Luis Galeano
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A finales de noviembre del año pasado, cuando los aires y las frías mañanas navideñas empezaban a sentirse con más fuerza, Bruno, mi pequeño hijo de 5 años, me preguntó porqué en esa época comenzaban a instalarse por todas partes árboles con luces, adornos, tarjetas, bastones, el infaltable Santa y todo lo que se le ocurre colgar a la gente al pino de plástico que el consumo nos heredó como parte de una tradición desde hace décadas.

“Es la manera en que muchas personas celebran la llegada de la Navidad”, le dije al pequeño que se encuentra en esa edad en la que los porqués resaltan a cada momento y por cada cosa que observa, aunque a veces ya conozca la respuesta.

“¿Y cuánto tiempo van a estar allí?”, fue la siguiente interrogante de Bruno mientras observaba cómo el “adorno verde” que se iba armando poco a poco estaba condenando a sus juguetes a buscarse espacio por otro sitio de la casa. “Es solo por la Navidad”, le contesté, y conociendo que venía como consecuencia de la respuesta, el cuestionamiento de cuánto tiempo significaba eso, agregué: “Es un mes y unos días. No más”.

Hace algún tiempo, cuando se acercaba Navidad y comenzaban a verse los arbolitos, yo era de los que bromeaba con alguien que ya no es más mi amigo, sobre la ternura e inspiración que producía ver encender y apagar sus luces, mientras tarareábamos de fondo “Navidad sin ti”, de Los Bukis, y fingíamos llorar. Eran de esos episodios teatrales que en algún momento hacían reír a quienes estuvieran cerca de donde hacíamos el circo y de los que se vinieron a mi mente producto de las inquietudes de Bruno.

Unos días después de aquella conversación de padre e hijo se empezaron a instalar en la mayoría de las rotondas de la capital los arbolitos que orientó el Gobierno, y para Bruno no fue extraño verlos, pues sabía que eran parte de la celebración de ese tiempo en el que el comercio y las promociones atacan por cuatro puntos cardinales en busca de hacer caer a cualquier parroquiano, aunque el aguinaldo esté totalmente comprometido o ya no exista.

Fue en esos días en los que EL NUEVO DIARIO informó que el Gobierno estaba (y sigue) utilizando recursos de la Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica (Enatrel) y de la Empresa Nicaragüense de Electricidad (ENEL) para instalar y mantener los postes de alta tensión en las rotondas capitalinas, mismos que forman un arbolito, que junto a los “rezadores” adorna esos espacios tan concurridos por vehículos, autobuses y transeúntes de nuestra Managua.

Además de causarme el malestar que le provoca a alguien sensato y consecuente el mal uso de los impuestos y de bienes del Estado, para ese tipo de asuntos, creí que los famosos arbolitos no me traerían ninguna otra incomodidad, pues no existe nadie que pueda controlar el uso debido de los recursos públicos y ante eso, sólo queda la condena pública de la cual nos encargamos en los medios de comunicación independientes.

Pero lamentablemente estaba equivocado, pues pasó Navidad, los Reyes Magos y a mediados de enero y de la noche a la mañana, las estrellas de los árboles de Navidad ubicados en las rotondas de la capital fueron sustituidas por un pequeño rótulo luminoso con el número “30”.

Y vino la reacción del infante que Dios me regaló por hijo, que sintiéndose estafado, me indicó que había dicho “una gran mentira” cuando le aseguré que los árboles estarían sólo por el espacio que correspondía a la Navidad, y no se trata de que a Bruno no le guste ese ambiente, porque en verdad lo disfruta mucho junto a quienes somos su familia, sino que toda afirmación y respuesta tiene una consecuencia, máxime cuando se trata de una explicación a un niño al que a diario se le abre el mundo y que quiere saber cada cosa que pregunta con una respuesta sencilla, concreta, pero sobre todo real de las cosas.

“¿Por qué siguen allí y les cambiaron la estrella por el 30?”, insistió contrariado mi pequeño. Traté de explicarlo, pero opté por cambiar el tema, porque me pareció verdaderamente difícil que comprendiera los porqués de esa situación, cuando ni a nosotros mismos nos han dicho de qué se trata el bendito cambio.

Me pregunto qué pensará esa persona que ya no es mi amigo con el que sollozábamos de mentira al ver cualquier arbolito, cada vez que observa cómo se apagan y encienden las luces de los que están en la rotonda mientras el calendario avanza implacable y nacen y mueren los días.