Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

La fonética, en términos comunes y corrientes, se refiere al conjunto de sonidos de una lengua en su realización concreta “independientemente –como explica Jean Dubois- de su función lingüística”. Esto significa que un fenómeno fonético no incide en el cambio de significado de una palabra; así, si en lugar de cinematógrafo digo “cine”, simplemente estoy acortando la palabra, pero no alterando su significado. Y lo mismo ocurre con auto, un acortamiento de automóvil. Pero, compárense estas expresiones: “En mi casa no tengo paño” y “En mi casa no tengo baño”. Observemos que el simple cambio del sonido “p” por “b” produce un cambio de sentido en la comunicación: en el primer caso, el paño es una tela y en el segundo, baño es un sitio acondicionado para bañarse. Esto último pertenece a la fonología.

Los fenómenos que vamos a presentar aquí responden a la fonética de observación directa, porque -como afirma André Martinet- nos basamos simplemente en el estudio de los sonidos utilizando los sentidos.

Un fenómeno de uso corriente es el rechazo por el hiato (encuentro de dos vocales que no forman diptongo). Para evitar el hiato, el pueblo emplea varios procedimientos:
1. Si son dos vocales iguales las contrae en una sola: ler (leer), crer (crer), etc.

2. Si son vocales diferentes, las asimila: contrer (contraer), trer (traer), etc.

3. Si se trata de una vocal abierta y una cerrada, entonces se carga el acento sobre la abierta: máiz (maíz), “¿Onde está mi pelo e mái”? canta Otto de la Rocha; páis (país), como el jabón del páis que se conoce en algunas zonas rurales; óido (oído), “cáido” escribió José de Espronceda en uno de sus versos; paráiso (paraíso), como “El Paráiso”, el barrio de Managua, etc.

4. Si son una vocal débil tónica y una abierta, o dos vocales cerradas, intercala una consonante: diya (día), bateya (batea), Mariyita (Mariita), menéyelo (menéelo), feya (fea), veyo (veo), etc.

5. Si son dos vocales abiertas, forman diptongo: pastoriar (pastorear), voltiar (voltear), pior (peor), Tiodoro (Teodoro), almuada (almohada), etc. Es una tendencia general del idioma.

La reducción de grupos vocálicos se observa en: pitaya (pitahaya), alcol (alcohol), anque (aunque), rumatismo (reumatismo), amuinado (amohinado), etc.

Otro fenómeno fonético es la asimilación. Consiste en convertir un sonido en otro igual, que generalmente se encuentra vecino, y también próximo a la vocal acentuada. Por ejemplo, la palabra párpado tiene el sonido “r” en la primera sílaba, entonces lo repite en la siguiente sílaba, cambiando de ese modo el que tenía la palabra original: “párparo”. (Y de aquí se pasa al verbo: parparear). Otro caso es el verbo alquilar, que los hablantes pronuncian “arquilar”, para repetir la “r” de la sílaba final.

Contrario a la asimilación, la disimilación consiste en pronunciar de manera diferente dos sonidos iguales en sílabas vecinas. El sudadero, por ejemplo, es una pieza de manta o de junco que se coloca en el lomo del caballo o del buey para ajustar la albarda o el aparejo y amortiguar el peso. Pero los campesinos y ganaderos no dicen sudadero, sino “subadero”, porque cambian la “d” por “b” de la primera sílaba, pues esa “d” se repite en la segunda sílaba. Otro ejemplo es “molenillo”, en donde el hablante cambia la primera “i” de “molinillo”. O de “márbol”, que cambia la “m” de la segunda sílaba (mármol) por “b”.

La analogía o semejanza, otro fenómeno fonético, consiste en la alteración de la palabra por la semejanza de unos sonidos con otros. Cuando el pueblo oye una voz nueva, trata -para explicársela o para conservarla en la memoria- de asimilarla a una palabra ya conocida. Por ejemplo, al animal conocido como puerco espín, los hablantes lo llaman “cuerpo espín”, y lo explica porque asocia el nombre con las espinas en el cuerpo.

Cercenar a alguien la nariz es, para el hablante nicaragüense, “desnarizar”, un verbo que le resulta más lógico que el “extraño” desnarigar, porque uno tiene nariz y no “narig”, un término derivado del latín vulgar narix. Por la misma razón, a un tipo de nariz grande podrá llamarlo narizón, pero nunca narigudo. Un arrendatario es una persona que alquila (“arquila”, dice él) un inmueble y es por tanto un “arquilino” (y no inquilino, porque no tiene por qué saber que viene del latín inquilinus).

Un tejido o tapiz que cubre el piso lo llama “alsombra” (y no alfombra, un arabismo), porque lo asocia con una palabra conocida: “sombra”. Fíjese usted: un hablante no tiene por qué saber que semáforo es un compuesto griego: sema, señal, y foro, llevar, es decir, el aparato portador de una señal. No. Nuestros hablantes simplemente encuentran la explicación en una palabra conocida, “faro” con la cual la asocian, por eso dicen “semáfaro”.

En verdad, el desconocimiento del origen etimológico lo lleva a emplear vocablos que tienen más lógica con la estructura que con su origen. Si una bomba expulsa gases que producen lágrimas (del latín lácrima), el sano entender de los hablantes lo lleva a concluir que se trata de una bomba “lagrimógena”. O el caso de plantar árboles que para el nica es “arbolizar” y no arborizar: él desconoce el origen latino arboris, pero sabe que planta un árbol y no un “arbor”. Otro ejemplo: el bazuquero no es un borracho consuetudinario, un latinismo desconocido para el hablante común. Como se trata de un bebedor que ha hecho de la ingestión de licor un hábito, una costumbre y tiene generalmente su “lugar” o sus “lugares” donde consigue el chimiscolazo, es decir, tiene su “itinerario”, entonces lo llama bebedor consuitinerario”.

“El habla literaria – afirma Ramón Menéndez Pidal- es siempre la meta a que aspira el lenguaje popular, y, viceversa, la lengua popular es siempre fuente en que la lengua literaria gusta refrescarse.”

rmatuslazo@cablenet.com.ni