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Actualmente, el Mercado Oriental cubre 80 manzanas. Se desborda sobre los barrios de Ciudad Jardín, Santo Domingo, Los Ángeles, 19 de Julio, etc., hasta rozar la orilla de la Carretera Norte, como un aluvión que deja su secuela de damnificados, desolados por la suerte adversa. Más que con el ánimo de vender algo, los pequeños comerciantes van al mercado pregonando la desesperación y el hambre en la mirada. Es una mezcla extraña de mercado y de barrio carenciado, dentro de Managua, donde viven, cargando su canasto de desgracia, más de 20 mil personas. Ahí, a la buena de Dios, sin ningún plan, hay 9 mil 300 comerciantes fijos, y una gran cantidad de vendedores ambulantes.


¿Qué explica esta gigantesca actividad informal, ese complejo desorden social?
Neruda pretendía reconocer en un mercado las manos de su amada: “Yo en un mercado, o en un mar de manos, las tuyas reconocería como dos aves blancas, diferentes entre todas las aves. Tus manos van y vienen, y se repliegan dormidas en mi pecho. Por algo se dispuso en la tierra que durmiera y volara sobre mi corazón este milagro”. Aquí, en este mercado, sin embargo, no podría distinguir Neruda quien dispusiera, a manotazos, que los obreros deban falsear su vida ofreciendo caramelos.


No sólo la mano invisible del mercado genera desigualdades sociales, sino, también, intereses más invisibles aún, de funcionarios que frenan la productividad y la formación de la nación porque de sus privilegios y del tráfico de influencias, vinculado a las instituciones del Estado, obtienen una mayor riqueza personal.


No es casual que la ideología de estas capas dirigentes reaccionarias, que conducen a la sociedad a una franca descomposición y retroceso, recurra a los recursos más primitivos de la religión, para fomentar en las masas, empobrecidas, la desorganización y la atomización de su conciencia política y social, promoviendo, a cambio, la resignación individual y la esperanza pasiva en el más allá.


La falta de una política económica progresiva, de un equilibrio tributario que canalice fondos económicos para estimular el desarrollo industrial del agro, fomenta la desintegración social, que se manifiesta en la emigración interna y en la emigración externa de la población trabajadora.


La falta de una política responsable, que planifique de manera centralizada todo lo concerniente al proceso de producción, produce un retroceso de las clases sociales, debilita profundamente a la clase trabajadora, y con el flagelo del desempleo transforma al proletariado agrícola y urbano en lumpemproletariado.


Por su lado, la emigración interna, menos audaz en la búsqueda de horizontes nuevos, busca en el comercio informal una forma elemental, anárquica e ilegal, de sobrevivir al desempleo. El Mercado Oriental es, así, el reflejo social de la desintegración económica del país. Puede verse en el corazón de Managua, bajo una lupa gigantesca de ochenta manzanas, la involución histórica de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción capitalista en este país.


Estas capas reaccionarias, que desde hace treinta años se turnan y reparten el poder, más que en la represión de la dictadura militar se diferencian del somocismo en que su enriquecimiento parasitario, a la sombra del Estado, ocurre en un modo de producción precapitalista; y requieren de la ayuda externa para saldar el déficit creciente entre los gastos ineficientes de su gobierno y los ingresos insuficientes del Estado.


A este modelo precapitalista, a la incapacidad de gestión administrativa, y al deterioro institucional que restringe el crecimiento económico, le corresponde un flujo urbano de trabajadores desesperados, a los que el detrimento productivo les arrebata el arado, el machete y el tractor; o la plomada y el codal; o la máquina hiladora; o el pizarrón y la tiza; para tirarlos como parias, en un escenario de pobreza medieval.


Echados a fuerza en un caos de marginalidad, los trabajadores irrumpen en el Oriental como una red de vendedores ambulantes que ofrecen fruslerías en condiciones urbanísticas insalubres.


No obstante, en cierta medida, una pequeña capa logra el privilegio de una acumulación primitiva de capital, con el comercio irregular. Vinculadas al poder político, algunas familias acaparan hasta 40 tramos en el mercado y se dedican al subarriendo. Pagan de 200 a 300 córdobas por tramo, y los subarriendan, según la ubicación, hasta en 4 mil córdobas. Así se subarriendan hasta 2 mil tramos en todo el Oriental.


En una economía emergente, un mercado municipal ordenado obedece a reglamentos técnicos de seguridad e higiene, impuestos obligatoriamente a los comerciantes. Quien transita por el Oriental percibe a cada paso, en cambio, el peligro latente de un incendio. Viene a la mente, entonces, en medio del desgobierno del mercado municipal, la fábula de Esopo que enseña que el consejo, por bueno que sea, si es fuera de tiempo de nada sirve.


“Murióse un enfermo a quien visitaba un médico, y llegando éste cuando le estaban amortajando, dijo a los que allí se hallaban: Si este hombre se hubiera abstenido de beber vino y hubiera usado de las lavativas, sin duda no hubiera muerto. Oyendo esto le respondió uno, con no poca gracia: Médico, esos consejos se los debisteis dar cuando estaba vivo y podrían aprovecharle, no ahora que para nada le sirven”.


Luego del incendio, ocurrido en agosto del año pasado, el Consejo Municipal mandó que se regulara la construcción de tramos en el Mercado Oriental. Que se permitiera el acceso de las vías públicas para que se pudiera construir la red de distribución eléctrica, y darle mantenimiento; y para que se resolviesen los problemas del suministro de agua, de instalación de hidrantes, de manjoles; y se garantizara así la seguridad de los usuarios conforme al plan estratégico de ordenamiento del mercado.


Sin embargo, se construyeron tramos modernos, semejantes a las tiendas de Metrocentro, en medio de la vía pública. Commema se limitó a exigir que los tramos, si eran de dos plantas, cumplieran con los requerimientos antisísmicos.


Esta falta de dirección, esta impotencia de las autoridades para reglamentar e imponer un orden técnico en el mercado revela, desde otro ángulo, la misma disolución de la nación; la tendencia prevaleciente hacia la dispersión propia de una sociedad precapitalista, en la que se consolida el interés y el poder de sectores aislados vinculados a la burocracia medieval, por encima de la planificación especializada en función del interés nacional.


Veremos quién - como el médico de la fábula de Esopo - dará consejos elementales de seguridad… cuando sea demasiado tarde.


*Ingeniero eléctrico