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Al final de año, bandadas de aves migratorias aparecen no en los cielos, sino en los suelos. Y esas aves son los jóvenes que emplumaron lo suficiente para intentar volar solos y no lo pueden hacer a pesar de su plumaje rojo vino con toga o azul marino de un bachillerato sin boga.

La mayoría de los padres saben que sus polluelos han llegado al momento de lanzarse por sí mismos al destino, que en muchos casos es sinónimo de adversidad en nuestro país. Pero ese presente trata de ser congelado para siempre en una florida promoción. 11 años de estudios que culminan mejor en la imagen de una foto para el álbum, que para mejorar la realidad.

Los bachilleres salen de los colegios graduados, en términos prácticos, de nada. Pero hubo fiesta y los padres acompañaron a sus hijos al estrado, con la marcha triunfal de Aida sonando sus sueños que no son muchos, que tienen más de fondo para darnos cuenta que el 64 por ciento de los 5.14 millones de habitantes viven con un dólar o menos al día, según la ONU.

Esa fiesta dura, en su mayoría, el día de la promoción. El día en que se puede lucir el final de una primera etapa que para muchos será la única, porque no hay oportunidades. ¿Y cómo podría haberlas si desde hace más de 35 años los gobiernos faltan a su compromiso ante la Unesco de destinar el 7 % del PIB a la enseñanza?
El Cardenal Angelo Sodano, quien fuera cercano al Papa Juan Pablo II, proponía en el 2004 que la lucha contra el hambre «va más allá de las meras emergencias; esta lucha debe afrontar una serie de factores complejos, como, por ejemplo, la necesidad de invertir en el capital humano de las poblaciones locales (pienso en los campos de la educación y de la salud), de solicitar la transferencia de las tecnologías apropiadas y de garantizar equidad en el comercio internacional».

Es lo que el presidente del Brasil, Lula, llamó “formas innovadoras”, para disparar el desarrollo en naciones como la nuestra, donde hoy la mayoría es preparada para el desempleo, entrenada para fallar en la sociedad y vestir el próximo año las nuevas cifras de la pobreza.

Las fotos de la graduación serán ese recuerdo del gran día. Retratos de muchachos que se irán, que se están yendo, que alistan maletas para migrar por caminos ciegos, con su futuro indocumentado para romper horizontes.

Marta Cranshaw, coordinadora de la Red nicaragüense de Migrantes, dijo en una información de Trinidad Vásquez, que cada año egresan de los institutos de secundaria 50 mil bachilleres que salen con aspiraciones de encontrar empleo y continuar sus estudios superiores. Y sólo el 6.7 % llega ahí, según el mismo MECD.

Es obvio que este modelo de país sin destino no puede continuar así. Reducir los distintos poderes del Estado para darle ese poder a la Educación es parte de una solución en firme que dé paso a la meritocracia y acabe con el clientelismo político.

Los planes de estudios deberían concordar no sólo con las necesidades de nuestro territorio, sino con lo que queremos de Nicaragua en los próximos años, si acaso se supiera a ciencia cierta adónde vamos.

Quienes administraron la economía en estos lustros pasaron por esas carteras más que para documentar el futuro de Nicaragua, mejorar sus propios currículum vítae.

Ahora necesitamos que la Administración Ortega espolee la economía y no la política. Empujar una gestión de ese calibre requiere un uso más racional y nacional de los recursos estatales en el área educativa. No sólo se trata de incrementar el presupuesto de educación, sino responder a una pregunta básica: ¿para qué educamos a los niños y los jóvenes?
Acercarse más a Japón, por ejemplo, con la presentación de un programa de transformación educativa con énfasis en el desarrollo tecnológico y abrir una nueva etapa de cooperación permitirá crear un nuevo ciclo de oportunidades.

Taiwán, los mismos Estados Unidos y Cuba podrían pasar --- en virtud de un plan de nación que debe proponer el actual gobierno--- hacia una relación más beligerante, cuyo foco de atención sea el sistema nacional educativo y por supuesto la transferencia tecnológica. Es la hora de abandonar el modelo asistencialista, donde se dona desde un puente completo hasta una laptop.

El máximo poder para derrotar la pobreza debería estar en las aulas de clases que hoy todavía reproducen casi dos décadas de miseria, de espaldas a la globalización y sus ventajas.

Es hermosa la propuesta de tender carpas que alberguen a más niños estudiantes, pero más realista sería preguntarnos si el Estado los va a preparar para combatir los terribles niveles de pobreza en los años venideros.

Debemos cambiar esa imagen y mentalidad de Nicaragua que ondea en las astas de los semáforos y que en la práctica es el nuevo escudo nacional: una mano tendida que no necesitó de ningún decreto para hacer del Gorro Frigio una bolsa más donde el mundo eche sus monedas.