Jorge Eduardo Arellano
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A Ximena Rothschuh Aguilar, poeta

Ningún lector avezado resiste la tentación de escribir encima de los textos. Al principio gana el miedo. Cuando uno se inicia en la lectura, siente un enorme respeto por el libro que tiene entre las manos. Las primeras recomendaciones de los profesores de primaria será cuidar el libro, evitar que se deshoje, no rayarle y dispensarle el mayor cuidado. Una recomendación temeraria. Ese llamado de atención muchas veces paraliza el ánimo del niño. Obliga a tomar distancia y en vez de acariciar y gozar a la criatura, la mirará con recelo. Esa primera impresión muchas veces es vencida en la secundaria. Los maestros prescribirán los textos que tienes que leer, indicándote subrayar aquellos pasajes que te parezcan más valiosos. Complacido entras a un nuevo territorio. Comienzas a despojarte del miedo. Aunque todavía no todos se atreven a rayar el libro. Algunos quedan confinados al uso del marcador. Entre los colores, el amarillo encendido vence al rojo escandaloso y al rosado tibio. No sólo yo recurro al amarillo, también mis estudiantes en la universidad lo hacen. El amarillo es su predilecto. Amarillo del Caribe, no amarillo mierda, como rectifica García Márquez en El olor a la guayaba.

Las primeras indicaciones sobre el arte de leer son determinantes. Para mostrar el camino de la lectura, hay que evitar la postura arrogante de los malos matemáticos. Son tan vanidosos que en vez de ganar adeptos siembran el terror entre sus alumnos. Muy pocos tienen la humildad de franquear las puertas e invitarles al banquete. Siempre andan pregonando que el mundo pitagórico es para unos cuantos iniciados. No explican para qué sirve la cuadratura del círculo. Engreídos, manifiestan que en su reino pocos son los bienaventurados. El paraíso está vedado. Mi profesora de álgebra jamás me explicó para que servía el cuadrado de la suma indicada. Me lo hacía recitar de memoria, como una letanía insufrible. Ahora comprendo porqué Ernesto Sábato, docto en números, desertó de ese universo abstracto e incontaminado. Prefirió el mundo perecedero de la literatura.

La única manera válida de enfrentar el texto es armándote de valor. Aprender o enseñar desde el principio que los libros existen para escribir sobre ellos. La buena lectura va acompañada de un lápiz en mano, no sólo para sacar notas, sino fundamentalmente para escribir en sus márgenes. Desde el primer día que escribí sobre un libro no he dejado de hacerlo. Cuando me privo es porque el libro no es mío. A eso se debe que no me guste leer en libro ajeno. Igual ocurre con todos mis amigos. Sufro al leer un libro rayado, subrayado, con frases e ideas escritas al lado. No quiero leerlo en sus mismas claves, aunque muchas veces llegue a las mismas conclusiones. Lo quiero virgen, sólo para mí. Evito leer en bibliotecas, porque tengo privado el placer de garabatear el texto. Aunque en verdad resulta imposible prescindir de ellas. Son un prodigioso manantial de agua fresca. Sobre todo aquellas que renuevan sus estanterías. Jamás he cometido el horror de leer un libro en Internet. Sería como hacer el amor sin besos ni coqueterías.

Si interrogo a mis alumnos si leyeron saben que mi pregunta significa estudiar. Nada de pasar la mirada sobre el texto. Sumergirse en sus páginas. Empaparse, aunque muchos prefieran un simple zambullón. Tengo la manía de tratar de persuadirles que la lectura es uno de los goces más placenteros. Trato de convencerles que la mejor forma de aprender es leyendo más allá del texto obligatorio que aparece en la bibliografía recomendada. Procuro enseñarles que la lectura más valiosa es aquella que interroga al texto, que lo contradice, reafirma, rectifica y añade algunos párrafos. El camino de la lectura debe alternarse con el de la escritura. Al comienzo se resisten. Guardan cierto recato. No se atreven a contradecir al texto, garabateando en sus márgenes. Otros más despabilados asimilan pronto la lección. Aprenden que los buenos lectores casi siempre terminan convirtiéndose en buenos escritores.


Uno comienza a ser un buen lector cuando empieza a escribir encima de los textos
No les digo nada nuevo. El camino hacia el placer está plagado de abundantes ejemplos. Carlos Marx, lector aristocrático, se encargó en su momento de recomendar a sus seguidores que escribieran lo que tenían que decir sobre el mismo texto leído. Marx escribió seis mil notas para redactar El Capital, sólo ocupó tres mil, como lo reconoce Pierre Vilar. El Moro sabía que si se le iba la mano asfixiaría el texto. Escritor de un estilo depurado, se jactaba de que sus obras podían adolecer de muchos males, pero tenían el mérito de constituir un todo artístico. El venezolano Ludovico Silva, además de desmitificar al alemán con su Manual para marxistas, marxianos y marxólogos, tuvo el acierto de escribir una joya: El estilo literario en Marx
La catequesis comenzó por casa. Mi padre se encargó de educar a cada uno de sus hijos, Guillermo, Jorge Eliécer, Luzana y Vladimir a manchar los textos, poniendo en su orilla nuestras primeras reacciones. Aparte de su biblioteca nos hizo construir la propia. Primero con ladrillos Chiltepes y tablas de cedro, después de madera con escritorio empotrado en nuestro propio cuarto. A la izquierda colocábamos los libros vírgenes y a la derecha los leídos y manchados con nuestros garabatos. Nos inculcó el pudor de poner aparte los libros leídos. No quería que entrásemos a la moda. Los nuevos diseños arquitectónicos traían delineados preciosos anaqueles para depositar libros adquiridos por metro lineal, empastados en cuero y nunca leídos. Continuando la tradición, insisto con mis alumnos, que tienen que leer y escribir simultáneamente sobre el libro mismo. Un acto de irreverencia para algunas almas enajenadas. Los libros piden otro trato. Se escriben, entre otras razones, para incitar a la lectura, pero también para provocar la escritura.

Durante mi primer año de estudiante universitario en la UCA, Lorenzo Díez Calabuig, el español traído a Nicaragua por el rector León Pallais, elocuente disertaba sobre El Príncipe, de Maquiavelo, haciéndonos la advertencia que nosotros debíamos de leer la edición comentada por Napoleón Bonaparte. En verdad el Corso escribió al margen de las sentencias del florentino, la manera en que él había actuado, la forma en que se había conducido como militar y estadista, ratificando o corrigiendo al fundador de la política moderna. Nada más que Díez Calabuig insistía por el lado político, sin atreverse a señalarnos la importancia de escribir al margen de la cuartilla. Lo valioso del Corso fue haber legado sus enseñanzas, escribiendo sus digresiones sobre Maquiavelo, en su mismo texto de cabecera.

Una prueba más de la importancia de traspasar los linderos y nunca sentirse satisfecho con el simple hecho de rayar los textos lo ofrece Lenin. Siglo XXI Editores, en su colección de Cuadernos Pasado y Presente, publicó el libro de Bujarin, La economía mundial y el imperialismo acotado por Lenin. Ese polemista aventajado que siempre fue el líder de la revolución bolchevique, leyó con atención el libro de Bujarin, acerca de un tema que le atraía en extremo. Se plantó frente al texto y fue haciendo sus propias anotaciones, una veces corrigiendo y otras ratificando a lo expresado por el último bolchevique, un joven que tuvo el privilegio de contradecir a Lenin y de ser el primero de haber escrito en Rusia acerca del imperialismo. La edición de los Cuadernos Pasado y Presente, dirigida por Alejandro Orfila, viene subrayada con expresiones típicas del dirigente revolucionario: ¡Buf! Debió haber dicho... Así era Lenin, el fundador de uno de los cenáculos parisinos más atrayentes, en la primera década del siglo veinte, según lo testimonia Michael Lowy, en Para una sociología de los intelectuales revolucionarios.

Lector como pocos, el líder ruso tenía una peculiar manera de acometer el tema. Primero agotaba la bibliografía existente. Sacaba notas, escribía sus apreciaciones. Elaboraba un esquema y planteaba sus tesis. La redacción final era entonces lo más fácil, como lo advierte Trotski en su biografía de Lenin. Un libro que deja bien parado al escritor más pulcro de los escritores bolcheviques. Trotski, un revolucionario que escribió con igual singularidad y maestría sobre la revolución permanente y los problemas del arte y la literatura.


Existen ediciones de libros que se prestan para verter nuestro aliento
Son esos libros que al final del capítulo dejan un gran espacio en blanco invitándote a garabatear tu propio juicio. Una manera feliz de rematar un plato suculento, añadiéndole tus propios ingredientes. Sazonándole al gusto. Aplaudiendo sus aciertos, corrigiendo su sabor, impregnándole el tuyo. Mis libros están llenos de notas, ideas, párrafos, contrastaciones, dudas, inflexiones. Si leo anoto, no sé otra manera de hacerlo. Esta costumbre me facilita el acto de escritura. Tiene el defecto de que mis amigos no puedan leer con soltura el texto que reciben prestado. Maldicen esta práctica que les impide apreciar con sus propios ojos de qué tamaño era la creciente, cuando quieren alzar vuelo, les salgo al paso diciéndoles lo que no quieren oír, puesto que para eso están leyendo, para saber y enterarse de qué dice el autor y conocer el goce que les depara su lectura.

No vayan a creer que yo no paso por iguales sinsabores. Sobre todo cuando tengo que leer libros que obtengo prestados de Edgard Tijerino. Para mi dicha Edgard únicamente traza un círculo sobre el párrafo de su preferencia, jamás escribe. Esa es su manera de bosquejar su ruta. ¡Yo jamás me perdonaría no escribir sobre el texto! ¡Los libros se hicieron para escribir sobre ellos! ¿Queda claro? ¡Para escribir encima de sus propias páginas!