Jorge Eduardo Arellano
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El plan de austeridad lanzado por el presidente Daniel Ortega era necesario desde mucho antes, aunque, por sus limitaciones, no se le augura grandes resultados. Lo primero es la falta de honestidad del autor al tratar de ocultar que lanza ese plan por causa de su propia culpa, pues no son despilfarros ajenos los que pretende corregir, sino los que él mismo ha propiciado. Es obvio que se trata de una rectificación obligada por la crisis económica internacional. Un viraje táctico que ni siquiera ensaya un simulacro de autocrítica.


Sobresale el deseo del presidente Ortega de darle a su imagen un baño de tolerancia y conciliación. ¿Por qué no presentó su plan antes de conseguir los objetivos del fraude y el control de la Asamblea Nacional, si esta crisis no estalló la semana anterior? Estando muy satisfecho como está con los resultados electorales, ahora intenta bajarle el gas a la situación que él mismo creó para que todo parezca haber retornado a “la normalidad”. Éste es el mensaje de su plan: olvídense del fraude y todo lo demás, porque lo importante es “resolver” la crisis.


Hasta la visita del canciller cubano, Felipe Pérez Roque, pareciera ser calculada para apoyar el esfuerzo demagógico de Ortega, pues además de elogiar un “proceso revolucionario nicaragüense” que aquí sólo ven los orteguistas, elogió a su persona en un momento en el cual no aparece por ningún lado un motivo para ello, sino para la crítica. Fuere casual o no esta visita, queda expuesto, una vez más, que la ética y los principios revolucionarios no cuentan cuando se privilegian las razones e intereses de Estado.


De hecho, el inusual discurso “conciliador” de Daniel acentúa mucho su parecido a un golpe táctico, a un simple borrón y cuenta nueva, sin ahondar en las causas ni las motivaciones. Superficial. Nunca demostró la intención de reconocer cuánto le corresponde a él de la vieja cuenta, pero la ha cobrado con creces durante dos años a la mayoría de los nicaragüenses.


Ahora ve necesario y se propone reducir el gasto corriente del gobierno en la adquisición de bienes y servicios y el 50 por ciento en la compra de vehículos y en los viajes al exterior, cuando hace muy poco los hacía con irresponsabilidad y arrogancia de magnate petrolero. ¿Acaso no es por que se le ha criticado este derroche que ha respondido con delirio de atropellador? Un gobernante con intenciones democráticas se disculparía por haber respondido a cuanta crítica se le hizo, con ofensas y acusaciones calumniosas sobre la supuesta conspiración mediática al servicio de intereses extranjeros (la cual no nunca ha dejador existir, pero el orteguismo se la achaca a toda crítica, indiscriminadamente). Sé que el presidente Ortega no es capaz de pedir disculpas, pero lo señalo para que no quepa duda de sus aficiones dictatoriales
Confiesa que deberá seguir insistiendo (mendigando) ante los países cooperantes y de la Unión Europea, pero no tiene el valor cívico de confesar haberse equivocado. Aparte de la ultra derecha, aquí nadie ha criticado la colaboración latinoamericana a través de Alba, pero no es de gobernante serio andar haciendo discursos demagógicos al amparo de Alba para parecer revolucionario y en la práctica tomar medidas reaccionarias (como la nunca olvidada condena del aborto terapéutico). Con su dualidad, Ortega confiesa, de hecho, su carencia de liderazgo político responsable.


Pensar en ahorrar congelando plazas en las instituciones estatales, es una autodenuncia, pues nadie, aparte de él y su copresidenta, las ha llenado de súper numerarios con fines proselitistas o para pagar favores políticos. De todos modos, si su propuesta no fuera una hipocresía, eso le exigiría desmovilizar a los centenares de rezadores de las rotondas; dejaría de consumir agua importada y de usar aire acondicionado en lugares públicos; eliminaría los millares de rótulos y súper rótulos de calles y carreteras “con su bella efigie”; dejaría de construirse gigantescas tribunas; no importaría ni compraría flores por toneladas para ornar sus altares; en fin, dejaría de gastar en mantas y pinturas para su cansina propaganda.


Esos gastos, han dicho los orteguistas, los hace “el partido”. Y “el partido”, ¿de dónde toma tanto dinero? Las cotizaciones partidarias no dan para tanto, menos si se trata de un “partido de los pobres”. Es sospechoso que en su borrón y cuenta nueva, el presidente Ortega ni siquiera pensara en hacer el ofrecimiento de incluir los fondos de la colaboración petrolera venezolana en el Presupuesto General de la República. Sería la única forma de intentar manejarla con transparencia y hacer creíble su promesa de ahorrar.


Resulta irónico, por no decir hipócrita, que el presidente Ortega les ofrezca a los ciudadanos “una reducción de los gastos con máxima disciplina”, siendo que, a la mayoría del pueblo, los gobiernos –incluido el suyo— es a la que le han impuesto una “disciplina de gastos” casi de fakir o de santo mártir, mientras los gobernantes no sólo han derrochado los recursos en su consumo personal y familiar, sino también robándolos por millonadas. ¿Este señor de la “máxima disciplina de gastos”, no es el mismo presidente Ortega que ha canjeado con el ladrón Alemán su condena de 20 años por el control
de la directiva de la Asamblea Nacio-
nal?
Ría o llore usted, con la siguiente amenaza de Ortega: “Es necesaria una política de ahorro, porque si no se establece, al final no va haber para nadie”. ¡Y cuándo aquí ha habido algo para todos, señor presidente!
Aunque quisiéramos creer en la sinceridad de la “máxima disciplina de gastos”, mayor es el volumen de abusos gritándonos que no se puede confiar. Una de las culpas no confesadas por el presidente Ortega es ser el autor de la violencia política de antes, durante y después de las elecciones del 9 de noviembre. Sin embargo, propone a los partidos terminar con la violencia política, para que la Policía Nacional pueda disponer de sus fuerzas para asegurar la seguridad ciudadana. ¿Debo preguntar, acaso, si la excitativa “pacifista” del presidente Ortega merece calificarse como una solemne demagogia?
Tenemos un carnaval demagógico sin fin. Finalmente, comentaré con brevedad dos cosas más: una es que la preocupación sobre la “seguridad ciudadana”, el presidente Ortega la hubiera demostrado desde antes de mandar sus garroteadores a reprimir manifestaciones cívicas y a los policías que “las protegen”.


La otra es que detrás de la supuesta preocupación presidencial podrían estarse ocultando las verdaderas razones por las cuales ha creado su policía personal, al margen de la Policía Nacional: los camisas azules y rosadas que han aparecido ejerciendo funciones policiales. Por el peligro que entraña para el futuro de la tranquilidad ciudadana, lo de estos grupos ilegales merece tanto o mayor atención que sus otras propuestas. Y de lo que viniere en camino con estos grupos, dependerá saber si lo expuesto por el presidente Ortega el martes 20 de enero sobre la “seguridad ciudadana”, es una preocupación real o un acto de fariseísmo.