Jorge Eduardo Arellano
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--Gobernabilidad, ¿qué es eso?
--Si no entendés esto, entonces no entendés nada.


--El que no entiende sos vos, aquí lo que hay que entender es que debemos asegurar el poder, mantenerlo y ejercerlo contra el enemigo--.


Podrás imaginar este o cualquier diálogo con el Presidente o sus más íntimos, incluyendo, por supuesto, a la “Mediapresidenta” no electa sino elegida por él, depositaria del cincuenta por ciento del poder, y no te equivocarás. Será más fácil que un camello entre al reino de los cielos, a que te confundás en cuanto a la naturaleza autoritaria del grupo de poder del Frente.


Ellos entienden lo que es la gobernabilidad, no comprenden tampoco que su país ha firmado convenios internacionales que lo comprometen con la democracia. --¿Cuál democracia?, a mí no me hablés de esa democracia burguesa, hablame de la democracia de los pobres--. No asimilan que deben cumplir reglas mínimas para asegurar la convivencia pacífica. No, ellos atropellan. Se burlan cuando con un sentido mínimo de justicia invocamos desde la llanura los derechos humanos, civiles y políticos.


--¡Oligarcas!, ¡agentes de la CIA!, ¡lamebotas del imperialismo yanqui!--.


De repetir y repetir, luyen las palabras. Se desgastan, sus conceptos van perdiendo significado, su discurso suena hueco, alevoso, cínico, mal acomodado, y hasta pérfido.


No esperarás otra cosa de pensamientos estrechos anclados en un pasado lejano, atrapados entre los retorcidos procedimientos de la conspiración de los misteriosos y brutales hombres de la Inteligencia y de la Contrainteligencia, de la Seguridad del Estado, de tortuosos militares atropelladores, casados con el ordeno y mando, con el verticalismo. Les será ajeno el discernimiento, el respeto, la diversidad.

--No me hablés de esas pendejeras de la tolerancia--.

Ofendieron y ultrajaron con lo peor a la representante de la Comunidad Europea y a la Embajadora de Suecia. Con lenguaje bárbaro, prepotencia inaudita, palabras soeces, grotescas ínfulas pandilleras, vocablos de asaltantes de callejones oscuros, uno a uno varios funcionarios públicos, diplomáticos de la vulgaridad, soltaron su lengua primitiva, improperios y bascosidades, comidilla de días, avergonzándonos. No midieron sus palabras obnubilados como están con el poder, con su mesianismo.


Un Daniel Ortega al que los medios reconocieron que por primera vez en mucho tiempo no ofendió a nadie, ni siquiera a los periodistas y medios de comunicación que usualmente somos su blanco favorito, reconoció la grave encrucijada en que nos han metido ellos mismos al ahuyentar la cooperación internacional. El Presidente se mostró agobiado, aunque con relámpagos de lucidez: --Se acabó la cultura del no pago--. ¡Vaya! Más vale tarde que nunca. ¿Reconocerá alguna vez en el futuro la validez, necesidad y trascendencia de la libertad de expresión? ¿Admitirá la crítica?
--¡Ahora somos más libres!--, resuena la torpeza desafiante, en nuestros oídos. --Para eso tenemos la cooperación de Venezuela--. Pero no pudieron cerrar la brecha.


Con facilidad se dejarán llevar por calenturas ideológicas divorciadas de la realidad. Se comportarán como tromponeros, cual caballos cocheros no mirarán su entorno, seguirán el camino trazado en conciliábulos secretos y atropellarán a cuantos se les pongan en frente, porque el poder es del pueblo y el pueblo es el Frente. Lo dicen en serio, como posesos, hechizados, creyendo que cumplen una misión, se creen los designados por los espíritus de Sandino y de Rubén Darío, que en viajes estelares misteriosos vinieron a ellos y les develaron su histórica tarea. Son los iluminados.


En el otro extremo del espiritismo, los euros han significado en los últimos años el 85 por ciento de la ayuda líquida para la inversión pública, pero ellos no pensaron en eso. Ahora dicen que los buscarán para persuadirlos de que vuelvan a ayudarnos. Pero no revisarán el vergonzoso fraude electoral. --Ni con los historiadores--, vuelve la prepotencia, el mando y ordeno, el autoritarismo rampante. Reconocen el apuro, pero no la causa, no les da para tanto su cerebro aprisionado en la inmodesta y exuberante lujuria del poder. No se dan cuenta. Se olvidaron de las moscas que se paran sobre la inmundicia y del agua bendita para las diablas.


--¡Derechos humanos!, derecho a manifestarse. Disentir, protestar, criticar…, no me jodás, ésas son conspiraciones de la CIA--.


Ahora los desaforados gritones y descomedidos ofensores llaman al ahorro y prometen apretar la faja del Estado, pero no desmantelan su circo de pagados rezadores y rezadoras con inodoros portátiles en cada rotonda, mientras los ancianos se orinan en sus pañales de adultos y pantalones en el calvario de las filas para retirar sus pensiones; no suprimen sus campañas difamatorias en execrables medios de comunicación; no suspenden las carísimas tarimas diseñadas bajo los enfoques de la terapia floral, el esoterismo y el espiritismo. ¿Seguirán consumiendo agua Perrier? ¿Continuarán derrochando en rótulos gigantescos “Cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios” y la imagen sonriente de Daniel? ¿Seguirán las mantas “El amor es más fuerte que el odio”?
Deberán apoyar el plan de austeridad del gobierno ante el hueco de sesenta millones de dólares dejado por los europeos, pero antes la cúpula del poder debe dar el ejemplo. Se contradijeron en el uso de una parte de las reservas internacionales, uno dijo sí y el otro no. Y las medidas no fueron consultadas con nadie --ni siquiera de mentiritas con sus CPC con los que lampacean el piso--. Y no incluyen el gran vendaval que se aproxima.


En uno de esos unilaterales informes del plan ante la crisis económica, observé al Presidente Ortega. Estaba bien peinado, con su voz fuerte y tono bochinchero, pero calmado, inútilmente trataba de ocultar una profunda tristeza en sus negros ojos atrapados en un fondo demasiado acuoso. De regreso a casa, ¿lloraron esos ojos? Eran ojos languidecientes, sin brillo ni energía. ¿Qué le pasa? ¿Estará enfermo, como se dice? No me regodeo del dolor humano y no le deseo ningún mal, al contrario, ¡larga vida y un buen gobierno!, pero esos desconsolados ojos, esos ojos abatidos, esos melancólicos ojos, dolientes y angustiados, esos ojos me han perseguido varios días. Vi los ojos de un Presidente derrotado. Quizás era una mirada circunstancial. Quizás era la expresión de una genuina preocupación ante la tormenta que se avecina, aunque no creo, esa miraba expresaba algo más, algo profundamente existencial de su yo más recóndito.


*Editor de la Revista Medios y Mensajes
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