Jorge Eduardo Arellano
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Hace unos días envié una nota al Dr. Jorge Eduardo Arellano, declinando su invitación a un debate para identificar “las características que debería tener un presidente democrático en todas la épocas” (ver END, 23/01/09). En este debate, el Dr. Arellano postularía a Vicente Cuadra (1812-1894) “como nuestro mejor mandatario del siglo XIX”. Supongo, entonces, que yo tendría que haberme presentado con mi propio candidato para el título de Mr. Democracia.

No puedo participar en la discusión a la que me invita el Dr. Arellano; entre otras cosas, porque hacerlo sería legitimar y peor aún asumir como propia, la conmovedora ingenuidad sociológica que él expresa en su artículo. Esta ingenuidad merece una explicación.

Jorge Eduardo es un valioso intelectual nicaragüense; uno de los mejores. Desde hace mucho tiempo yo he admirado, por ejemplo, su invaluable contribución a la recuperación de la memoria histórica de nuestro desmemoriado país. El gran problema de Jorge Eduardo es que se mete en todo y opina con gran vehemencia en áreas que no domina. Su propuesta para escoger al “ídolo” de la canción democrática nicaragüense es un ejemplo de su incapacidad para establecer los límites de su propio conocimiento. Esto --lo digo de todo corazón--, es una verdadera lástima. Todos perdemos cuando alguien que sabe mucho sobre algunas cosas se dedica a pontificar sobre cualquier tema.

Acusado de detractor

El Dr. Arellano me acusa de ser uno de los principales “detractores” de Vicente Cuadra. Cualquiera puede revisar el libro en donde, según Arellano, yo denigro la honra de este señor. Encontrará que mi acusador abusa del diccionario cuando usa la palabra “detractar”. Esto es preocupante si consideramos que el Dr. Arellano es el Presidente de la Academia Nicaragüense de la Lengua, posición que no lo autoriza a lengüetear, en la acepción cubana de esta palabra.

Mi libro Entre el Estado Conquistador y el Estado Nación (2003; 2008) ofrece una interpretación de la influencia del pensamiento político de las elites nicaragüenses en el desarrollo de nuestro Estado. Como parte de esta interpretación, analizo el pensamiento político de Cuadra y hago referencia a su personalidad en algunos aspectos que son relevantes para evaluar su liderazgo.

Señalo que ni el estilo de liderazgo de Cuadra, ni su visión económica y política estaban a la altura de los retos que enfrentaba Nicaragua en la segunda mitad del siglo XIX. El principal de estos retos era la ampliación de la ciudadanía efectiva y la construcción de un consenso social que representara con justicia, los derechos y las obligaciones de los diferentes sectores de la sociedad nicaragüense.

El régimen de los Treinta Años dentro del que se inserta la presidencia de Vicente Cuadra hizo todo lo contrario a lo que el país necesitaba: legalizó y justificó la exclusión de las grandes mayorías, mediante la creación de un sistema político fundamentado en lo que Emilio Álvarez Montalván llama un estilo tradicional “paternalista-autoritario” del poder (Álvarez Montalván, 2000). Este estilo formaba parte de la cultura elitista latinoamericana del siglo XIX. Sin embargo, las características que esta cultura adquirió en Nicaragua fueron especialmente retrógradas. Después de todo, las elites nicaragüenses del XIX eran atrasadas y deficientes en relación con sus contrapartes en la inmensa mayoría de los países de la región.

La visión de Cuadra también fue deficiente y atrasada en el ámbito económico. En su libro Las Notas Geográficas y Económicas sobre la República de Nicaragua, publicado en 1873, Pablo Lévy señala la pobreza y las limitaciones del pensamiento económico dominante en Nicaragua hasta ese momento: “Nicaragua no ha tenido hasta ahora hombres de capacidad formal en materia de hacienda pública. Los Ministros de este ramo, sacados de la vida privada por los Presidentes, y simples comerciantes en su mayor parte, no han encontrado nada mejor que aplicar al manejo de los fondos públicos los principios de la economía doméstica, buscando el equilibrio entre los ingresos y los gastos, no en un aumento de impuestos por temor de la impopularidad, sino en una disminución de gastos, que reducían a todo trance”.

La austeridad de Cuadra, que el Dr. Arellano interpreta como una gran virtud, formaba parte de un estilo de dirección que hubiese sido efectivo en la administración de una tienda de abarrotes, pero no en la conducción del desarrollo de un país como Nicaragua. En su libro Gobernantes de Nicaragua (1996), Aldo Díaz Lacayo –a quien Arellano cita selectivamente en su artículo para elevar la imagen del presidente Cuadra-- confirma la limitada visión y capacidad de este mandatario: “Vicente Cuadra gobernó con criterio campesino: su concepto de la economía equivalía al de la riqueza fundamentada en el no-gasto y en las cajas de caudales repletas de dinero, en plata constante y sonante; sus amigos ilustrados se apresuraron a aclararle que la riqueza no depende del dinero sino de la renta, y multiplicaron vertiginosamente sus capitales”. Estos fueron, continúa Díaz Lacayo, “los primeros empresarios en la historia nicaragüense que, aprovechándose –y hasta mofándose—de la ingenuidad presidencial, hicieron del Estado un botín”.

La democracia

Arellano usa la palabra democracia como si se tratara de un nombre común y no de un concepto. El concepto de democracia hace referencia a dos cosas: un sistema formal-legal para la resolución de conflictos políticos, y un consenso social sobre las relaciones entre el Estado, la economía y la sociedad. En su artículo, el Dr. Arellano ignora olímpicamente ambas cosas. Se dedica a hablar de las cualidades personales de Cuadra y asume que ellas son suficientes para determinar la calidad democrática de un gobernante y de un régimen.

Nos dice que “la transparencia legal y el orden práctico” fueron “las divisas” del gobierno de Cuadra. Nada nos dice, sin embargo, sobre la naturaleza y los efectos sociales de las leyes y del orden que promovía y defendía Cuadra. Gasta siete líneas de su artículo para hablarnos con entusiasmo de los avisos que publicaba el presidente para dar a conocer su horario (a los pocos que podían comprar un periódico y leer), pero no dice una sola palabra sobre las terribles condiciones de las poblaciones indígenas del país durante la época que él insiste en presentar como la Edad de Oro de Nicaragua.

Alaba a Cuadra porque éste predicaba su interés en velar por “el bien general”, pero no dice nada sobre la limitadísima extensión real de este concepto durante los Treinta Años. Se conmueve y trata de conmovernos señalando que Cuadra “asumió su función pública sacrificando en aras de ella sus intereses privados”, pero no explica el sentido de “lo público” en el semiprivado y cuasiincestuoso régimen que tanto admira. Finalmente, elogia el “apego” de Cuadra a la constitución del 58, pero no revela la orientación ultraelitista de este documento.

La visión totalmente ateórica de la política que ofrece Arellano lo lleva a proponer que el “debate” al que me invita a participar termine identificando nada más y nada menos que “las características que debería tener un presidente democrático en todas la épocas” y, por lo tanto, para cualquier tipo de sociedad. Así las cosas, el Dr. Arellano propone al Presidente Cuadra como la pomada china de la democracia nicaragüense sin darse cuenta de que si este hombre resucitara hoy, moriría de horror ante el triunfo de “la rebelión de las masas” que él trató de frenar para mantener la “tranquilidad” de las elites conservadoras (ver Casanova Fuertes, 1995). Esta “tranquilidad” consistía en mantener una estructura de participación ultralimitada.

El mismo Arellano reconoce en el tomo II de su Historia Básica de Nicaragua (1997), que la Constitución de 1858 “limitaba a los estratos altos la participación política y establecía un complejo sistema de votación indirecta.”. Y agrega: “El acceso a los cargos públicos dependía del capital que se poseía”. En este sistema, continúa Arellano, “el número de electores era muy reducido: sólo 654 en 1871 para una población de 230.000 habitantes”.

Debo confesar que es dolorosamente aburrido tener que señalarle a un adulto como Jorge Eduardo que el apego a la ley de un gobernante no nos dice nada sobre la democracia a menos que se analice la naturaleza de la ley y del orden de los que se habla. La ley puede ser injusta e ilegítima y el orden puede ser tiránico e inmoral. ¿Sabrá Jorge Eduardo que, por ejemplo, existieron presidentes sudafricanos que fueron transparentes en su gestión y, además, profundamente respetuosos de las leyes del Apartheid?
De bochinches y berrinches académicos, líbrame señor
Quiero advertir al Dr. Arellano que no me interesa para nada entrar al sórdido mundillo de vendettas literarias, defensas sudorosas de apellidos “insignes” y derrames viscerales injustificados en el que, desdichadamente, se hunden algunos de nuestros intelectuales para establecer irrelevancias como la negritud de los Cuadra, la cuadratura del círculo, o la sexualidad de Rubén. Sobre todo, no me interesa discutir los modales de un presidente muerto cuando dos presidentes vivos amenazan con terminar con nuestro país.

Para terminar y a propósito de sangre africana: Cuadra no es el “primer afronicaragüense electo presidente de la República”, como dice Jorge Eduardo en su artículo Ningún “afronicaragüense” ha ocupado esta posición. Muchos que llevan sangre africana en sus venas nos han gobernado y desgobernado. Pero esto y ser “afronicaragüense” son dos cosas diferentes. Tal vez algún día conversaremos sobre el tema de las identidades, lo que significan y cómo se constituyen. Mientras tanto, le aconsejo a Jorge Eduardo que organice un debate sobre este tema con Carlos Midence, el posmoderno defensor del premoderno gobierno que nos desgobierna, aprovechando que ambos comparten las modernas oficinas del Banco Central. ¡Y que la Divina Providencia nos ampare!