Jorge Eduardo Arellano
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Querido Santa Claus, me dirijo a usted con el fin de pedirle unas cuantas cositas para esta Navidad, producto de mis necesidades básicas y la terrible realidad en la que se encuentra mi país, hoy en deuda y bancarrota.

Todo lo que a continuación le pediré, son cosas sencillas que sólo intentan mejorar la calidad de vida de un ciudadano humilde, su entorno nicaragüense y el de sus queridos compatriotas.

Primero le pido que arranque el cielo de Nicaragua, lo limpie de tormentas y le de aires frescos para recibir el próximo invierno, sin tanto huracán e inundación, de ser posible, un cielo más despejado para los atardeceres que se están extinguiendo.

De ser posible, tráigame una carretera que vaya de la casa a la universidad y que no tenga hoyos, y si puede, más carreteras que vayan de la casa de mis compatriotas a sus trabajos o universidades, y que por favor, no tengan baches ni causes a los lados.

Si puede conseguir unas cinco millones de bicicletas, una para cada habitante, se lo agradecería mucho. Así no dañamos el medio ambiente y nos evitamos accidentes que inunden la nota roja nacional. También nos evitamos buses que atenten contra la vida pública y taxistas irresponsables que se asocien con los buseros.

Le pido que me traiga un parque de diversiones para meter a los niños de la calle en él, y de ser posible, una escuela donde no se cobren aranceles, con profesores enamorados del saber y no de sus alumnos. Maestros sin pretensiones sexuales sobre sus alumnos que se dediquen a educarlos en ves de castigarlos.

Por favor, me gustaría que me traiga varias grúas grandotas, de esas que usan los adultos con cascos amarillos, para meter toda la “Chureca” dentro del volcán más cercano y prenderle fuego enseguida. Liberar a los niños de la Chureca del plomo insoportable que respiran y sembrar jardines donde ahora es el Barrio Acahualinca.

Le pido, querido Papá Noel, que me traiga un diezmo de duendes trabajadores para que cuiden de los tesoros nacionales como cuidan de su fábrica de juguetes, que brinden protección a lo que queda de la cultura nacional, sus museos en quiebra y sus héroes sepultados.

Quisiera que me traiga un gobierno que se declare inepto y renuncie a su cargo de inmediato. Le ruego encarecidamente que no se olvide de meter eso en su trineo, querido Santa.

Me gustaría que me trajera un nuevo gobierno, no tan rosado como el actual, que no se dedique a hacer discursos en la Organización de Naciones Unidas (ONU) para luego alimentar con petróleo a su pueblo, como si el pueblo fuera un barril inflamable de crudo.

Si puede también, tráigame una llave que abra las puertas de todas las cárceles de mi país, los hospitales y los cementerios. Que los muertos salgan a la calle y caminen en paz, que los enfermos salgan de sus espantosas paredes y se den un baño de luna en el centro de la capital. Que los presos, en su mayoría jóvenes, salgan por un día, se sientan libres y entren a los hoteles donde los narcotraficantes, los políticos y los líderes religiosos hacen sus necesidades básicas: comer, robar y defecar.

Aloje a los presos, a los jóvenes que no tuvieron otra opción que delinquir para ser escuchados, déles la oportunidad de pasar una noche en Montelimar, con todos los gastos pagados para comer bien y disfrutar de las olas del pacífico nacional, por supuesto, que duerman con aire acondicionado y tengan sexo libremente, sin las ataduras de la moral y cívica de turno.

De ser posible, déle a los policías una mordidita con sabor a eternidad. Que ya no inventen multas y tiren las pistolas en otro volcán para que sus armas no les den el derecho de abusar de su autoridad.

Querido Santa, tráigame un Dios humilde y sin ambiciones, diferente al Dios católico y al Dios evangélico de mi país, tráigame un Dios que se declare incapaz de resolver las cosas a punta de oraciones y que por fin baje del cielo para machetear con los campesinos, arar con los productores, discutir con los filósofos y escuchar las canciones de los poetas.

Le pido encarecidamente una caja de Legos para los noticieros de mi país, así se pueden dedicar a armar ciudades de colores, antes que mostrar cadáveres ajenos en la tele. Encarecidamente le pido esa caja de Legos, querido Santa, sobretodo para la hora del almuerzo, donde las sirenas de la nota roja están a punto de hacerme vomitar.

Sin más que pedirle, San Nicolás, solamente que tenga un viaje satisfactorio desde su fábrica hasta vuestro pequeño paisito, que sus renos estén bien de salud y que no se tope con ningún helicóptero ruso al momento de cruzar el cielo nicaragüense.


grigsbyvergara@yahoo.com