Jorge Eduardo Arellano
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Henri Wilson*
Una de las prioridades de todo gobierno municipal debiera concentrarse en erradicar la depredación humana que avanza de manera implacable arrasando bosques, devastando campos, contaminando las fuentes de agua y ocupando las tierras cultivables que a la postre se convierten en un recurso no renovable ante la incontrolable proliferación demográfica del país. Si no se administran correctamente nuestros recursos naturales desde las alcaldías, nada podríamos contribuir y mucho menos exigir al gobierno central.

Al viajar desde Managua hacia cualquier departamento con el mínimo de atracción turística, uno se convence de que la calamidad de contaminación del aire, de las calles y el agua, es más grave e inmanejable en otros lugares que en la capital. Granada, Masaya, Rivas... desaguan heces y podredumbre en ríos, lagunas y lagos, además que el transeúnte arribeño, al recorrer los andenes y puentes, respira una fetidez insoportable que asciende de los manjoles y alcantarillas atascadas, cauces rebalsados de inmundicias y pequeños ríos negros en las cunetas, recordándonos nuestra realidad penta mundista y arruinando la impresión de numerosos extranjeros que buscan el paisaje y el esparcimiento interrumpidos por la indecencia de estas ciudades.

Una y otra vez los europeos han invertido dinero para incentivar en la gente el respeto al medio ambiente; numerosos proyectos de conservación, limpieza, drenaje... no pasaron a la etapa de ejecución, y los que sí lo lograron, fueron evidentemente ineficaces. Sólo el interés mezquino personal de los administradores de las distintas alcaldías, que ven una oportunidad para enriquecerse en perjuicio de su municipio, podría explicar el desastre en que se encuentra hoy en día la mayoría de comunidades del país, diezmadas por la corrupción institucional hondamente arraigada.

Ya se pronostica que dentro de poco, Nicaragua estará bebiendo, al igual que otros países, el agua reciclada de los servicios, purificada por ósmosis y radiaciones ultravioletas gracias al agotamiento de mantos acuíferos y contaminación de manantiales. Pero ingerir agua impotable no es producto del progreso generado por alguna mega industria, ya que a diferencia de las grandes potencias, la pobreza y el desmejoramiento en los niveles de vida de la población van de la mano con la degradación ambiental.

La Dirección de Urbanística ha sido tan ineficaz como la de Políticas Públicas. ¡Los asentamientos espontáneos y precaristas deben desaparecer, al igual que las villas, colonias y proyectos habitacionales!, algo incomprensible para la mentalidad estrecha y escasa visión de nuestros ediles.

Mientras no entendamos que la tierra es un recurso no renovable, no podremos enrumbarnos hacia el progreso. La búsqueda febril de “bancos de tierra” para paliar el hacinamiento y déficit de viviendas, debe sustituirse por programas de no proliferación demográfica, reduciendo los índices de natalidad a lo mínimo y por ende la densidad poblacional. Debe formularse un proyecto de obras verticales focalizadas en los emporios económicos de cada ciudad. Debe legislarse draconianamente para condenar el acto de fecundación y hacer punible el concebir en condiciones infrahumanas y de baja extracción social. Deben protegerse nuestros campos cultivables y detener los cordones de miseria que van estrangulando la ciudad y ahogando las tierras productivas, potreros y fincas de actividad agropecuaria...

A veces es necesario regresar al pasado para entenderlo, aunque sea demasiado tarde. No sólo las periferias de las ciudades avanzan con sus casuchas y residencias tragándose llanos enteros, vegas, cerros... y barrancos. ¡También los cementerios reclaman su bocado de tierra, como si fueran símbolos del progreso! Y ese avance horizontal y desaforado de los panteones es la mejor muestra del subdesarrollo, ocio, estancamiento, nula creatividad y poca imaginación en los gobiernos municipales. La reverencia o respeto que se debe a criptas y lajas enterradas, es hoy tan anacrónico y disparatado como infantil o retrógrado. Si se pretende mantener a los vivos masticando su condumio, no se debe volver improductiva la tierra, embarazándola con cementerios desaliñados en alguna zona rural y recóndita, ya que produce un efecto igual o peor al de suntuosas necrópolis en la ciudad.

Un alcalde sesudo y con visión de futuro formulará, ejecutará y buscará financiamiento para proyectos de “incineración masiva de cadáveres”, importando los crematorios necesarios para instalarlos en cada pueblo o comarca de manera accesible a la población, que siempre ha sido esquilmada con la compra de terrenos, renta e impuestos por mantenimiento de las tumbas. El acabar carbonizados en una cajita oblonga para conservarla en un nicho de chimenea o lanzar las cenizas al aire libre, en la tierra o en el mar, también debe ser un servicio, derecho o privilegio de todo mortal, basándonos en la igualdad de clases que impulsa y defiende el socialismo del siglo XXI.

Si por su elevado costo se hiciera imposible la adquisición de dichas maquinarias, las cordilleras y bosques bien podrían sacrificar alguna hojarasca, leña de chaparrales o estopa necesaria en piras artesanales, a guisa de los antiguos griegos que despedían a sus héroes en la asunción del fuego, genuina aspiración de todo ser humano. También se podría utilizar la inflamable ceremonia del diesel o gasolina abaratada por Albanisa o Petronic; o ya por último, bien se podría quemar cualquier despojo putrefacto en las distintas “churecas” existentes, para que el detritus humeante entre la basura pueda eliminarse totalmente con el tiempo... todo con tal de no hastiar más a la tierra con los camposantos de desolación.

Realmente es algo muy complejo esto de eliminar muertos y vivos. Resultaría más económico empalar los cuerpos suspendiéndolos en pilotes y sajar sus talones para que luego de prenderles fuego, la combustión y el viento realicen el arduo trabajo de pulverizar esqueletos, pero no como en los rituales clandestinos de la guerra, en que a menudo se dejaban hueseras blancas internadas en la selva... Porque es aún más complicado implementar los métodos de esterilización y selección natural de las especies, algo que de alguna forma tendría que llevarse a cabo por los nuevos gobiernos municipales del poder ciudadano, una vez liberados de las ataduras morales y prejuicios de los antiguos valores que todavía subsisten.


*Catedrático de Antropología Cultural
wilsonhenri@yahoo.es