Jorge Eduardo Arellano
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El próximo 5 de febrero se cumple el 50 aniversario de la muerte de Salomón de la Selva, uno de los poetas más extraordinarios que engalanan la literatura nicaragüense y el más erudito de nuestros humanistas. “Un gran poeta tradicional y de mañana. Un clásico con toda la barba”, decía Carlos Martínez Rivas.


Salomón de la Selva, Alfonso Cortés y el Padre Azarías H. Pallais, forman ese maravilloso trébol lírico que la ciudad de León de Nicaragua aportó a las letras nicaragüenses para dar auténtica continuidad al legado poético de Rubén Darío. Los tres se reconocieron discípulos de Darío, pero siguieron fielmente su consejo: “Lo primero, no imitar a nadie, y, sobre todo a mí”. Porque no lo imitaron, pero sí lo continuaron, hoy se les tiene como el legítimo relevo poético del Maestro Rubén.


En 1918, De la Selva publicó su primer libro de poemas “Tropical Town and Other Poems” que, aunque escrito en inglés, está lleno de evocaciones de la patria lejana y de su ciudad natal. Este libro lo consagró como uno de los mejores poetas en idioma inglés. Mariano Fiallos Gil afirmaba que Salomón pudo aprovechar esta coyuntura y seguir escribiendo en inglés, pero prefirió buscar su raíz hispánica, entre otras cosas, por el hecho de que por entonces Nicaragua estaba ocupada por tropas de los Estados Unidos.


Ese mismo año 1918, poco antes de que finalizara la Primera Guerra Mundial, Salomón se alistó como soldado raso voluntario bajo las banderas del rey de Inglaterra, Jorge V. Las experiencias en el campo de batalla, en tierras de Flandes, las mismas de la ciudad de Brujas, la ciudad que “embrujó” a Azarías H. Pallais, inspiraron a Salomón los poemas que dieron contenido a “El Soldado Desconocido”, escritos en Nueva York en 1921 y publicados en 1922 en la ciudad de México, con portada dibujada por el gran pintor mexicano Diego Rivera.


Con los poemas que componen este libro se inició entre nosotros la nueva poesía, la poesía moderna, que supera el modernismo de Darío e inaugura lo que más tarde se conocería como literatura de vanguardia. En este libro Salomón aprovecha las experiencias de la nueva poesía norteamericana (lenguaje coloquial, el feísmo, el exteriorismo, el prosaísmo y el verso libre) y las introduce a la poesía española. Sin embargo, antecedentes de estas innovaciones se encuentran en la poesía de Rubén Darío, particularmente en su obra “El Canto errante”. Afirma Stefan Baciu que: “En el cuadro general de la poesía latinoamericana, El Soldado Desconocido es un libro impar”... “que abre camino a la poesía humanitarista y social”... “Este poema, escribió en 1954 el crítico Octavio Trías Aduna, ha influido más poderosamente, de lo que quisieran confesar, en muchos poetas contemporáneos”.


Más tarde, Salomón abandona esa línea innovadora, que quizás no le pareció adecuada para su nueva etapa poética, representada por su “Evocación de Horacio”, “Evocación de Píndaro” y “Canto a la Independencia Nacional de México”. Ambas Evocaciones y el Canto, consagran a Salomón en una nueva faceta: la de altísimo poeta neoclásico y político.


El “Canto a la Independencia Nacional de México”, Salomón lo publicó en ocasión del segundo centenario del nacimiento del Padre de la Patria mexicana, el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla (1953). Éste es otro poema donde campean a la vez la erudición y la belleza formal. El poema es de un alto contenido didáctico. Hay quien descubre en él una verdadera paideia hispanoamericana: síntesis de principios educativos, éticos y políticos:
“La Independencia fue para que hubiese pueblo
y no mugrosa plebe; hombres, no borregos de desfile.”


A los 66 años de edad, la muerte le sorprendió en París, el 5 de febrero de 1959. (Darío murió un 6 de febrero y Alfonso Cortés un 3 de febrero). La Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, que un año antes le había otorgado el título de Doctor Honoris Causa, gestionó el traslado a Nicaragua de su cadáver y se encargó de organizar, con gran solemnidad y sobriedad, sus honras fúnebres. La lápida que cubre la tumba de Salomón de la Selva en la Catedral de León reproduce la que fue siempre su divisa: “Sólo en las más altas tierras estas águilas anidan”.