Jorge Eduardo Arellano
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Habían convenido que de vez en cuando uno de los caminantes comentara, sin pretensión de erudito, su lectura de ese momento, y Caresol se había ofrecido de voluntario para abrir los fuegos esta mañana, ya que acababa de terminar la lectura de ‘El cielo llora por mí’, novela policíaca del escritor Sergio Ramírez Mercado, publicada por Alfaguara a finales del año pasado, es decir de muy reciente aparición, aunque no se podría decir que fresca como una lechuga debido a la cantidad de asesinatos que por culpa del narcotráfico en ella ocurren. “Ella, desde luego –decía Caresol– puede ser la novela o Nicaragua. Es difícil de separar la trama entre ficción y realidad que les toca vivir a los inspectores Dolores Morales y Bert Lord Dixon, antiguos guerrilleros hoy policías, como no pocos en la actualidad, y la sórdida lucha entre policías y cárteles, donde el veredicto podría ser que nadie, ni el lector, es inocente. La ironía y el humor atenúan la sordidez de un ambiente tan real como la política que nos asfixia. Los cárteles de arriba tienen analogía con los de abajo y viceversa. Ahora bien, antecedentes de la novela policíaca en Nicaragua, son tan inexistentes que el mismo Sergio Ramírez resulta ser su propio antecedente con ‘Castigo Divino’, basada también en un caso real, el del asesino Oliverio Castañeda, cuyo apego a la realidad, aún cuando hubiera cambiado los nombres reales de los protagonistas por los de personajes supuestamente ficticios, le valieron a su autor el enardecido deseo, por lo menos de parte de un sector de la sociedad leonesa, de que junto con esa novela ardiera en las llamas de la inquisición.”

“Aquel chisporroteo no opacó, sino que al contrario lo acrecentó, el éxito de ‘Castigo Divino’ –continuó diciendo Caresol–, novela que quizás sembró en Sergio el reto de volver a incursionar en el género policíaco, como lo ha hecho ahora con ‘El Cielo llora por mí’. En Nicaragua siempre ha existido una predilección del pueblo lector por el género policíaco quizás solo superado por las novelas de vaqueros o del oeste norteamericano. Las ventas o alquileres de libros de estos géneros en los mercados, confirman lo que digo. Muchas de estas novelas policíacas, con advertibles variaciones sobre un mismo género, provienen de plumas mexicanas, anodinas, que son la predilección de doña Sofía, un personaje clave en esta novela. Desde luego que los mexicanos tienen maestros en este género, como Taiboo I y Taiboo II, y desde otro ángulo y pese a su proliferación, las novelas de misterio de Agatha Christie y su compañía de escritores, han obtenido la aceptación o perdón de una capa de lectores más exigentes, que antes le adversaban. Para mí, Sir Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes y del Dr. Watson, sigue siendo lo máximo. Incluso doña Sofía, ese personaje de Sergio Ramírez infiltrado en su propia novela, tiene mucho del Dr. Watson, pese a ser doña Sofía una sencilla afanadora, también antigua guerrillera como su jefe, el inspector Dolores Morales, quien, junto con el inspector Bert Dixon tolera sus impertinencias e intromisiones, pues a la postre tienen que aceptar lo acertado de éstas e incluso tácitamente depender, sin reconocerlo, de las mismas. Diría que Sergio Ramírez, desgarbado, alto, de aspecto soñoliento y no bastándole con esto, apretando los ojos hasta hacerlos invisibles al hablarle a doña Sofía, asume con desenfado los papeles que le asigna doña Sofía: el de Sir Conan Doyle y el de Sherlock Holmes a la vez, y ella se posesiona del de Watson, a la hora de preguntarse del porqué, lo cual no aparece en esta novela, la Mafia Rosada persigue encabezada por la hermana Aparecida, quien sí aparece en esta novela, al autor de la misma. Pero en fin, ésa es otra novela, inconclusa, que por ahora no viene al caso”.

“Me dijo doña Sofía, que en esta novela tienen una gran importancia las notas rojas y crónicas policiales, así como información clasificada que ella descubrió, como el caso de que a lo interno de la policía el comisionado Umanzor Selva, supuestamente porque era imprescindible en su puesto, siempre fue vetado para ascender a Comisionado General y mucho menos a Primer Comisionado. ¿Parecidos con la historia real? Precisamente las notas rojas y crónicas policiales, manejadas con maestría por Sergio, son sus insumos y son la historia de nuestro bajo mundo que ya no se diferencia de nuestro alto mundo. Ahí aparece, por ejemplo, la mansión o terraza de Byron Jerez, desde luego que en clave de sol. Porque el autor por ironía sucumbe a viejas tentaciones en cuanto al juego de nombres de personajes existentes, reales e irreales. Fue doña Sofía quien descubrió todo esto, y me puso este párrafo como ejemplo: La hermana Aparecida, vestida de color ciclamen, flaca y demacrada, agitaba sus abundantes pulseras al alzar los brazos, y llevaba cargados de anillos todos los dedos. A sus espaldas, sobre un telón de abigarrados colores, se destacaba el emblema de su iglesia, una inmensa mano abierta con un ojo en medio.”

luisrochaurtecho@yahoo.com