La bolsa de valores llevará a cabo un estudio este verano y el comercio iniciaría ya en el 2008.

Si los esfuerzos para mantener un crecimiento alto a toda costa no echan a perder estas reformas, la región podría no sólo limpiarse sin dejar de prosperar, sino que también podría establecer un modelo para toda China. No hay nada más necesario en un país que, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, cuenta con 16 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo.

Los líderes de Hong Kong no quieren acabar en esa lista infame. Al salvarse, también podrían tener un papel importante en el rescate de China.


Christine Loh es Directora Ejecutiva de Civic Exchange, un grupo de reflexión sobre políticas públicas con sede en Hong Kong.


Copyright: Project Syndicate, 2007.

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